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Tolle, lege: el Gran Secreto Relato Breve

Tanto el dios blanco como el negro siempre se han mostrado benevolentes con él. Ya se puede considerar un fiel guardián del Templo de Hiram, conocedor de buena parte de los secretos de Isis, aquellos que Moisés legó en el Tarot como veintidós lecciones magistrales: es el Guardián del Gran Secreto.

La logia, con su suelo ajedrezado, se ha vestido de gala y ha convocado a todos los hermanos de grado. Sobre los muros se han desplegado todos los iconos y emblemas de la Gran Ciencia, haciendo honor al nombramiento. Sobre el pantagrama, trazado en el suelo como un fino trabajo de taracea, está solo, como solo está en el Conocimiento y como solo ha recibido en su frente la estrella flamígera. Ya no hay marcha atrás. La vida ya solamente tiene un sentido. Nadie abandonó nunca, porque los hermanos no lo consentirían: publicarlo o divulgarlo es morir, y así se jura y así se acepta.

Después de los parabienes y de una sobria celebración, sale por fin. Libre y en la calle, percibe que el Gran Secreto le abruma, que le pesa como una losa. Desde que la vehemencia juvenil y las lecturas le condujeran por la mano de sus maestros a la logia, ha pasado mucho tiempo. Nunca sospechó que aquella hermosa filantropía que los maestres blandían y alentaban desembocara en esto que sabe y conoce. Treinta y dos grados, treinta y dos, y cada uno de ellos fue un paso firme hacia las tinieblas, aunque los primeros tuvieron la picardía de enmascararse de luz.

¡Cuánto estudio fue necesario! Apasionante, osado, transgresor, al principio se mostró como una aventura en el tiempo y en el no-espacio. Un estudio y un aprendizaje que solamente se podía compartir con los hermanos de grado o superiores, y siempre en el ámbito de la logia. Fuera, en el mundo de los gentiles, todo eran silencios, signos sin eco, identificaciones baldías; pero merecía la pena. Los grados elementales eran compatibles con el orden mundano, insuflaban luz en el alma… o parecía que lo hacían.

Pronto, todo comenzó a entenebrecerse. Los estudios alcanzaban otros estadios más sensibles. Nada es real: todo es mental. La magia no era un juego de masas, ni las cadenas magnéticas una suerte de abalorios. El mundo, el universo mismo, se desdoblaba entre lo conceptual y lo material, y aquello dominaba a esto, sometiéndolo. En la escalera de los treinta y tres peldaños, cada escalón que se ascendía era sumergirse en las sombras, como si se escalara a través de un espejo y las nubes fueran figuradas negruras sin fondo. La ley, la sociedad, todo, estaba sometido a una conspiración de ciegos e iluminados.

Un día tuvo miedo. Miedo de sí y de los demás, de los suyos. Desde entonces nunca dejó de tenerlo. Los mismos sucesos que el mundo presenciaba tenían otra lectura a sus ojos. Sabía leer en las declaraciones y en los hechos, y este Conocimiento comenzó a perturbar su sueño, a plantearse siquiera si la escalera por la que ascendía tenía solamente treinta y tres escalones o si después de ella había un segundo tramo con otros tantos. Ya nada era lo mismo. Cuando se divisa el final de la escalera, nada puede serlo, porque el mundo se contempla con demasiada perspectiva y se puede comprender cómo todo es movido por unas pocas manos desde la tramoya. La misma relación con los suyos, con su esposa adorada y sus hijos, se hizo densa, distante, antagónica, porque ya los órdenes comenzaban a separarse, aunque no podía manifestar la causa, porque sería traicionar a quienes juró lealtad por encima del orden establecido.

Desde su puesto de juez tuvo que auxiliar a los suyos en una Europa en ebullición que ansiaba la Segunda Revolución: la prevista Segunda Revolución. París, la Barca de Isis, era el centro de todas las ideas, la Ciudad de la Luz. Desde allí, precisamente, se irradiaría a todo el mundo, como la vez anterior: el fogonazo que deslumbraría la Tierra. La ley no importaba, no servía sino como artificio. A nadie le interesaban los gentiles: ¡había tantos!… No eran más que esclavos…, sin saberlo. Un día, no hace tanto, percibió que condenaba o declaraba inocentes a los encausados por afinidades, incluso por pareceres o apariencias. La magia de creer ver más allá de la materia, de saber leer en las arrugas de los semblantes o las marcas que el destino deja en ellas, el código hebreo, había suplantado ya a los mismos hechos. Percibió que era radicalmente opuesto a aquel joven que ingresó en la logia colmado de sueños para derivar en una suerte de nigromante que buscaba la escritura divina en signos aparentes, en una caligrafía que era del todo ajena a la humana.

Los hijos se fueron, abandonaron el hogar y, mientras camina hacia una casa prácticamente desierta, se siente paralelamente vacío o deshabitado. Es el Guardián del Gran Secreto. Debiera estar feliz, pero se sabe desdichado; tal vez el más desdichado de los hombres. Aquella a quien amó, ya apenas si es una extraña o una costumbre ajena. El Conocimiento que debiera haberle iluminado le fue sumergiendo en una soledad gélida, en desolación a manos llenas. Su Cocimiento se mostró definitivamente adverso para serle útil, para procurarle la más mínima dicha.

Una pareja camina a su lado secreteándose al oído mil picardías. Una vez fue así: tuvo vida. Ahora sabe que el Conocimiento enloquece, que cuando se penetra en ciertos círculos estos se cierran a su alrededor, conteniéndole, dejándole cautivo de su propio desvarío. Si todo es mental, el desquicio y la locura también son realidad. El dios blanco y el dios negro se ríen de él, entretienen con él y con otros como él sus eternidades solitarias.

