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Santidad Relato Breve

Todo cuanto recuerda es un eco de dolor. A oleadas le llegan imágenes sueltas que se remontan memoria arriba, desde lo más remoto de la infancia hasta la tabla sobre la que está ahora mismo atada firmemente por sogas bajo el pecho y sobre el vientre que la inmovilizan, permitiendo libre el área del estómago. Los brazos y las piernas, extendidos, están sujetos por grillos de acero. Tiene un embudo en la boca y por él no dejan de echar agua los inquisidores para que confiese que ha hecho pactos con el diablo, que conoce los secretos de los círculos infernales y que la sodomiza Satanás. Traga continuamente porque de no hacerlo se ahogaría. Apenas si puede respirar y el estómago, dilatado como si estuviera preñada, continúa hinchándose. Está desnuda y hace largo rato que sus esfínteres cedieron.

La vida siempre ha sido así para ella. No la alcanza a ver ni una sola imagen desde su primera edad que no sea de llantos y dolor. La golpeaban continuamente y con cualquier excusa, y muchos de sus huesos se quebraron a los embates de sus progenitores, los cuales nunca curaron bien y la forzaron a crecer con deformidades. Contrahechuras que no impidieron, ni aun en aquellos primeros años, que su padre la violentara con frecuencia. Aquel dolor lancinante aún lo siente reciente, fresco, nota que su ser se desgarra, que arde por dentro como si la quemaran.

Dolor, dolor; todo es un eco de dolor. El insoportable y rudo trabajo en el campo desde la niñez, el frío, la humedad… ¿Por qué Dios, Nuestro Señor, no consintió que muriera?… La vida ha sido y es nada más que tormento. También otros la violaron, incluido un clérigo que había en la aldea. Dolor y lágrimas. Frío y hambre. La miseria es señora muy mala y muy absorbente; siempre castiga: con los demás, con el clima, con las necesidades, con las enfermedades… La piel pica, y ni las lágrimas consuelan. Hambre, frío, dolor.

No contaba doce años cuando su padre la vendió a un tratante de Sevilla. No valía para otra cosa y en la casa eran ya demasiadas bocas que sostener. La llevaron a un burdel y allí la recluyeron en un miserable mechinal donde estaba obligada a acoger a muchos hombres cada día para que satisficieran sus instintos. Lloraba. Le dolía. Odiaba a los hombres que veían en ella…, no sabe lo que veían, piel joven y ajustada, quizás; geometría deseable, tal vez; juventud, a lo mejor. El olor ácido de su transpiración, la hedentina de su aliento, la miseria de aquel camaranchón atiborrado de pulgas se le incrustó en el alma y jamás pudo sacárselo. Odiaba a los hombres. Siempre los ha odiado desde que descubrió el odio, que fue muy pronto.

Otras eran como ella, muchas, muchísimas. Todas iguales en su sufrimiento, en su dolor. La vida dolía, era una condena de algunas para que otros disfrutaran. El dios de los hombres tenía su solio en la entrepierna. Aquellos hombres lo metían allá donde fuera que estuviera húmedo y caliente, no importaba en qué cavidad del cuerpo fuera: todas los servían para sus juegos, sus disfrutes o sus risas. Dolía, sangraba, daba asco; pero no había escapatoria porque el hombre que regentaba la casa, si había rebeldía o se manifestaba protesta, enseguida tomaba la fusta y golpeaba con sevicia. La obediencia y la humildad las forjaba a palos. A alguna llegó a matarla así, y nadie la echó en falta o le hizo reclamación. No había ley de Dios ni de los hombres en aquella esquina del mundo. Estaba en el fondo del estercolero social, entre insectos y dolor: en el Infierno. El Infierno no está lejos, sino entre los hombres.

Un día se le secaron las lágrimas; otro, el dolor del cuerpo; más tarde se le desecó la repugnancia. Ya todo la daba lo mismo. No había esperanza, gracias a Dios Nuestro Señor, porque la esperanza, cuando inútilmente se la mantiene viva, es causa de mayor tormento. Mejor la insensibilidad. Un día era como otro y como el siguiente: todos iguales de malos. Los hombres eran distintos, pero parejamente despreciables, porque usaban su cuerpo y enlodaban su alma. Pero no, no había alma, ni Dios. El mundo estaba abandonado a su suerte de bichos que devoraban bichos. Solamente había bichos con diferente número de patas, nada más. Los odiaba, odiaba a todos, odiaba tanto como un fervoroso devoto ama a su religión.

