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Acordes de la conciencia Relato Breve

Cuando no hay fieles ni se celebran oficios en el modesto templo visigótico, la cavernosa soledad y la abiótica penumbra le confieren un solemne regusto a panteón o sepultura, cual si estuviera consagrado a un formidable Dios muerto. La magna dimensión de sus crujías, el amargo regusto del moho y el incienso que ha penetrado los muros, y su augusta quietud como de hallarse fuera del tiempo, imponen un respeto a caballo entre el esplendor divino y la nada de la que el hombre proviene o a la que se dirige. Desde altares, nichos y peanas así parecen confirmarlo las numerosas tallas de escayolas o maderas policromadas, maquetas enaltecidas de seres que, reales o ideados, otrora fueron vitales y espontáneos y agora son perpetuados en una mueca fija de excelsa devoción o de interminable sufrimiento, como trofeos o como modelos. Es por completo ajeno a la vida y del todo anexo de la muerte. Nada se mueve, todo tiene la positivista actitud de la piedra. Un remanso de paz, extraño a la agitación del mundo, donde reflexionar o carearse con lo eterno.

Pocas cosas en el mundo le complacen tanto al fraile como esta soledad de mausoleo. Es aquí y en esta muerte mística donde mayor acomodo encuentra su alma, cual si en estas circunstancias pudiera disponer por completo de toda la atención de Dios para sí. Arrodillado ante el presbiterio reza con la cabeza baja y las manos juntas. De vez en cuando, brevemente, levanta sus ojos al pantocrátor y los clava en los de ese Cristo glorioso rodeado de esquemáticos ángeles, apóstoles y santos. La luz del amanecer que penetra por los exiguos vitrales, casi como aspilleras, presta a la bóveda cierto aura mágica o celeste, clavando haces de dorada luz ante el altar como divinos dedos que señalaran el reclinatorio en el que fraile está genuflexo. Pide por luz, pide por paz, pide por ciencia.

Muchos, muchos años lleva como predicador y no consigue que los brutos a quienes adoctrina comprendan la importancia de la religión, que se están jugando la vida eterna porque los actos en la Tierra son multiplicados cuando alcanzan el Cielo, como las ondas de un estanque cuando se arroja una piedra: lo pequeño de lo mortal es la enormidad en lo inmortal, y un pecado mínimo bien puede acarrear la condenación por los siglos de los siglos. Pero ellos, los brutos, prefieren afanarse en sus campos, aferrarse a la materia y ufanarse de los suyos, cuando todo es efímero y nada se saca de este mundo, prefiriendo la superstición a la religión de Cristo.

Tiene fama de ser un hombre santo, pero aunque ha obrado algunos prodigios que han procurado sanaciones extremas y aun algún que otro exorcismo que ha expulsado de los endemoniados terribles espíritus, no consigue que en la rutina los hombres se arrodillen ante su fe y ante su credo. De tanto elevar los ojos al cielo para saber si su supervivencia venidera estará a salvo, han olvidado verlo como el solio de Dios, y no sabe cómo mostrarlos que allí es donde Él habita y que la Tierra no es más que un escabel para sus pies.

Sin embargo, ¡ay, si solamente fuera eso! Otros males también atormentan su alma con mayor crueldad que el saberse la voz de Dios ante los hombres y ser ignorado o incomprendido, vencido por la simple animal supervivencia de su parroquia, que es decir de los instintos. Los instintos son intangibles, como el alma, pero muy poderosos. Por su condición de ministro divino los venció a todos; a todos, menos a la pasión de la carne. Puede padecer largos días de ayuno y penitencia, y se sentiría feliz; puede ser vituperado por causa de su fe, y alzaría orgulloso el mentón, desafiando al mundo y su herejía; puede mendigar, sufrir, rezar, vestir de saco o arrojarse incensarios por la cabeza, y todo lo soportaría con sentida fe y cristiana resignación; pero no sabe…, no supo, combatir las emociones que le embargan cuando estaba ante su ama, Ester.

Ella era una mujer joven que se ocupaba de atenderle y mantener en orden y aseada la casa y el templo. Entró a su servicio hace ya algo más de un año. Era judeoconversa, aunque él sabía que solamente por la supervivencia, porque tanto ella como su esposo y su pequeño hijo practicaban su fe a escondidas. Lo sabía y lo consentía, porque no podía soportar que se fuera, que le abandonara. Vestía recatadamente, de forma muy sencilla, pero su sensualidad era tanta que su geometría se las arreglaba para descollar, desatando en él furias que entonces no comprendía o que tenía olvidadas, pasiones que ignoraba o creía vencidas en los campos de la arrogante juventud, cuando fue soldado, antes de entregarse a la religión de Nuestro Señor en cuerpo y alma. La memoria de la carne es una espina que se hunde muy hondo en el espíritu del hombre. Ester era ajena a los deseos que le consumían, sin embargo; no podía ocultar sus labios, carnosos y sensuales, ni cegar sus ojos, de un negro que emulaba la oscuridad en que al fraile se le sumergía el alma, ni aun cercenar sus senos, firmes y altivos como oteros, o descarnar su ser, tumultuosa geografía de voluptuosos paraísos.

