Aquelarre

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Apariencias y realidad, están librando una cruenta batalla. Como Alicia, estamos mirándonos en el espejo: la apariencia en este lado del espejo es pragmática, moderna, limpia, ordenada; pero la imagen que refleja el espejo, que es la realidad, es caótica, absurda, primitiva, ridícula.

Nunca ha habido a nivel social mayor cantidad de titulados superiores, ha habido más información o se ha tenido acceso al conocimiento de una manera tan popular como sencilla. Está al alcance de cualquiera la información que desee, e incluso no necesita disponer de una enorme biblioteca doméstica o acudir a la universidad. Gracias a san Google, toda la información —auténtica y falsa— la tenemos al alcance de los dedos en el teclado del ordenador o del móvil.

Sin embargo, curiosamente, nunca ha habido más ignorancia.

Parte de todo esto se lo debemos precisamente a ese santo invertido de san Google y sus adláteres —Facebook, YouTube, Instagram y demás redes sociales— en las que cualquier pelagatos puede convertirse en gurú de lo más absurdo (incluso pueden darte lecciones sobre cómo masturbarte), exponerse hasta el ridículo por arañar algunos «likes», e incluso impartir lecciones urbi et orbi de lo más desquiciado, en la seguridad que nunca faltará una buena cantidad de descerebrados que vendan su alma a estos satanes traperos asalta-esquinas, cuyo único propósito es tener alguna fama que los saque de su dolorosa nadería y extraerle algunos eurillos al respetable haciéndose tik-toquer, youtuber o pretendiendo convertirse en un absurdo influencer.

Y, entre esta enorme recua de santones, gurúes, sabios de pinpón, maestros de lo aberrante e ignorantes iluminados por las luces de los mandingas, están los hechiceros.

En realidad, nunca han faltado.

Tal vez, lo que ahora sucede es que son legión.

Diablos, en fin.

Brujas no hay, pero haberlas, haylas, dicen en Galicia desde tiempos inmemoriales, muy dados ellos a los conjuros, en broma o en serio, de una forma muy mayoritaria. Poco más o menos que lo sucede en Extremadura o en Andalucía, cada cual añadiendo su nota folclórica.

Tradiciones, que dirán algunos.

En las ciudades ha pegado tradicionalmente más la cosa esa del horóscopo, y la de la superstición es prácticamente universal. Hechicerías menores, si se quiere, venialidades, y tanto más en estos tiempos de agnósticos, ateos y descreídos en general, que tienen su fe puesta únicamente en el cumquibus, la pasta, la tela, el money, el parné. Por esta cuestión pecuniaria, además de por un poquitín de fama aunque sea como despelleja conejos, hasta los santos venden el alma, ya sea a través de la política, la música o lo que sea.

Si hay que pactar con Satán, se hace un contrato.

Si hay que pagar a un babalao o a un palero o a un santero, pues se le paga que los orishas le sean propicios. Bueno, los orishas, los diablos o quien sea.

Porque hoy se puede creer en cualquier cosa, que no pasa nada, excepto en el Dios los cristianos, Yavhé, Jehová o el mismo Cristo, porque eso no mola, eso está mal visto socialmente y es mejor hacer chistes de ellos o incluso reírse y vilipendiarlos.

Se puede creer en Satán, y hasta comprarse zapatillas de su marca, ver espectáculos satánicos con Lady Gaga o Madona de protagonistas, y hasta ser masón, que mola que te pasas.

Se puede pertenecer o simpatizar con la religión Yoruba, hacerte santo, ascender a babalao (obispo, o algo así) y hasta hacerte palero, y también mola.

Se puede ser musulmán, y atacar a los cristianos incluso hasta el degüello, y son respetados por ello porque molan mil.

Y se puede ser hechicero de cualquier credo, por anacrónico que sea, echador de cartas (tarotistas, los llaman ahora), adivino, e incluso algunos no tienen el menor empacho en llamarse a sí mismos brujos, que eso también mola mil.

Pero no lo que puedes ser, es cristiano.

Ser cristiano, es fascista (aunque el fascismo lo inventaron los socialistas).

Ser cristiano, es antiguo.

Ser cristiano, es peligroso.

Ser cristiano, no mola.

Por eso, tanto desde el Estado —especialmente— como desde los partidos —sobre todos los de izquierda y de centro, que son masones—, se le estigmatiza, se le ataca y se le desprestigia de una forma sistemática a través de sus medios.

He dicho cristiano, no católico.

El cristianismo es malo: considera el aborto un crimen, la eutanasia otro crimen, los intereses por dinero los tiene prohibidos, niega la adoración a cualquier cosa o espíritu que no sea a Yavhé, Cristo o el Espíritu Santo, niega el darwinismo, exige humildad, exige honradez, exige amar a los demás por encima de uno mismo, y nada de todo eso se puede consentir.

Dios, no es cómodo.

Dios, no es fácil.

Sin Dios se vive mejor, aunque sea en el sindios.