Tanto y tan continuado fue el uso de su cuerpo que pronto se marchitó en ella lo deseable y un día la echaron con lo puesto. Se quedó en la calle. Otro infierno distinto, pero igual. Limosnear era otra condena muy grave. Hacía frío, dolía; tenía hambre. Los pobres siempre tienen hambre. En las escalinatas de la catedral, como tantos, pugnaba por un centén; pero la mitad de la miseria que recaudaba en todo el largo día tenía que dársela a Fabián, un excapitán de los Tercios venido a menos que había dado con la espalda en el polvo desde que perdió un ojo y una pierna en Amberes. Así pagaba la patria las fidelidades. Verle la consolaba, porque había algún perverso que también sufría. Pero sobre todo le dolía su propio sufrimiento, porque a ese dolor permanente nadie podía acostumbrarse, ni aun combatiéndolo con el socorrido rencor.

Hambrienta y dolorida, en las noches de invierno se refugiaba junto al río, bajo el puente que sortea el Guadalquivir, si es que la guardia no expulsaba a todos los pordioseros a golpes. El frío era muy malo, y allí, recogida entre cuatro harapos, dormía en paz junto a una pequeña hoguera, si es que algunos de los suyos no la violentaban. Si era porque la dejaran tranquila unas horas, poco la importaba que la usaran. Su carne ya no sentía las afrentas. Maldecía la hora en que nació hembra en un orden masculino; pero así era la perra vida, dolorosa, hiriente. No había un solo día en su calendario que mereciera el título de memorable, ni siquiera de anodino. Todos lo eran de dolor. Unos más que otros; pero todos dolían, y con semejante carga iba adelante. No entendía por qué pugnaba por sobrevivir, por una moneda, por qué peleaba por un mendrugo, por qué no se dejaba morir para apagar así las llamas de ese cruel infierno.

A muchos de los que echaban monedas ante la catedral, regocijándose en cómo el tumulto de miserables lidiaba por hacerse con alguna arrastrándose por los suelos, los conocía de sobra en sus más repugnantes intimidades. Sabía de qué color eran sus almas y a qué hedía su semen infecto, aunque se envolvieran en sedas y en brocados. Sus señoríos eran infamia en un mundo infamante, por eso eran señores. El más malo lo era siempre: eran los cainitas, los intocables. Nadie era bueno, ni siquiera los frailes que con tal altivez los echaban los mendrugos o los huesos a medio roer que les sobraban de su banquete diario. Por eso, precisamente, blasfemó ante ellos con horrorosas palabras. Ya era vieja y le daba todo lo mismo, porque ya conocía todos los castigos y no le temía a ninguno: era libre, por fin.

Pero no; no conocía todos los castigos. La prendieron dos alguaciles y la llevaron ante el Tribunal de la Inquisición apremiados por los otros miserables, quienes por unas monedas juraron sobre sagrado que era bruja, que tenía tratos con el diablo. Fabián puso su mano sobre el Libro Sagrado y así lo confirmó, añadiendo que el mismo la había visto volar en una escoba con Satanás en persona, y lo dijo haciendo gala de su antigua condición de honorable capitán de los Tercios. Su odio hacia los hombres se hizo enorme, nunca fue tan grande.

Le dieron tormento para que confesara, pero su rencor era tan descomunal que se recreó en él, sin duda alentada porque ya la quedaban pocos. «Yo os escupo, ¡frailones!, ¡pajilleros!», les dijo cuando estaba en el potro en el que la descoyuntaron un brazo y la rompieron una muñeca; «Metédmelo donde os placería meter otra cosa, ¡beatos santurrones!», les reprobó a sus verdugos cuando la aplicaron hierros candentes a los pechos y al sexo. Les parecía a los inquisidores que nada había que pudiera doblegar su ánimo levantisco, por más que le aplicaran las más insufribles torturas. Creían que por fuerza debía recibir el aliento mismo del Infierno; pero no era nada más que el aborrecimiento lo que la animaba.

