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Luz del alma Relato Breve

«La vida es breve; pero la eternidad, cuando se está solo, queda demasiado lejos», piensa el compositor mientras sobre el pentagrama escribe las últimas notas que, como una emanación del alma, han ido configurando su sonata. Está triste, pero es un hombre dichoso. La vida se ha mostrado siempre complaciente con él, aun dentro de la modesta estrechez en la que vive: ha conocido el amor, el más grande amor al que puede aspirar un hombre, que es decir ha conocido a Dios.

En realidad, ha conocido a Dios muchas veces. Tuvo un vis à vis con Él cuando le presentaron a la que andando el tiempo sería su esposa, Dafne; y volvió a encontrarse con Él cada vez que nació cada uno de sus seis hijos, quienes le llenaron de tal gozo y de tal vida su hogar que siglos pasarán antes de que otro pueda contener tanto. Y, por si fuera poco, ahora Dios le ha regalado esa sonata, una inspiración excelsa que pareció descender hasta su violín por las manos de los ángeles.

¡Está tan rebosante su corazón!… Su dulce esposa murió hace ya algunos años. Cree que el buen Dios quiso llevársela consigo para enjoyar su Paraíso con la mujer más hermosa de cuantas creó, después de su Madre, claro. Sus hijos, por ahí están, por la vida: la mayor, Augusta, madre ya de cuatro hijos, fiel reflejo de quien la engendró, amorosa y dulce, vive no muy lejos, en Minsk, y cada tanto viene a visitarle, que es un poco como si Dafne regresara de la sepultura en carne y hueso; Leopold, es ya capitán de húsares y vive allá donde el Ejército le lleva, si es que no hay conflictos en estos tiempos tan revueltos; Mamfred, ya terminó el conservatorio y pronto dará su primer concierto en esa espléndida Viena donde vive y donde se ha desposado hace apenas dos meses con la bella Margerit; Lilit, va a tener ya su segundo hijo, sin duda tan hermoso como ella y como ese buen hombre que tiene por esposo, quien es uno de los mejores pintores de Praga y uno de los más afamados mecenas, y quien se está ocupando de formar y reformar el talento del menor, Karl, quien apunta buenas maneras; y su benjamina, Sarah, ha de andar por Egipto en su viaje de bodas. ¡Cuantísimo le costó entregarla en matrimonio!…; pero es ley de vida que los hijos vuelen y construyan su propio nido, dejando el paterno tan solo y tan vacío.

Sin embargo, a pesar de su soledad no se siente solo, no, en una casa tan grande. Tiene su música, y su música es para él tenerlo todo. A la grupa de sus notas se remonta al Paraíso con su amada Dafne, viaja a Minsk, se desplaza a los cuarteles de Ostrava, brujulea por Viena, deambula por Praga y aun le resta aliento para viajar hasta el Nilo y descansar su agotamiento sobre el milenario orgullo de las pirámides, mientras contempla paseando bajo los palmerales a su adorada niña tejiendo futuros perfectos con su esposo. ¡Es tan importante la música!…

Alguna vez ha llorado como ahora lo hace, pero no es de tristeza, sino de felicidad, porque ha recibido muchas, muchas bendiciones. Su corazón y su alma están en paz y nada anhela, a no ser morir pronto para reunirse con su amada, a quien en cada nota percibe, acaso sintiendo que nunca se fue del todo y que está ahí, vaporosa e invisible, inspirándole. ¡Cuánto la quiere, Dios mío!… Extraña el aroma de su piel y su cabello, el silencio de su sonrisa, las caricias de sus manos…, sus besos.

Se pone en pie y se va a la ventana. Cae el sol sobre los dorados tejados de Praga, restallando los últimos rayos en la humedad de la lluvia reciente. Pronto, muy pronto llegará el invierno, y durante algunos meses no saldrá apenas de su estudio, repartiendo su tiempo entre el violín y este ventanal que a intervalos se empaña con su aliento, sofocando su reflejo y envolviendo la ciudad en cierta hospitalaria e íntima bruma. El Cielo habita aquí al lado, es vecino de su melodía y su emoción; nada más que hay que saber habitarlo.

Pierde su vista en la distancia mientras la ciudad se sumerge en un azul profundo, y de lo oscuro comienzan a brotar lucecillas diminutas, como luciérnagas o como notas dispersas en el pentagrama de la vida que entonan la sinfonía del hogar antes del sueño. Desea que todos, todos sin excepción, sean felices, que el buen Dios los muestre la sublime belleza del amor… y que sepan ver dónde exactamente señala con su dedo. Es la mayor riqueza, el placer más intenso.

