BLOG  /  Relato Breve   /  Ungido por el genio

Ungido por el genio Relato Breve

Pinta como los ángeles, pero su alma está atormentada. Tal vez conjura con los murales de las iglesias que ilustra, o con esos lienzos tan sublimes que glorifican personajes o pasajes bíblicos, a sus propios fantasmas o a sus propios temores. Siente emociones divinas e impulsos satánicos, como si su naturaleza se descoyuntara en el potro de la existencia sutil, siendo centro de batalla u objeto de deseo de lo más alto y lo más abyecto.

Es personaje célebre y principal, y no dejan de hacerle encargos para iluminar con su arte templos y palacios. No hay rincón de Europa que no alcance su prestigio. Ha tenido que ampliar el taller incorporando muchos, muchos artistas menores que dominan el bello arte y saben plasmar sus deseos conceptuales en angélicas pinceladas, vívidos colores, juegos de luces y sombras que le han proporcionado el reconocimiento que tiene en todo el orbe civilizado. Es un maestro de maestros.

Desde muy temprana edad admite en su taller a muchachos que tienen buenas maneras, como pupilos. Él los forma con su genio desde lo más rudimentario, enseñándolos a extraer de la naturaleza la magia de los colores, no confiando en otros, sino en su conocimiento. Luego, los adiestra en la técnica del dibujo y el pincel durante años, muchos años, hasta que consiguen que la mano se mueva con la ligereza de una pluma o una idea; más tarde, los ilustra en Geometría, Anatomía, Astronomía y un poco en esa sensualidad que los permitirá saber investir de pasión a lo que desean transmitir; y, por último, los permite realizar obras que él firmará como propias, si es que se lo merecen y son lo bastante buenas.

Es un maestro de maestros, bien se ve. Domina las artes y las ciencias no solamente oficiales, sino también las ancestrales, las secretas, porque pertenece a un gremio que milita en las sombras, procurando mover el mundo de sus cimientos actuales para sostenerlo sobre las dos columnas del Todo. Ha triangulado su conocimiento bebiendo de las fuentes más remotas, herméticas para los hombres ordinarios que no se han iniciado, llegando mucho más allá que otros adeptos que están en el Conocimiento. Es como si intuyera la esencia misma de la divinidad, o si esta le hubiera señalado con su dedo como su hijo predilecto, permitiéndole desvirgarla.

Sin embargo, hay cosas que nadie más que él conoce de sí; ni sus hermanos de las sombras ni sus discípulos de la luz. Hay cosas que esconde como un pecado. Todos ignoran qué encenaga su corazón; pero este guarda terribles secretos que lo atormentan porque son más fuertes que él, a los que toda su Ciencia y todo su Conocimiento no saben combatir. Es una compulsión atroz que tiene mucho de puerta al Paraíso y alcoba del Infierno. Cuando despierta ese monstruo interior, se le antoja que se apodera de sus sentidos y se muestra deseable, querible, manso, sin capacidad de producir otro efecto que placer y satisfacción; pero cuando saciado remite y regresa a la profundidad de su carne, escondiéndose en no sabe qué rincón del alma, todo son recriminaciones de conciencia, sentimiento de culpa, horror de sí. Y con arrepentidas lágrimas jura que jamás volverá a alimentarlo; pero cuando de nuevo abre sus ojos y se despereza, no le puede negar el sustento y enseguida se esmera en mitigar su necesidad.

Pasea por el enorme taller. Huele a pintura, a color, a genio, a arte. Afanados, los discípulos se inclinan sobre caballetes o mesadas procurando el prodigio de insuflar un aliento de vida a lo yerto. Siente cómo sus almas vuelan enardecidas por lo sublime, contagiadas por la divinidad; pero él, cada vez con mayor frecuencia, repara en otras geometrías que en las de los lienzos, en otras anatomías que en las de los personajes que brotan de las pinceladas, y, con la excusa de una corrección o un consejo, se aproxima y busca el contacto, el roce.

Ya ronda los sesenta, y su pasión se está haciendo cada vez más furibunda, más incontrolable. Todo comenzó entonces, hace ya muchos años, cuando su reputación principiaba a crecer. Él, su discípulo, era…, qué sabía, un efebo, un dios griego encarnado en adolescente ingenua carne e inocente geometría que le hablaba de paraísos perdidos y nunca hollados. Sin ser andrógino su semblante, era de una belleza crepuscular e indefinible, carnosos y besables sus labios, ojos grandes y redondos, ensortijado cabello con mechas de sol y de sombra… Le tomó como pupilo —de los primeros—, pero le utilizó de modelo de Juan Bautista, de Jesús Nazareno, de arcángel…; luego vinieron los desnudos cuando desnudos no precisaba, aunque sí contemplarlo tal como era, piel púber, compendio de formas y acentos…; y por fin, tras vencer ascos y reparos, vino la conjugación de sus esencias, el atezamiento de sus carnes en una carne única que abrasaba, estableciendo en el cielo el corazón de un infierno.

