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Ir adonde los brazos no llegan Relato Breve

—A este me lo llevo: hay que interrogarle antes —ha resuelto el miliciano.

Ha logrado evitarlo, pero por muy poco. La suerte o el destino, a veces, se manifiesta a través de la casualidad, y por casualidad no solamente lo vio, sino que fue capaz de reconocerlo entre el nutrido grupo de hombres que, como todos los días últimamente, son arrancados de sus hogares o sus puestos de trabajo para ser ejecutados. Ante la resistencia mostrada por alguno de los milicianos de mayor autoridad ha tenido que hacer valer su grado político en el partido, y, fingiendo una furia casi personal, a punta de pistola se lleva al condenado del grupo que esperaba en el muro del cementerio de San Isidro su turno de fusilamiento. Le obliga a entrar en su coche oficial, y a renglón seguido, cuando ya ambos hombres están en el asiento posterior, le ordena al conductor dirigirse de inmediato a la checa de Fomento.

Ni una palabra. Durante todo el trayecto no deja de apuntarlo, y cuando llegan, después de mandar al conductor que se dirija inmediatamente a la sede del partido y le entregue su cartera al secretario general, quien necesita los documentos que contiene, salen del automóvil. En pie sobre la acera espera a que el vehículo se aleje y, cuando ha sido engullido por la abrupta y torturada geografía urbana, se guarda la pistola en la cartuchera, da una palmada en el pecho al detenido, y le dice:

—Vámonos de aquí lo más aprisa posible.

Fueron amigos de corros, escondites y escuela, ataduras de una infancia perdida en un soleado pueblo de Castilla; fueron amigos de amores incipientes, los más bravos, aquellos que en la adolescencia los empujaron a la misma falda. Siempre rivalizaron entonces porque sus familias lo hicieron, así en la fuerza como en el amor, y fueron precisamente sus distintas formas de entender la vida lo que los separó cuando azuleaba la barba.

Hoy, los dos en una ciudad en guerra consigo misma, se confidencian con franqueza y hasta con pasión sus posturas contrarias; pero más puede aquella amistad de bravucones infantes que en el enemigo prefería ver al compañero. Él, comunista de pro, combativo, descreído; su amigo, rebelde convencido, católico a ultranza, conservador; pero los dos son dueños de la verdad. Ya ambos apuntaban estas maneras, aunque en la infancia solamente sirvieran como precoz imitación de las conductas de sus mayores. ¡La infancia tiene una manera tan desprendida de entender el egoísmo!… Adversarios o no, eran amigos. Dignamente se merecían: eran los mejores rivales y a ambos los caracterizaba el honor. Eran, sí, amigos que peleaban, que se enfrentaban en las dreas o con los puños y que pugnaron por el mismo amor, pero que siempre tuvieron presencia de ánimo y orgullo suficiente para estrecharse allí donde los brazos no llegan.

Se cuentan recíprocamente qué fue de cada vida, qué pasos los condujeron a jugárselo todo por sus credos, sin esconderse nada. Luego, volviendo a aquel solar antiguo de la infancia, recuerdan, que es lo que suele hacerse cuando el mundo se hace feo o se mueve demasiado: los recuerdos están fijos, anclados, bien quietos en lo hondo de la memoria. Y se enteran por la otra voz que, en el fondo, siempre hubo respeto por su determinación, que siempre se consideraron adversarios dignos, amigos contrarios. ¿Y la chica aquella?…, la chica aquélla quedó allí, sin duda como su recuerdo, clavada, anclada, quieta. Ambos renunciaron a ella, ambos la negaron por respeto de su amigo opuesto.

«Yo era más fuerte, pero te apreciaba», dice cada cual, y el otro lo supera con otra machada cuartelera. Siempre hay una simpleza bien a mano para que un hombre pueda huir de la ternura. La amistad que trazan ahora, en la humilde casa del miliciano, es de vino rancio y amargo, es de evocación y aullido, es de risa sobre la hecatombe que abarca y ciega al mundo. Ambos se casaron y ambos enviudaron. Cosas de la guerra, del odio, de la muerte cuando se desboca. Ambos tienen una fe y, como entonces, cada cual la defiende enardecidamente, pareciendo que van a llegar a las manos; pero no llegan. Es la historia la que los ha envuelto en su maraña, son todos los que están enredados en ella, creyendo que gobiernan lo que solamente al destino le corresponde. Cuando el odio se libera, este se convierte en el dictador que impone su severa regla de catástrofe y sufrimiento.

Comparten apenas pan y vino: alimentos sagrados, pobres. Su amigo, igual los bendice con la pompa de quien tomara… qué sabe él, el cuerpo de Cristo o los ricos alimentos que siempre abundaron en su mesa. Y mientras devoran el mendrugo o se entonan con ese vino peleón de tantos grados, hablan, vuelven como satélites a la infancia, a la proeza de los ocho, de los diez, de los doce años, y ríen. Pasan lista a quienes fueron, y se duelen un poco cuando una ausencia de la vida suplanta a un antiguo compañero de imaginarias batallas o aventureras andanzas. Ambos se sienten como viajeros de paso por el mundo, y se aferran más el uno al otro, a su realidad cierta, a su presente eterno.

Aúllan las alarmas y, enseguida, un nuevo bombardeo. Entre el sordo vómito de la muerte, los hombres hablan con calma en la cocina. Si la muerte los alcanzara, que sea en buena compaña. Los dos pelearon en la batalla del Jarama: él, fue herido, y se ha consagrado a la inútil defensa de Madrid; su amigo también, y forma parte de la Quinta Columna de la que Mola habló a la prensa internacional, aquella que los defensores buscan con tal afán para desarticularla, ejecutando a cualquier sospechoso de integrarla. ¡Nadie sabe cuántos inocentes pagaron con su vida aquellas palabras!