Hay cientos de hombres con los que fue injusto solamente por leerles en la frente un aleph o un hei o un vav o un tet. Algunos, incluso, fueron ejecutados. No era la ley, sino su ley. Una ley de logia que le hizo declarar inocentes a quienes habían perpetrado los mayores daños, a quienes habían zancadilleado libertades y destinos, y a quienes conspiraban para iluminar un nuevo futuro promoviendo los contrarios. ¡Ah, la analogía de los contrarios, qué desvarío!…

Llega a su casa. Su esposa, ya anciana, borda junto al hogar. No necesita hacerlo, pero consume así su tiempo porque ya no precisa la vida. Hace mucho que murió, como esos pobres locos que hay en algunos sanatorios, a quienes sus almas los abandonaron, si es que alguna vez las tuvieron, dejando el cuerpo sobre el mundo en la ignorancia de que son cadáveres. Muchos hombres son así, nada más que carne animal, o tienen un espíritu muy elemental, aunque sin alma: lo dice su ley, su Conocimiento secreto. Son el pecio de un naufragio, un cascarón inútil y baldío.

Mira a su esposa y quiere ver en ella a aquella joven a quien se le encendían las mejillas cuando le murmuraba palabras de amor.

—¿Dónde morimos, que no logramos enterarnos? —le dice.

Ella, con una sonrisa de compromiso, ha levantado sus hermosos ojos, hoy empequeñecidos por la edad y la costura, y enseguida los ha devuelto a la tela a la que pertenecen, a la rosa que borda como una pasión desmayada o vencida, anclada en el lienzo de la vida. Ya no es ella, es un retal humano que nada dice ni proclama del Dios que le insuflara aquel aliento de vida que era su sonrisa adolescente. Ni siquiera sus ojos tienen ya aquella luz por la que escalaba su pasión hasta alcanzar las alturas de su corazón. Está muerta, pero no lo sabe. El mundo es un enorme cementerio de muertos animados, ciegos, torpes…

Se dirige a su despacho. Mira el lienzo de David que a sus espaldas esconde todos los misterios que durante una vida ha profesado, y se ríe. Abre la primera gaveta del escritorio y toma un revólver, algo antiguo ya, de su caja de duelos. Mientras mira al cuadro, desentrañando los símbolos como quien lee en una cartilla escolar lo que para los demás mortales serían enigmas irresolubles porque ignoran el lenguaje, carga dos balas en el tambor y escupe por el diente algunas palabras dolorosas.

—¿Dónde, Céline, nos perdimos? —vuelve a preguntarle a su esposa, ya de regreso junto a ella, con el revólver bien guardado en su bolsillo.

Ella deja caer sus manos en el seno, sobre el bastidor en el que borda. Le mira con unos ojos enormes, tristes e inexpresivos como un desolado descampado, y le dice un «En la vida» que cuaja su sangre en las venas. Pero se repone y le dice que la quiso con todo lo que era y ya no es, y que desea volver a hacerlo como nada en el mundo, y al punto, sacando el arma que guarda en el bolsillo, la pone sobre su frente, sobre el aleph que en ella hay dibujado, y dispara.

Ha recibido el beso fatal sin una mueca de rechazo, casi como una liberación, plegándose sobre sí cual si regresara a su posición fetal después de haber quedado un instante cara al cielo para exhalar su alma. La sangre, copiosa, cerca la rosa bordada como un grito silencioso sin espinas. Enseguida se extiende por su vestido azul celeste y gotea en el suelo, derramándose por la suntuosa alfombra de preciosas filigranas.

Sin dejar de mirar con singular pleitesía a aquella que fue su amor verdadero, levanta el arma a su sien, pero antes de apretar el gatillo nuevamente, baja los ojos al suelo y repara en que la sangre y los dibujos de la alfombra están conformando un grifo, una caligrafía que su Ciencia identifica enseguida, pero que no alcanza a descifrar. Se vuelve al cadáver de su esposa, levanta su cabeza y comienza a leer los caprichosos garabatos que ha ido trazando el divino fluido en su recorrido. Suelta su cabeza y, arrodillado, lee el vestido, las medias, los zapatos, la alfombra… Ahí está el Gran Secreto, publicado por fin, por fin manifestado, no sabe si por el dios blanco o por el dios negro. Entre las dos columnas de Hiram, más abajo del péndulo, mucho más abajo de la estrella flamígera, la magia del Conocimiento ha impreso su sello solamente para el que sabe leer; pero hay más, un mensaje personal que desde la eternidad de la vida le llega, con firma, con nombre, aunque no lo entiende bien.

Pero tampoco le permiten hacerlo, porque dos policías le retiran por la fuerza de la postración en que está leyendo sobre la alfombra. No importa, porque ve en ellos, en sus arrugas, en sus frentes, en sus manos, en las caprichosas y volubles figuras que dibujan sus sombras sobre el piso o el entelado de los muros, leyendas que le conciernen.

—No sabéis, no entendéis, no comprendéis lo que estáis haciendo. Leedlo, leedlo: los dos dioses al unísono han puesto ante vuestros ciegos ojos la verdad rigurosa del Gran Secreto.

Esta narración breve pertenece a la obra “Lemniscata”, finalista del Premio Planeta 2008. http://www.angelruizcediel.es/obras/destacados/lemniscata/

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