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Demonios Relato Breve

Los ojos, acostumbrados a las tinieblas de la mina, duelen con la luz. Quiere mirar, pero no puede; todo se ha emborronado, convirtiéndose en una informe masa de ocres y verdes y azules. Habitó por allí o por allá, no sabe por dónde, no hace tanto, hasta que llegaron los conquistadores y los hicieron probar sus armas milagrosas. Muchos, muchos hombres murieron. A la mayoría de las mujeres, a las jóvenes, se las llevaron en sogas de prisioneros para ser utilizadas como entretenimiento; a los ancianos y los niños los sacrificaron. Solamente a los que tenían ya algunos años, como a él, los consintieron vivir para traerlos a esta mina que tanto tiene de inframundo, forzándolos a trabajar como esclavos o como bestias. Por ser jóvenes los encomendaron los trabajos más rudos en las galerías más inaccesibles, allá en lo hondo donde el aire quema los pulmones y los ojos abrasan. Arrancan el mineral de plata al mismo ritmo y con el mismo dolor con que la vida se queda adherida a las tinieblas.

Una, dos veces por luna, los sacan unas horas al exterior, a mundo abierto, y los permiten estar algún tiempo así, mirando a no saben dónde porque cada vez el mundo está más empastado. Hace ya más de un xihuitl que sucedió la desgracia de que los dioses los arrebataran de su vida ordinaria e incendiaran los teocalis. Un xihuitl de impiadosa oscuridad, hambre y dolor. El látigo abre surcos en la carne que apenas si llegan a cerrar antes de que la muerte sobrevenga y arrastre el alma al inframundo; nadie de los suyos queda ya, todos murieron. Sobrevivir en Guanajuato un xihuitl, es sobrevivir mucho tiempo. Pocos lo consiguen.

Tal vez sea el odio hacia los dioses lo que le mantiene vivo, una enfermiza sed de venganza; o quizás sea la necesidad de sobrevivir otra luna para poder mirar como ahora hacia la espesura, no sabe en qué dirección de esa pastosa visión de colores arrebujados, tratando de encontrar su alma. Porque sabe que su alma le ha dejado. No la ve ni le interesa verla, pero sabe que su piel ya no es cobriza, sino blanquecina a causa de la plata y el mercurio; sus labios, como la de tantos miserables como hay en la mina, seguro que son cárdenos y que sus ojos están sanguinolentos

Algunas veces, como hoy, los soldados hacen con ellos… cosas. A cambio, si los complace, les dan su ración de pan o de agua; pero si se obstinan y se niegan, como hizo su hermano Chaputlcalco hace tres o cuatro lunas, los golpean con el bastón o el látigo y los niegan la comida. Su hermano se fue al inframundo por desesperación de la vida…; pero él no pudo seguirlo porque tuvo miedo, un miedo atroz al tormento del mundo de los muertos, y le dejó irse solo a las tinieblas eternas. Sabe que el inframundo no puede ser peor que esto que habita, que allí habrá llantos, pero que no habrá soldados que desgarren su cuerpo o que perviertan su alma. La vida sin esperanza, sin horizonte, es nada más que una muerte sin nombre. Quienes creyeron dioses son demonios, criaturas espectrales surgidas de las regiones internas para atormentarlos, no sabe por qué horrorosos pecados.

Pero algo hay, algo queda que le empuja a soportar el duro trabajo, la cernida oscuridad y la asfixia. Tal vez la mínima libertad de respirar cara al cielo un breve lapso cada luna o de sentir el aire azotando el rostro. ¡Es tan importante el aire, el simple aire!… Abajo, en la mina, se le extraña, se le quiere, por él se daría… el alma, o esos actos contrarios a los dioses que por fuerza los hace a los soldados, o aun el que vulneren su cuerpo y le inoculen esas terribles enfermedades que trajeron de su mundo tenebroso. Tal vez, sí; o quizás sea el recuerdo lo que le sostiene, porque cuando el porvenir se borra se vive hacia atrás de la memoria, y ese aire y ese sol la despiertan y le pintan ante sí los rostros de los suyos, el orgullo de su ciudad, le remembran los sueños de soldado que tuvo…, a su hermano.

Con la mirada perdida en la ciénaga de colores revueltos en que ha derivado el orbe, una lágrima desborda el limo y cae mejilla abajo abriendo un surco cobrizo en la pátina mineral que le embadurna. Quisiera pedir clemencia, piedad a tanto sufrimiento; pero algo le dice que él mismo es su juez y su testigo, y sabe que no puede esperar nada, que la muerte es algo duro, espantoso, inflexible, como los dioses españoles.

No sabe contar el tiempo, pero sabe que pronto, muy pronto, chasquearán los látigos para devolverlos a las tinieblas, al sintiempo, al atroz sufrimiento, al trabajo sin descanso. Solamente se le permitirá dormir un poco por cada diez fanegas de mineral arrancado, aunque no sabe cuánto ni qué es una fanega. Solamente se le permitirá beber o comer si complace a su demonio. Y así será durante no sabrá cuánto tiempo, hasta que la próxima luna o la otra le permitan salir otro rato para que el sol y el aire les recuerden cómo era el mundo que ya se va desvaneciendo.

La sola idea de regresar al inframundo de la vida le atormenta, le angustia, agitándole la respiración y llenándole de pánico. Quiere huir, pero ¿hacia dónde, si no ve?… Sabe que no podrá soportarlo una luna más, ese infinito sintiempo pastoso y terrible que no parece concluir jamás. Tiene miedo, y el miedo es feo, muy feo. El corazón late con fuerza, palpitan las sienes y los ojos se dilatan procurando una ya imposible visión. Pero sí, sí es posible; aquella luz leve, vaporosa, es la de su hermano. Lo ve, lo siente como una antorcha en su negritud guiándolo hacia la libertad.

Grita pidiéndole a su visión que le espere, que le sigue, que se va con él, y corre con dificultad, trastabillando. La luz se detiene esperándolo, y él, con el corazón sobresaltado de serena alegría, le tiende los brazos para que le acoja y le consuele después de tanto penar. Pero lo que siente en realidad es la firmeza inexorable del metal abriendo su carne. Sus ojos se abren como escotillas, confundidos, sorprendidos porque su hermano, su hermano del alma, le fuerza a huir por la falsa puerta del inframundo. El vientre quema, abrasa la llaga, pero un frío atroz se cierne sobre él, abrazándolo.

Poco importa ya, hermano. El mundo se va al negro, al gélido y duro negro, desvaneciéndose los colores. Los sonidos se distancian, se alejan. Hay risas que restallan con cavernoso estruendo; risas y palabras pronunciadas en lenguas extrañas de dioses implacables que se van sofocando en un silencio imposible, en una quietud milagrosa. No importa, hermano, por fin estoy aquí, donde debo.

Esta narración breve pertenece a la obra “Lemniscata”, finalista del Premio Planeta 2008. http://www.angelruizcediel.es/obras/destacados/lemniscata/

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