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Soberbia de diosa Relato Breve

La luz del Mediterráneo tiene algo de mágica, no solamente porque confiere un místico azul al paisaje, sino porque enjoya a Agripina, como la envuelve proporcionándole cierto matiz de diosa. Al menos, eso es lo que a él le parece mientras la contempla pasear por la orilla de playa de Ostia, al otro lado del puerto. Ha plegado parte de la túnica sobre el cíngulo, dejando al descubierto sus piernas hasta las rodillas. Las olas, ciclotímicamente, acarician sus pies desnudos. Debe complacerla, porque sonríe tensando sus labios. Se detiene, y espera que la ola se repliegue, parece que esmerándose en sentir la caricia del agua y de la arena que se enreda entre los dedos de sus pies. Tiene la cabeza baja, y su cabellera se despeña como una áurica catarata que sumerge su hermoso semblante en una dulcísima penumbra en la que descuellan sus sonrosados labios y los marfiles de sus dientes.

Eleva la cabeza, y le ve sentado en la escollera. Levanta la mano y la agita, saludándole, y al punto se lanza en loca carrera. Él se complace al verla correr con esa ropa tan liviana, abultándose por el cimbreo de sus senos. Llega, toma asiento a su lado y le pone un beso en la mejilla. Hablan, aunque de fruslerías; pero él enseguida pone gesto grave y le anuncia que los han incorporado a la leva porque los cartagineses se acercan asolándolo todo. Ella lo sabe, como todos en Ostia, y como tantos otros está preparando su partida a Roma antes de que sea tarde. El Ejército no ha podido detener a Aníbal y es probable que pronto aceche Roma.

Son amigos desde la infancia, muy amigos. Sus casas están muy próximas y desde la primera leche han compartido juegos, porque ambas familias tienen lejanos vínculos familiares. Siempre, desde que recuerda, han estado juntos. Los dos y Sempronio han formado una camarilla envidiable. Incluso cuando la peste amenazó Ostia y afectó a Sempronio, los dos repartieron su tiempo entre el lecho de este y el templete de Júpiter, a quien le hicieron numerosas ofrendas para que le confiriera fuerza a su amigo, y Júpiter les fue propicio. Ahora, por primera vez en toda su vida, han de separarse, y esto los llena de tristeza. Es la guerra. Una guerra que ha consumido a esclavos y libertos, y que ha forzado leva tras leva hasta que ha alcanzado a los jóvenes.

Él, antes de marchar a integrarse en las legiones, quiere decirle que la quiere, que los dientes dejaron de ser de leche y se hicieron de marfil, que el corazón aprendió nuevos ritmos a su lado, que se le han llenado los sueños de esquirlas de cabello y de labios y de senos: que se ha inundado tanto de ella que si no la pudiera tener sería un hombre vano, una nada revestida de piel. Y así lo iba a poner sobre el mundo, o sobre el altar de su diosa, cuando Sempronio llega cabalgando por la playa, gritando como un loco.

Está exultante, dichoso por ir a la guerra. Lleva días entrenando con el pilum y la espada como favor hecho por un centurión amigo de la familia que se está recuperando de algunas heridas sufridas en la batalla de Trebia. Se desbarranca por un discurso atropellado y fogoso, porque ya puede verse entrando triunfante en Roma por la Vía Apia, vitoreado por la multitud por haber liberado a Roma de Aníbal. Dice que él le sacará el otro ojo con su pilum y servirá su cabeza al César en bandeja de plata. Agripina ríe pícara las machadas de Sempronio, y su risa es tan contagiosa que también él se une a la mascarada y le disputa el honor a su camarada. Ríen, fingen que luchan. «Muere, bestia cartaginesa», dice uno; «No; muere tú, Aníbal disfrazado, que Roma es quien te hiere», replica el otro.

Al fin, entre risas y charadas, se detienen, Sempronio toma a su amigo por el hombro, se ponen frente a Agripina, y le dice: «Elige a tu héroe, diosa Venus.» Lo ha dicho en broma, pero quizás los tres saben que es verdad. Él conoce que Sempronio también siente por ella…, tal vez un amor equívoco de amistad que deriva en carne. Acepta el reto, porque la broma le parece que es una buena treta para sondear el camino, quién sabe si allanándolo. Ella finge pensar. Se pone en pie sobre la roca, adopta histriónica postura de diosa en el Elíseo, marmulla algo entre dientes mientras hace círculos en el aire con su índice y, al fin, estirando de golpe también el dedo corazón, dice: «Los dos: privilegio de diosa.» Bromean ambos, acusándose el uno al otro de no ser el elegido porque la diosa no ha querido ofender al rival de cada cual; pero ella, frunciendo el rostro, sin duda asaltada por un temor grave, atrae su atención, se acerca a ambos, los abraza, apoya su cabeza en sus hombros, y les dice: «No muráis, ¡por los dioses!: jurádmelo.» Y luego de un instante, con voz temblona, añade: «¡Os quiero tanto!…»

