El Autor prodigioso

El escritor, escribe; el autor, crea. Un juego a ser un dios mínimo, pequeño, insignificante comparado con el Autor prodigioso. O, tal vez, una manera de aproximarse a Él y tratar de comprenderlo. Si se logra una aproximación, por mínima que sea, se entiende el sentido de la existencia, el bien y el mal, el gozo y el sufrimiento, el conflicto y la paz, y las consecuencias de los actos y las omisiones.

Después de todo, habitamos un universo-idea; un cosmos que no está en ninguna parte, que no está rodeado por nada ni por arriba ni por abajo, ni por un lado ni por el otro otro, y en el que incluso el mismo tiempo es también una idea útil solamente para completar la creación. Habitamos una idea en la mente divina, en la mente del Autor prodigioso.

O tal vez sea que la obra divina misma es un campo de pruebas para que los hombres demuestren su condición.

«Y Dios creó este laberinto para saber quiénes son buenos y quiénes son malos, ¿no es así?», le plantea el autor mínimo a su maestro. Y este le responde: «No, plumilla; Él ya lo sabe. Para que lo sepan los personajes, para que lo sepas tú».

Gastar lo más rico que tenemos, el tiempo, en leer e interiorizar lo que no nos enriquece, es tirar la vida misma a la basura.

Novela Drama, Prosa poética, Costumbrista
Formato15,24x22,86cm
Páginas302
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Rustica

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