Debiera entregarlo, interrogarlo; pero no puede. Algo más fuerte que su deber y hasta que su credo se lo impide. La guerra está perdida, es cuestión nada más que de número de muertos, y la de su amigo no cambiaría nada, no ganaría ninguna guerra ni enjoyaría ninguna derrota. Que viva, para que si él muriera, que lata un pedazo de su infancia en otro cuerpo, en su amigo mejor que en ninguno; tal vez que lo sobreviva, que un día regrese a aquel soleado rincón de la infancia y lo lleve en el recuerdo a ese sol hastiado de Castilla, a aquellas eras, a aquellos campos.

Cada mañana, cuando se va, lo deja en casa. No ha tomado ninguna prevención ni le ha exigido ninguna palabra, pero sabe que su amigo es un amigo y que por encima de su victoria o de su fe está su honor de la infancia; pero un día regresa y no está. Lo busca por el barrio, temiéndose que haya salido y que lo hayan detenido, y lo rastrea por checas, cárceles y paredones; sin embargo, donde lo encuentra en es un hospital, interviniendo. Es cirujano y, ante el dolor de otros, se ha olvidado de que aquellos que sufren son sus adversarios, el pueblo al que debiera combatir. No; su amigo no ve enemigos, sino hombres, mujeres, niños de carne y hueso con la piel y la memoria desgarrada… Niños que un día tendrán recuerdos, que atesorarán momentos quietos como fotografías a los que volverán cada tanto, tal vez para que superen guerras, quizás para que reconozcan amigos o quién sabe si para que sean como brazos que sirvan para alcanzar adonde los brazos no llegan.

Ahora está en un calabozo sombrío de una prisión de las afueras de Madrid, junto con incontables camaradas que palpitan en el pánico. Madrid cayó: la guerra ha concluido. Pero la guerra continúa; la vida es un orden en guerra. Cada mañana un oficial lee una lista y muchos se van; nunca vuelven, nunca. No hay juicios, sino venganza. Aquella le toca a él escuchar su nombre, y en el camión lo llevan con otros veinte desesperados a su último destino, tal vez a su destino a secas. El traqueteo del camión por los pedestres caminos le muestra un mundo que se tambalea. Únicamente sus convicciones y su memoria permanecen fijas, ancladas, quietas como un recuerdo, y cerrando los ojos a ellas se entrega, tendiendo el corazón adonde los brazos no llegan.

El muro agujereado y el suelo enfangado de una pasta marrón los advierten que allí, antes que ellos, muchos camaradas rindieron su aliento. El viento esparce aun el eco: «¡Viva la República!» Hace frío. Alborea. Los ruiseñores cantan como siempre han cantado, sin estremecerse. La brisa, al enredarse en los cipreses que orgullosos se asoman tras el tapial, parece que cantan gorigoris. Se promete un día espléndido de primavera, de temperaturas suaves y cielos claros, buen momento para pasear, para pensar, para amar, para vivir; pero sabe que aquel es su último día. No importa: también es un bello día para morir.

Alguien llega en un coche a toda prisa, se dirige al oficial responsable y lo sacan del grupo de hombres que ya frente a las armas van a ser ejecutados. Es su amigo, aquel de la infancia que recuperara en una tapia como aquella y que perdiera entre las sábanas ensangrentadas de un hospital. Discute el oficial con él, y ambos se van al coche de mando y llaman por radio. Una larga serie de tableteos le hace volver la vista atrás, y, al girarse sobrecogido, comprueba con inefable dolor que todos sus camaradas han caído fusilados. Es todo tan industrial, tan mecánico, que ya un imberbe suboficial de poco más de veinte años puede dirigir la orquesta fatal de un pelotón de fusilamiento. Humean las armas todavía, y el joven brigada, pistola en mano, va rematando a quienes aún respiran. Es la piedad del carnicero.

Ha vuelto su amigo, se acerca y le dice que su influencia no ha servido de nada, que no puede devolverle lo que él le diera, y juntos caminan hasta el muro. No le guarda rencor, ni aun por esa forma casi feliz de expresarle su fracaso. Le comprende, sabe que es verdad, como siempre supo que era un noble adversario. Sin embargo, cuando llegan al muro no se aparta, sino que se queda a su lado, ambos con la espalda contra el paredón casi pisando los cadáveres. «Es lo único que puedo hacer», le dice. Y añade agarrando su mano: «morir con mi mejor enemigo.»

La seca descarga ha espantado a los ruiseñores. Alborea. Los cipreses, agitados suavemente por la brisa, se balancean, como acunando un sueño de infancia o como entonando una canción antigua, porque nadie llevará ya a aquel soleado pueblo de Castilla la rival amistad de aquellos dos hombres niños fijos en la memoria.

Al pie de la tapia, entre muchos cadáveres, hay dos cuerpos que tienen las manos enlazadas. El suboficial se aproxima, amartilla el percutor de su arma y dispara sobre uno y sobre el otro. Luego, con semblante cariacontecido, se los queda mirando. Está confuso. Uno debía morir, pero el otro, el compañero, fue a que lo mataran.

¡Qué infeliz, pobre bruto!; no comprende que los hombres puedan ir hasta donde sus brazos no llegan.

Esta narración breve pertenece a la obra “Lemniscata”, finalista del Premio Planeta 2008. http://www.angelruizcediel.es/obras/destacados/lemniscata/

 

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