Tras breve lapso los muchachotes se recomponen por la risa y la jácara, que es por donde los hombres dejan escapar el miedo, comprometiéndose a no caer en el Tártaro ni a consentir que el otro lo haga. «Marte me ha adoptado», afirma el uno; «Soy Herakles renacido: no hay cuidado», asevera el otro. Y de nuevo entran en fingida lid, ahora jaleados por la diosa Venus, quien ora alienta al hijo de Marte, ora a la reencarnación de Herakles, concluyendo: «Mi corazón y mi cuerpo para quien vuelva victorioso.» Lo ha dicho continuando con la broma, pero los dos héroes han detenido su combate singular y se han quedado mirándole inmotos. «¿Qué?», interroga al fin ella, y los dos, regresando al orden físico desde las honduras del pensamiento, retornan a la lucha, prometiendo cada cual mayor cantidad de laureles.

Mientras formados con su legión aguardan la acometida del ejército cartaginés, ambos recuerdan todavía estas palabras. No son más que dos legionarios entre cientos, tal vez miles; pero ansían la gloria, el laurel. Muchos corazones zozobran en la agonía de la espera, mientras los tambores ensordecen los pensamientos y acallan el temor; pero no los suyos. Lo suyos, no. Ellos vibran alocadamente esperando el momento de remontar la cumbre de la gloria. Sus ojos no ven temibles ejércitos de nubios e íberos y cartagineses, sino a su diosa aguardándoles con el lábaro de su amor, el tesoro de su cuerpo y las ambrosías de sus besos.

Llueven flechas que repiquetean sobre los escudos con que se protegen. Sienten temblar el suelo por el galope desenfrenado de la caballería cartaginesa; pero ellos, mientras aguantan sobre sus cabezas el peso de los escudos en espera de que el centurión dé la orden de formar cuadrado para resistir la acometida, se miran y sonríen. «¡Será mía!», le dice Sempronio al tiempo que aprieta sus dientes; «¡En otra vida!», le replica él.

La lucha es terrible y las heridas espantosas. Ambos, sin romper la formación, aguantan con sus pilum la primera arremetida. Avanzan, estoquean, avanzan. Hay gritos, legionarios que caen abiertos en canal por las terribles armas cartaginesas; pero no ven enemigos, sino obstáculos a ser salvados para alcanzar el favor de su diosa. Avanzan, estoquean, avanzan. El griterío que ensordece el inmenso prado los anuncia que la infantería íbera y nubia se ha lanzado desde ambas alas al mismo tiempo, encerrando a buena parte de las legiones en el cráter de un sangriento infierno. Durante las primeras acometidas resiste la formación, pero a medida que el número de legionarios de la centuria mengua, el orden es imposible, y pronto los dos amigos están luchando espalda con espalda contra cuantos enemigos los acometen, ahora a espada. Ambos velan por sí y por su camarada, y como una máquina mortal se mueven, resisten, avanzan.

Suenan cuernos y trompas, y los enemigos se retiran. Es la primera vez que Roma resiste a Aníbal y, aunque no ha sido una gran victoria, no ha sido una derrota. Han dejado incontable número de cadáveres sobre el campo de batalla y otros tantos en su repliegue. Precisarán nuevos refuerzos antes de pensar en otra batalla. Él mira a su alrededor y ahora se espanta ligeramente por el desolador paisaje de muerte que les circunda. Debe de haber…, qué sabe él, miles de hombres a quienes cruentamente les han arrebatado la vida alfombrando aquel enorme prado sobre el que ahora se enhiestan los vítores de los vencedores. Jadea, no solamente por la fatiga terrible del interminable combate, sino también por el horror de cuanto está entrando a saco en su alma. Los cadáveres muestran horrorosas heridas y la hierba está encharcada de sangre; pero también hay muchos, muchísimos hombres con graves llagas que suplican auxilio en diferentes lenguas. Cuando los vítores se acallan, aquel campo deriva en un remedo del Tártaro, en un clamor de lástimas que retumba en las colinas como encerrándoles bajo una bóveda de horrible sufrimiento.