No; no se puede consentir a Dios en estos tiempos de nihilismo exacerbado en los que cada uno se considera dios a sí mismo, en los que casi todos consideran que han nacido para darse gusto al cuerpo y en los que no hay más pecado que el que le pille a uno la poli con las manos en bolsillos ajenos por más frío que haga.

No; cristianos, no, de ninguna manera.

Y, en fin, se le abre la puerta a todo lo demás: a los hechiceros.

Hoy, de una forma masiva, si alguien desea a alguien, en un pispás le hace un conjuro de amor, una atadura.

¡Joder!, sí, por increíble que parezca.

Hoy, hay más consultas de brujos y hechiceros —y tienen más feligresía que las iglesias—, que, por supuesto, de psiquiatras, aunque las necesiten urgentemente los primeros.

Hoy, si alguien rompe una relación de pareja que no funciona, hay casi la mitad de las posibilidades que la parte que se considera perjudicada acuda a un brujo o a un santero o cosa por el estilo, y le haga unos cuantos rituales de magia negra para lo que ellos llaman «cerrarle los caminos», si es que no para convertirlo en impotente, quebrar sus negocios, romper sus nuevas parejas e incluso producirle enfermedades e incluso la muerte.

¡Palabra!

Y lo hacen igual con muñecos de vudú que sin ellos.

E incluso, aprovechando la noche, es posible que lleguen al domicilio de la víctima y viertan en su puerta o en su jardín tierra de cementerio, a fin de que, al pisarla cuando entre, la meta en su casa y así quede maldita, si es no le hacen un muñequito con sus restos de uñas o sus cabellos (inclusive ungiéndolo con su semen), y lo entierrean bien liado con cadenas y atravesado con alfileres y otras maldades de parecido jaez, en el Cerro María Lionza, la Montaña de Sorte, en Yaracuy.

La magia negra, hoy, está a la orden del día.

Los orishas tienen más devotos que las Iglesias.

Los hechiceros tienen más audiencia que la televisión.

Rituales, ensalmos y prácticas mágicas de todo tipo, es lo más buscado en Internet.

Todo cuanto tiene que ver con magia negra, hechicería, conjuros, tarotistas, adivinos, profetas falsos (hasta los Simpson se han convertido en profetas y tienen millones de seguidores), es lo más ansiado por el descerebrado medio en estos tiempos que corren.

Entre lo que ya teníamos en casa y lo que nos ha llegado de regalo desde las cuatro esquinas del mundo con la cosa esta de la inmigración masiva y desordenada que han propiciado los masones a través de sus partidos políticos en los gobiernos, ya tenemos de todo, el elenco completo, desde brujos africanos de mucho candombe a religiones afro-caribes que juntan a Satán con san Patricio o a la Virgen María con la Santa Muerte.

De modo que si uno tiene una pareja de cualquiera de esos rincones, y, aún siendo del nuestro, practica la hechicería en cualesquiera de sus manifestaciones, debe pensárselo dos veces antes de separarse de ella, porque lo mismo se lo pone crudo y mueve a espíritus perversos, sacrifica animales (práctica muy extendida en España) para hacer conjuros contra él con su sangre, se alía con demonios, hace un muñequito de vudú y encarga a alguien que lo entierre en el Monte de Sorte, al tiempo que le encomiendan todo mal contra él a María Lionza, a Guaicaipuro y al Negro Felipe, y le hacen pasar las de Caín.

Y, si en vez de una, alguno tenido varias parejas de ese pelaje, es posible que no solo le hayan instalado programas espía en el ordenador y en el móvil para ver cómo le joden, sino que, conociéndose o no entre ellas, le monten un aquelarre a varias bandas en el que sumen fuerzas negativas para ponérselo todavía más crudo.

O no, claro, si es que ese alguno es de esos que ya no quedan muchos, y es cristiano.

Contra un cristiano que tiene fe, todo eso son gilipolleces.

Cosa de risa y de flipar porque enpleno siglo XXI haya gente así.

Ninguna magia funciona contra un cristiano. Él sabe que nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo” (Efesios 6:11–12), y sabe que está a salvo de todo eso porque nada ni nadie puede nada contra Dios.

Sin embargo, a pesar de los progresos aparentes de la sociedad, de la formación de los individuos y de todo eso a lo que me refería al principio de este artículo, sorprende que algo tan primitivo sea el pan nuestro de cada día y cuente con más devotos y seguidores que en cualquier otro momento de la historia.

Será que, como dice la ciencia, estamos perdiendo inteligencia por días.

En fin, es lo que hay.

Deberían hacérselo ver, sin embargo, porque de lo que se siembra se cosecha, y esta ley sí que es invulnerable. Quien lanza una maldad contra otro, con total seguridad le vendrá devuelta al ciento por uno.

Pero cada cual es libre, y hace con su libertad lo que quiere.

Lástima que algunas libertades tengan un precio tan alto: la mayoría de quienes practican estas aberraciones, no tendrán saldo suficiente para pagar la factura cuando se la pasen al cobro.

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