Está cansado. Tal vez sea que la felicidad agota cuando se derrama sobre muchos años. No ha sido una vida fácil, porque costó muchos esfuerzos y sinsabores salir adelante; demasiadas privaciones, compensadas con ardorosas esperanzas y cálidos besos; muchas horas, días, noches de componer, de ir y venir de audiencia en audiencia hasta que por fin se hizo un nombre y pudo su música llegar a aquellos para quienes estaba compuesta. Valses, minuetos y sonatas se sucedieron para abrir espacio a lo grande: oberturas memorables, arias que merecieron grandes aplausos…, uno o dos conciertos, en fin, que pusieron guinda a tanto denuedo. Pero mereció la pena.

Se sonríe porque sabe que no pasará a la Historia; pero es que a su ego no le importa. Ha pertenecido al orden gris de los hombres que construyen en silencio, desde cierto anonimato, acaso como una forma de proveerse de lo necesario para alimentar lo que verdaderamente los engrandece. Y a él, de toda la música, le importa un minueto que compuso para su Dafne cuando la conociera…, y esta sonata que hoy ha completado. Un hijo más, aunque este es especialmente querido.

Mira los artesonados del techo no fijando en ellos sus ojos, sino yendo más allá, mucho más allá, exactamente al más allá, como pidiéndole la venia a Dafne para interpretar la sonata que aun deambula por su alma.

—¿Os parece, amada mía? —le propone a la nada.

Y la nada ha debido responder que sí, porque se pone en pie, se acerca al violín, coloca sobre el atril la partitura y la abre por la primera página. «Ola de amor», la ha titulado. Se apoya el instrumento en la base del cuello y descarga sobre él la barbilla mientras con su brazo diestro blande el arco aproximándolo a las cuerdas. Cierra los ojos, inspira y, con espirituosa delicadeza, abre con una nota larga, tensa, entretanto los dedos de la mano izquierda pajarean en los alambres. Se estira la nota, desciende el arco y deriva en otra larga, suave, bucólica, que a su vez desemboca en otra y otra y otra, hasta que la melodía abruma el ambiente, llenándolo todo de plácida armonía.

El mundo, al otro lado de los cristales, parece que también vibra, que se ensalza o que se sublima, y hasta los escasos viandantes que a esas horas hay en la calle se detienen y escuchan. Diríase que los ángeles también lo hacen, porque hay un aroma dulzón en la atmósfera y no procede de la leña que arde en el trashoguero. Hay magia en la sala, polvo de ese Dios al que este hombre con tal fuerza admira y adora…, o quién sabe si el espíritu de aquella por quien se compuso. Sí, sí, ha de ser ella, porque levemente han ondeado los visillos sin que las puertas o ventanas estuvieran abiertas. Huele a rosas, huele a amor. Siente en su entorno, qué sabe, un aroma como aquel aroma almizclado, un silencio como aquel hóspito silencio, una caricia como aquellos arrumacos que se prodigaba con Dafne…, y un beso, alado, suave, etéreo.

Nadie, nadie podría jurar sobre sagrado que esa melodía tan excelsa haya podido ser compuesta por mano humana; demasiado bella para perecer y, lo que no perece, no pertenece a este mundo. La inspiración, por fuerza, le ha llegado del mismo Cielo. En la calle ya son más de cien personas las que escuchan conmovidas, no faltando quiénes han llegado a pedir a una carroza que se detuviera para no interferir la emocionante marejada de armonía que mana de aquella ventana en la que amarillea la luz temblona de un hogar. Muchos tienen los ojos cerrados, como si soñaran o se transportaran a no se sabe qué hermosos rincones de su alma o del universo, ni falta a quién se le ha derramado una lágrima, porque esa música es pájaro que aletea y se mete dentro, muy dentro, y allí hurga con el pico y acaricia con las alas.

¡Ojalá no terminara nunca!…; pero, por fin, con una nota igual de larga que al principio, la cual va sofocándose en una imposible lejanía, concluye la sonata. Tras un instante de silencio en el que el mundo todavía parece contener el aliento en un precario equilibrio, la ya multitud prorrumpe en emocionados aplausos y vítores, pidiendo con enfervorizados gritos que se asome el compositor a la ventana. Y de buena gana el buen hombre lo haría, si no fuera porque desde hacía ya largo rato se encontraba con Dafne en el Paraíso.

Esta narración breve pertenece a la obra “Lemniscata”, finalista del Premio Planeta 2008. http://www.angelruizcediel.es/obras/destacados/lemniscata/

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