Sempronio, sin embargo, está feliz, embriagado por el triunfo. «¡Venga, vamos!», le dice. Y tomando un pilum del suelo que perteneció a un legionario caído, le alienta a que le imite, y ambos, como tantos otros legionarios por la enorme pradera, se toman la tarea de rematar a los heridos enemigos, lanceándolos. Ríen y lancean una y otra vez, bromeando sobre quién alcanzará el favor de la diosa; pero tal vez por el cansancio o quizás por la efusión del ánimo, la sangre y la muerte a la que tan lujuriosamente se han entregado, las bromas se van haciendo graves hasta que adquieren tintes de contienda. «¡Será mía!», asegura Sempronio, encarándole; «¡Sobre mi cadáver!», le desafía él, enfrentándolo a su vez. El aliento contenido advierte que cualquier movimiento imprevisto puede declarar singular combate. Pero no; finalmente Sempronio ha dicho un jocoso «Que elija ella» que enseguida lo ha recogido él, dando por concluida la diferencia. Así lo han fingido ambos, porque los dos saben que la cuestión ha variado para siempre su relación. La amistad ha quedado también en el campo de batalla, como tantos, muerta.

Vuelven a combatir, pero ya no luchan juntos. Si la legión se desorganiza y han de luchar solos, lo hace cada cual por su cuenta y teniendo mucho cuidado de no dar la espalda al antiguo camarada, no sea que la estocada o la lanzada no provenga de un nubio o un cartaginés, sino de quien no se la espera.

Dicen que Aníbal se retira, que está embarcando lo que le queda de tropas rumbo a África. Muchos pueblos se han unido a Roma, y por todas partes le acosan. Ya no son unos muchachos, sino unos curtidos legionarios que varios años llevan de campaña. Han sufrido numerosas heridas y han matado muchos enemigos; pero se dice que por fin podrán regresar a Roma, dando así acabijo a su infierno. No obstante, queda una cuestión por resolver y ambos lo saben. «¡Junto al Tíber, después de la licencia!», propone Sempronio. «¡Junto al Tíber!», acepta él.

Desarmado y victorioso, el Ejército entra en Roma hasta el Palatino. Sobre una alfombra de mantos y palmas caminan las legiones, y desde ventanas y terrazas llueven pétalos olorosos de mil flores. ¡Qué distinto a los campos de batalla! Algunas jóvenes, rompiendo la disciplina de la estática guardia pretoriana de honor que jalona el recorrido, entran en las formaciones de las centurias y besan apasionadamente a los legionarios que tienen más cerca. Vibrante, la multitud enloquece de alegría por haber derrotado su mayor pánico. Ante el Palatino, el mismo César los aclama y corona a varios generales con laureles, ofrendándolos una vuelta a la enorme plaza.

Los han licenciado. Prisa tienen ambos por regresar a Ostia, pero antes han de cumplir su compromiso y resolver sus diferencias, y se citan en las orillas del Tíber. Es un combate singular, a espada, sin escudo ni coraza. Zumban las gladius, entretanto el sol desde lo alto dibuja con sus sombras una hora fatal. Jadean. Ambos son diestros soldados y tardan en herirse, pero los metales conocen sus carnes. Cada uno ha recibido varios cortes y al menos una estocada, y los dos sangran copiosamente.

Un grito de mujer los ha detenido. Es Agripina, quien advertida de su llegada se apresuró tanto como pudo en llegar a Roma; pero su estado no se lo ha permitido hasta ahora: está embarazada. Detrás de ella hay dos niños de corta edad y un hombre que ambos identifican como un antiguo amigo de Ostia.

La antigua diosa llega hasta ellos y, enojada, los arranca sus gladius de las manos y las arroja al suelo. «¿Por qué?», los interroga; pero ellos no responden. No; aquella no puede ser su diosa. La guerra o los dioses deben haberlos vuelto locos. La miran transidos, como desde otra dimensión o desde el Tártaro.

Sempronio ha hincado rodilla en tierra y ha caído, después, hasta quedar su rostro sobre la arena. Agripina se ha cubierto el rostro con el velo para evitarse el horror, y esto le ha impedido ver que también lo ha hecho él, quedando su rostro frente al de su antiguo amigo.

«Vayamos al encuentro de Plutón, amigo», le ha dicho Sempronio; «Vayamos, sí; librémonos de las diosas», ha aceptado él.

Asciende o desciende, no sabe. Lejos queda la usurpadora diosa que resultó ser una simple mortal, engendrando vida ordinaria; cerca, el amigo que ya lo será para siempre.

Esta narración breve pertenece a la obra “Lemniscata”, finalista del Premio Planeta 2008. http://www.angelruizcediel.es/obras/destacados/lemniscata/

 

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