Lloró…, pero le amaba. O al menos eso creyó. Él, el discípulo, se mostró renuente al maestro y el maestro lo amenazó con la calle y descrédito, si no con la cárcel por hereje, y siguió cayendo por aquella pendiente que le satisfacía tanto como le llenaba de horror. Con él, la Gloria; sin él, el Averno. Amarle era…, qué sabía, amar al género, poseer todas las obras en carne y hueso. Y así fue durante algún tiempo, no mucho. Sobrevivió aquel afecto clandestino entre suaves ondas y eruptivos escollos. Se descuartizaba. Rezó, hizo penitencia, pero nunca logró saber si era amor o nada más que deseo. Necesidad, seguro que era. En su cuarto le tomó una vez, dos, cien. Se negaba a ver las lágrimas del discípulo, se mostraba renuente a escuchar su reluctancia, se negaba a sentir su disgusto y su desafecto. Mejor muñeco que no tenerle, y continuó poseyéndolo enfebrecidamente hasta que un día le halló en su propia alcoba colgado por el cuello en una viga.

Nadie podrá jamás inferir siquiera cuánto sufrió por aquello: nadie. El arte tiene un bemol de opresivo, de depresivo, de angustioso, porque se roza la eternidad; y la eternidad es mucho para una criatura finita, tal vez demasiado para soportarla. El arte le había matado, empujándole al desquicio. No; no le olvidó. Siempre hubo en los templos y los lienzos que pintaba un ángel o un dios con su eco. Lo creyó un amor malogrado a quien así rendía tributo.

Pasó el tiempo, y llegó otro muchacho que tenía mucho de aquel amor que se sofocó en el cuarto del maestro, y volvió el mentor a incendiarse de pasión, renaciendo afectos más bravíos que cuando el arrepentimiento y su voluntad le enclaustraron en el celibato. El monstruo que había engendrado con aquel primer afecto se desperezaba ahora largamente hambriento. Y volvió a la carne y a los besos, a desoír renuencias y a ignorar sus propios tormentos. Sin embargo, este amor con el tiempo fue haciéndose costumbre cual si comenzara a quererlo o si lo quisiera, y esto le produjo confusión, zozobra que le hacía trastabillar en el desaliento de una conciencia que le reprobaba, frenándolo, y un deseo que le empujaba cuesta abajo sin freno.

Alentado y desalentado, el apetito de su monstruo crecía, expandiéndose a muchos horizontes. Se manifestó ansioso con otros, con muchos, muchísimos, durante mucho, mucho tiempo. Hasta ahora. Ahora ya no niega su naturaleza, aunque lo atormente su compulsión cuando cede y su monstruo se retira satisfecho a su caverna. Sabe que despertará de nuevo luego o más tarde, y que de nuevo exigirá tributo; y no tendrá reparos en alimentarle, porque ya es amo y señor y le domina.

Se mira en el espejo, y ya no ve el maestro a aquel que fuera, el semblante luminoso de quien al mundo mostraba la belleza de su alma. La piel se ha arrugado y se ha hecho densa, propendiendo a la Tierra; sus manos ya no son capaces de imaginar las glorias del Cielo, la ternura de aquellas obras que estremecían, y debe delegárselas a los discípulos aventajados para que nadie advierta sobre el mural o la tela que su naturaleza ha viajado lejos, muy lejos de cuanto le hiciera memorable. Ahora es casi un anciano esclavo de su monstruo, que es decir de su deseo. La fiera que alberga asoma descarada entre los pliegues de su semblante, en su calvatrueno, en el adelgazamiento exagerado de sus labios, en sus dientes escasos y amarillos… Conquistada el alma, ha puesto sitio a la piel.

Una vez, cuando chico, un pintor le tomó como modelo de un Jesús Niño; allí se despertó su amor por el arte y lo persiguió hasta someterlo. Hoy, si tuviera que pintarse, comprende que habría de ser junto a ese mismo Jesús, ya hombre, pero tentándole sobre el abismo.

Calcula que la vida, en buena lógica, terminará pronto, y que entonces habrá de enfrentarse a un tribunal severo como esos que pinta en sus juicios finales. Cree que tal vez tenga como acusador a su monstruo, aunque le defenderá su arte, el genio que a media humanidad ha conmovido y la ha empujado a los brazos de su Dios; pero ignora quién vencerá, qué pesará más, si el amor, su genio o si la acusación de su deseo.

Tarde, tarde es para cambiar, y lo sabe. Se lo impone, se lo exige como un último acto de arrepentimiento que abarque toda una vida, pero cuando baja al taller y ve a los discípulos inclinados sobre los lienzos o los caballetes, queda absorto en su geometría y un rugido grave, rencoroso, incierto, le anuncia que su monstruo exige su alimento.

Esta narración breve pertenece a la obra “Lemniscata”, finalista del Premio Planeta 2008. http://www.angelruizcediel.es/obras/destacados/lemniscata/

Publica un comentario

PROTECCIÓN DE DATOS: De conformidad con lo dispuesto en las normativas vigentes en protección de datos personales, el Reglamento (UE) 2016/679 de 27 de abril de 2016 (GDPR) y la Ley Orgánica (ES) 15/1999 de 13 de diciembre (LOPD), le informamos que los datos personales y dirección de correo electrónico, recabados del propio interesado o de fuentes públicas, serán tratados bajo la responsabilidad de ÁNGEL RUIZ CEDIEL para el envío de comunicaciones sobre nuestros productos, y se conservarán mientras exista un interés mutuo para ello. Los datos no serán comunicados a terceros, salvo obligación legal. Le informamos que puede ejercer los derechos de acceso, rectificación, portabilidad y supresión de sus datos y los de limitación y oposición a su tratamiento enviando un mensaje al correo electrónico a la dirección: arc@angelruizcediel.es