Reza el fraile porque los hombres no entienden su ministerio… y porque su espíritu se está despeñando por una pavorosa sima sin fondo. Él sabe y comprende que el alma humana es como un lienzo, y que un pequeño desgarro puede seccionarle de extremo a extremo sin esfuerzo, diezmándolo; que un pecado en la fortaleza del alma es brecha en la muralla por donde penetran a saco las huestes sitiadoras y rinden la plaza. Redimido por la religión de la vida de disipación en que el soldado instaló su mortalidad, bien sellado y defendido tenía su espíritu de las acometidas del Maligno; pero la pasión por Ester irruyó con tal ímpetu y ferocidad que fue desbaratando las torres de sus virtudes y descerrando los portones de su continencia, convirtiendo su otrora inasaltables murallas en amasijos de ruinas. A medida que su sed por Ester se acrecentaba, poco a poco comenzó a mostrarse iracundo con su parroquia, soberbio con su condición, perezoso con sus deberes, guloso con lo que lo sostenía, envidioso de su pasado y poseído de un fervor sensual que entontecía su templanza, descoyuntándose entre los extremos de la virtud y el pecado, y anclándose en la compulsiva obsesión de un tormento que lo convertía en esclavo de su propio deseo.

No hace mucho, apenas unos meses atrás, le impuso a Ester catequizarla con la excusa que de la ama del vicario debía ser ejemplo para los demás fieles. Ella tuvo la picardía de hacerse acompañar siempre por su niño, un infante de cuatro o cinco años; pero no fue bastante cobertura para que ciertas distancias se diluyeran, haciéndole creer al fraile que cedía la hereje no a la devoción, sino a su pasión, que sus favores estaban al alcance de sus anhelos. Desde entonces, la fiera carnal que tanto tiempo albergara en letargo y recién despertaba, se mostró particularmente furibunda y exigió más: poseerla. Una obsesión que combatió con mil argucias y artificios, pero sin contemplar ninguno de ellos el alejarse de la fuente de su placer y su tormento, los cuales venían a reunirse en la misma carne: en Ester. Y como un satélite giró a su alrededor, ora pretendiendo caer perversamente sobre ella como una fiera sobre su presa, ora virtuosamente desviándose al rezo y la penitencia.

Buena parte de su fama de hombre santo la fue perdiendo en su parroquia, porque algunos fieles percibieron sin ambages lo que con tal celo pretendía ocultar de los sentidos ajenos, y pronto corrieron algunos chismes en forma de trovas que le sirvieron para recibir una llamada de atención por parte del obispo. Eso fue hace poco más de dos semanas. Fue a Toledo a que lo humillaran, a que a él, hombre santo donde los hubiera, fuera acusado sin pruebas de flirtear y casi entenderse con el demonio; pero se defendió con solvencia, arguyendo que en el nombre de la misericordia y de Dios mismo catequizaba a una hereje que se confesaba conversa y no lo era, e incluso delató al marido de Ester de haberlo sorprendido haciendo pactos con el demonio en persona. Cuando presentó tales cargos, guiado tanto de la soberbia como de la ira, y más con un propósito exculpatorio propio que acusatorio de aquel hombre contra quien nada tenía, se arrepintió al instante, apenas había concluido la presentación de su eximente completa. El pecado es una compulsión fea y posesiva que cuando se satisface deriva al punto en asco, en culpa, y sintió poderosa repulsión de sí mismo porque aún le restaban virtudes. Lo arregló tanto como pudo, jurando sobre sagrado que, con abnegada paciencia, los estaba corrigiendo y que pronto serían devotos cristianos en toda regla. Aceptó el obispo los argumentos, e incluso le encomió a proseguir con su santo deber y a perseverar en su empeño, desatendiendo las malicias del vulgo; pero él sabía que sobre su alma había arrojado un insoportable baldón que lo convertía exactamente en aquello mismo que con efusiva pasión detestaba.

