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La agonía del pajarillo Relato Breve

Está enferma, muy enferma. Los ojillos se le cierran al tiempo que percibe el mundo como con sordina, como amortiguado o desde lo lejos. Sus sentidos están acorchados y el aire quema en sus pulmones. Dormir se le antoja como una imposición de la naturaleza.

«¡Ojalá que no venga otra vez ese señor tan feo que da tanto miedo!», dice para sí pensando en el galeno, porque la ha procurado alguna pesadilla. En realidad, su orden se ha invertido, el equilibrio le parece que se ha vuelto loco y que ahora lo percibe todo como despeinado, sin concierto, revolviéndose cosas que son reales con sueños que se hacen reales, pues que para ella valen lo mismo.

Ve a su madre, toda complacencia, fingir sonrisas porque, de alguna manera que no entiende del todo, sabe que se muere sin remedio. «¡Mi niña!», suspira ella. Pero la niña no entiende qué es morirse. Le duele más esa angustia oscura de su madre que la asfixia que la regatea el aire, que el calor que la sofoca y la sumerge en un concierto desbaratado. Los sentimientos tienen colores, como algunas palabras; incluso a veces, si son intensas y pronunciadas con mucha vehemencia o remueven grandes emociones, tienen sabor. El regaño sabe a hiel, es amargo y rasposo; y el beso sabe a… pan con leche y azúcar, y tiene una aureola azul celeste.

No sabe por qué ahora la regalan mil atenciones cuando anteayer la regañaban por lo mismo, por toser. Debe ser porque se muere, aunque no sabe qué significa eso exactamente. En realidad no sabe casi nada, y cada día ha sido descubrir nuevas cosas. Algunas muy bellas; otras, no tanto. El mundo es un lugar extraño que nunca se termina de conocer del todo. Hay lugares prohibidos, no entiende por qué, como hay actos reprimidos o palabras vetadas, aunque todo son lugares y actos y palabras. Otras muchas cosas le gustan; pero de todo, de todo, con lo que sin ninguna duda se queda es con sus amiguitos… y con sus padres y su casa. Le gusta que la acaricien, meterse en la cama de sus padres los domingos por la mañana cuando amanece, porque, aunque a veces le dicen que es una pesada, lo hacen con la boca pequeña y sabe que los complace, como ella se goza de estar rodeada de su carne de gigantes. Cuando la abrazan y la besan, cuando la susurran que la quieren, como que el pecho se le llena de pájaros.

Siempre le ha gustado mucho acariciar el rostro áspero de su padre, mirarse en sus ojos de titán. ¡Es tan grande!… Se siente segura a su lado; pero ahora, no sabe, como que se le ha empañado la mirada, como que su pulso se ha vuelto temblón y su voz se quiebra muchas veces. Pero no le importa, porque muchas, muchas más veces que nunca, le ha dicho que la quiere. Morirse no ha de ser tan malo si todos la quieren tanto a una. Ojalá se mantengan así de dulces hasta el cumpleaños, el mes que viene. ¡Cinco añazos, ya! Su papá le dijo que está haciendo una mujerona tan bonita como su mamá, y ella, cuando lo hizo, corrió a la alcoba materna, abrió el arcón y se puso sus zapatos; luego, se miró en el espejo durante mucho rato para calcular cuánto la quedaba, porque quiere ser grande enseguida, muy grande, para casarse también con él.

Duele. La tos arranca del pecho…, no sabe lo que arranca. Quiere que ceda, porque por su causa el galeno la da a tomar cosas muy malas y amargas, como palabrotas prohibidas; pero cada tanto vuelven los ataques y, después que ceden, respirar es más difícil. Quiere complacer a su mamá y ponerse buena, ir a jugar con los amiguitos, a quienes no ve desde que ya no pudo levantarse. Los extraña, pero ha de consolarse con su muñeca de estopa, la cual ha tenido que reunir en su borra a todos aquellos con quienes jugaba.