El tormento del agua también ha sido terrible; pero en cuanto le han retirado el embudo ha blasfemado, les ha insultado de manera espantosa, diciéndoles cosas tan horribles que algunos frailes, escandalizados, no han podido sino salir apresuradamente de las mazmorras del palacio arzobispal. Sus almas no podían resistir sin honda conmoción escuchar tales herejías.

Cuando la han llevado ante el Tribunal vestida de saco, ha declarado que ella se pasa su fe santurrona y sus libros santos de postín por… Barbaridades no aptas para todas las conciencias ni para todos los oídos. El padre Presidente no ha tenido otra opción que ordenar que la corten la lengua. Dolor, odio, rencor, frío, hambre, dolor. Su corazón ha de ser por fuerza más negro que el carbón y más sucio que el calabozo en el que la han encerrado.

Muda, apenas emitiendo guturales bramidos, ha escuchado cómo los mendigos se han afirmado ante el Tribunal en que copulaba con los diablos; pero ella sabe que el diablo sería más humano y complaciente que la mayoría de los hombres. Se ríe, ruge, se revuelve: la han condenado a la hoguera.

En la oscura y gélida soledad del calabozo espera su hora. Su liberación está próxima y la aguarda con impaciencia. Entran los frailes y los soldados, la desnudan, la ponen el sambenito negro y la sacan a golpes. La colocan un capirote y la fuerzan a subir a un desvencijado carro de lanza del que tira un burro y, junto a otros condenados, la atan firmemente a los adrales. La pasean por la ciudad camino de la plaza, orillado el camino por una multitud que veja a los reos de muerte por herejía lanzándolos todo tipo de objetos: piedras, fruta podrida, boñigas, pellas de barro… Los insultan y se ríen de ellos. Muchos de los condenados lloran, exculpándose y proclamando inocencia, incluso empuñando el nombre de Dios; pero ella no. Ella los escupe, los advierte que regresará con mil demonios a arrebatarles sus almas, aunque nadie la entiende porque no tiene lengua y de su boca los venablos escapan con forma de rugidos incomprensibles.

La encopetan sobre la pila de leña verde y la encadenan a las argollas del poste. Después de leer la sentencia el padre Presidente del Tribunal, mientras los alguaciles esperan con las antorchas la orden de cumplir la sentencia, le acercan una cruz para que encomiende su alma a Dios Nuestro Señor, besándola. La mayoría de los condenados lo ha hecho; pero ella no. Ella mira a la enfervorizada multitud con tal odio y tal desprecio que todos, ante su vertiginosa mirada, han guardado temeroso silencio; luego grita como una posesa, profiere formidable rugido y escupe sobre el crucifijo, forzando que miles de manos presurosas monten el signo de la cruz sobre sus pechos, aunque son cruces invertidas, porque la parte más corta queda abajo, al pie del figurado patíbulum.

Arde la leña con dificultad, pero quema. Ha querido el Tribunal que con ella usaran madera verde para que el sufrimiento de su muerte fuera lo bastante intenso como para que expiara sus enormes pecados. Han tenido un gesto de caridad cristiana con ella, porque es más importante la salvación eterna que el mortal sufrimiento. Duele mucho, mucho, y no hay escapatoria. «Hombres, ¿por qué sois así…, qué Dios os creó o a qué Dios le rezáis que en esto se complace?…», hubiera querido decir si hubiera tenido a quién hacerlo; pero del otro lado del humo y de las llamas, más allá del insoportable dolor que consume su carne, solamente hay una multitud de criaturas que se regocija en su sufrimiento.

Dolor al nacer, crecer en el dolor, vivir en el dolor…, morir en el dolor; pero el dolor es lento, lento, lento como un eco que jamás parece poder apagarse. Dolor, eco, dolor.

 

Esta narración breve pertenece a la obra “Lemniscata”, finalista del Premio Planeta 2008. http://www.angelruizcediel.es/obras/destacados/lemniscata/

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