Después de todo, por horror del pecado y la infame condición humana abrazó la fe, huyendo de la intriga del mundo, de su disipación y de su crueldad. Fue soldado. Más que soldado: capitán. Y por deseo de una mujer a la que secretamente amaba, y a la que jamás poseyó porque ella nunca le quiso y prefirió suicidarse, envió al esposo de esta a una muerte cierta, usándolo como cebo en una emboscada que tendieron al enemigo. Aquel estigma perverso que por sentimiento de culpa lo llevó a cambiar la espada por la cruz, de nuevo estaba abierto y supuraba sus infectos humores, repitiéndose el descalabro.

Pero no; ahora no debía ser así, y cuando regresó del obispado, puso toda la carne en el asador. Si iba a ser condenado por un simple deseo, quiso con todas sus fuerzas variarlo y que este fueran actos, satisfacción por el placer endemoniado que estaba por condenarlo. Así de voluble se muestra la voluntad humana, yendo desde la luz de la virtud a las tinieblas del pecado. Por eso llamó a Ester a solas y se aprestó a asaltar sus defensas con todas las armas a su alcance, incluida la fuerza; pero en aquel instante, cuando Ester lloraba asustada, acorralada en un rincón de la sacristía, entró el esposo y a punto estuvo de darle muerte.

Se fueron del pueblo, conocedores de que como cristianos nuevos poco o nada tenían que hacer ante un fraile que sin duda los acusaría de lo que no eran, como así fue. Sin embargo, él no quiso tanto. Cuando para justificar las marcas de su semblante y la huida de su ama y su familia dijo lo que dijo sobre su condición de judíos y sus tratos con el demonio, no quiso añadir nada acerca de ritos satánicos ni sacrificios de niños, ni cosa por el estilo. Fue Satanás el que se apoderó de su lengua y habló por él y contra su voluntad, vertiendo infamias tan horribles que aún le parece escucharlas. Otros clérigos de otras parroquias hicieron otro tanto con sus cristianos nuevos y aun lo aumentaron con sus propios desvaríos, y a tanto horror como expulsaron de sus bocas o de sus almas le siguió una matanza horrible de judíos en toda la región que pronto saltó a otras provincias vecinas. Sangre por todas partes, muertes horribles, incluso se dijo que crucifixiones. Todos inocentes, y él lo sabe, aunque los demás lo ignoren o finjan hacerlo. La misma ignorancia y brutalidad que los conducía a entregarse a la superstición, los empujó a perpetrar por influjo de él esta carnicería de la que no puede escapar, convirtiéndose en su propia víctima.

Las sombras del templo vencen a la dorada luz de la mañana que penetra por los vitrales del presbiterio, convirtiéndola en agudos dardos o en afiladas lanzas que se clavan en la magna cruz de un inútil martirio. El Cristo del pantocrátor parece mover su brazo y estirarlo, acusándole con su dedo; las tallas de escayola y madera parecen cobrar vida, ver sus ojos, mover sus miembros, tomar aliento y decir: «Tú eres el culpable: ¡Culpable!, ¡culpable!, ¡culpable!»; el viento que se filtra desde el campanario y que silbante se enrosca en la angosta escalera de caracol, arrastrándose llega hasta la nave de una sola crujía, pareciendo musitar acusaciones terribles; y la oscuridad dilatarse como por prodigio, sumergiendo el templo en incierta tenebrosa laguna que algo tiene de Estigia y algo de Infierno. A Dios no se le puede engañar. Fue un pecado pequeño, un deseo humano, una diminuta piedra en el estanque de la vida que, sin embargo, ha costado la vida de cientos, de miles, no se sabe cuántos; seguramente también de Ester y su familia entre ellos.

Tañen las campanas llenando el valle de inciertos sones y levantando bandadas de golondrinas; pero no es el toque del ángelus. Su sonido es desacompasado, errático, tanto que los hombres abandonan el campo y las mujeres dejan las artesas llenas de ropa en el arroyo, y todos acuden apresuradamente a la iglesia. La puerta está cerrada, pero las campanas casi ahogadamente siguen tañendo. Fuerzan la puerta, entran y, dirigiéndose con premura al campanario, llegan y se detienen en seco. La multitud se arrodilla y persigna, guardando místico silencio. Los hombres, en pie, se arrancan el sombrero conmocionados, descubriéndose: están ante un santo que pugna por elevarse al cielo en cuerpo y alma. Sin duda por accidente cuando se disponía a tocar el ángelus, el fraile se ha ahorcado con la soga y Dios, desde lo alto, ha enviado a sus ángeles para que se lo lleven enseguida, mientras que los demonios, envidiosos, se esmeran por evitarlo, dejando su cuerpo en un estadio intermedio donde se mece el cadáver en cruenta batalla entre ángeles y demonios.

Esta narración breve pertenece a la obra “Lemniscata”, finalista del Premio Planeta 2008. http://www.angelruizcediel.es/obras/destacados/lemniscata/

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