Mira el crucifijo que hay sobre la cama y le parece una cosa fea porque no se debiera tener a nadie crucificado tantísimo tiempo, dice su madre que desde hace más de mil años, y aunque no entiende cuánto tiempo es eso, le parece que es mucho, demasiado tiempo. Ella no permitiría que a su muñeca la crucificaran ni un solo instante. A lo mejor por eso Dios siempre está enfadado, porque no le desclavan. Es un señor muy grande que hizo el mundo y a las personas y a todo, a quien a su mamá la ha escuchado pedirle que la cure porque lo puede todo; pero está enfadado y no lo hace. También ella estaría muy enfadada si la tuvieran así, aunque solamente fuera un minuto.

La realidad se emborrona. Después del último acceso de tos le cuesta más abrir los ojos. Apenas si puede con el insoportable peso de las pestañas, y solamente por muy poco tiempo. Arde, pero tiene frío. Siente que su papá y su mamá están sentados a cada lado, sujetando sus manos. Siente cómo la acarician y la besan, y la complace. Es feliz. Quisiera ver a sus hermanos, pero los han prohibido entrar en la alcoba de sus padres, que es donde la han puesto para vigilarla mejor.

Las cosas que hay detrás de los ojos se inflan y crecen mientras los objetos que la rodean se distancian. El mundo se hace estrecho por delante y se agranda por detrás, dentro de la cabeza. Apenas si oye nada que no venga del interior, apenas si siente cosa distinta de lo que dentro sí tiene; pero no es feo. Muy por el contrario, son cosas bonitas, luces que suben y bajan, muñecos…, y Tommy, quien se fue para siempre el año pasado, dijeron sus padres que al Cielo.

El Cielo no está lejos, sino al lado: son los besos de mamá, el rostro áspero de papá, esas caricias lejanas que percibe como si fueran hechas desde el otro extremo del universo. Se pregunta si habrá ángeles como esos que mamá tiene en un cuadro en la sala, si habrá prados verdes y ríos de leche y miel… Si finalmente pasara eso que no entiende y se muriera, y si una vez muerta fuera al Cielo, lo primero que hará con Tommy será quitarle los clavos a ese Señor Dios que siempre está tan enfadado, y le vendará las manos. Ella venda muy bien; muchas veces se lo ha hecho a su muñeca cuando jugaba a los galenos con otras niñas.

Esa luz medio emplumada ha de ser un ángel por fuerza, porque vuela. Sí, sí: lo es. ¡Qué bonito! ¡Qué guapísimo que es! Es casi transparente y tiene una piel… como de espuma, suave, muy suave. Toma su mano, la levanta del lecho y la mira con unos ojos muy, muy habladores. Mira a su lado y se ve tendida, aunque ya está en pie. No le gusta que su mamá llore de esa forma, si bien entiende por qué ahora no siente sus abrazos; ni la complace que su papá esté tan callado. Nunca los había visto tan tristes, tan desesperados.

El ángel tira de ella con suavidad, invitándola a que le mire. Se agacha, la toma entre sus brazos y la besa. Sus besos son como los besos de mamá, como las caricias de su papá, esos que se van emborronando mientras vuela sin moverse, como si las alas del ángel disolvieran el mundo, borrándolo. Ahora no tiene tos, ni siente frío o calor; pero sabe que desde siempre ha conocido a su papá y a su mamá y que dentro de algún tiempo, no sabe cuánto, volverá verlos, y eso la complace.

Vuela, se recrea, juega con Tommy y con el ángel, y los tres, en un ámbito indefinible donde solamente cuanto se ahorró se contempla, se pierden en la remota infinitud tejiendo ochos.

Esta narración breve pertenece a la obra “Lemniscata”, finalista del Premio Planeta 2008. http://www.angelruizcediel.es/obras/destacados/lemniscata/

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