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Hay quien cree en un Dios que lo hizo todo tal y como es, y hay quien no.

Por quienes no creen en Dios, no se puede hacer nada. Ellos piensan que lo que les han contado como verdad en la escuela, la universidad o incluso lo que leen o ven en las noticias o en documentales de la televisión, es la única verdad posible, la única verdad que existe. Piensan que surgimos en un universo infinito (que se expande aún, apoyándose en ninguna cosa) por pura casualidad; que, a partir del Big-bang, los cuarks por casualidad formaron partículas, que esas partículas por casualidad se unieron de forma precisa para formar átomos, que esos átomos se unieron de manera exacta por casualidad para formar moléculas, que esas moléculas se unieron por cientos de miles o por millones de una forma tan casual como precisa para formar compuestos orgánicos y que los compuestos orgánicos se unieron por casualidad de una forma perfectamente imposible para que la vida surgiera a partir de esto.

Del alga azul a los dinosaurios, de los dinosaurios a los homínidos y de los homínidos a nosotros: todo un alucinante viaje por la eternidad, por simple casualidad.

Esto creen.

Pero también estamos los que sí creemos en Dios. Y los que creemos en un Dios que lo hizo todo tal y como es, tal y como lo vemos, también creemos en las Escrituras, y estamos seguros de que estas refieren no solo la verdad de lo sucedido desde el punto de vista histórico, sino también desde el espiritual. Son, a la vez, un manifiesto histórico exacto de cuanto se ha verificado en el entorno que menciona, una guía de conducta y enseñanza de sabiduría infinita, un manual de vida para no perder la batalla del alma —de eso, precisamente, va la vida—, y un esbozo profético de cuanto resta por suceder, revelado a los pocos que permanecerán fieles en los momentos finales.

Nada hay en ellas de más o de menos.

Para los creyentes, todo en ellas es exacto, justo, perfecto.

Y lo es en todos sus extremos.

En Lucas 4.5-7, Satanás tienta a Jesús después de que este pasara orando cuarenta días en el desierto, tras los cuales, narra Lucas, «Y le llevó a un alto monte, y le mostró en un momento todos los reinos de la tierra. Y le dijo el diablo: “A ti te daré toda potestad y gloria de ellos, porque a mí me ha sido entregada, y a quien quiero se la doy. Si tú postrado me adorares, todos serán tuyos.”»

Esclarecedor, ¿no?

Para los no creyentes, esto no tiene más significado que un cuento o una fantasía; pero para los creyentes es capital lo que manifiesta. Dicho en palabras simples: es Satanás el que concede la riqueza y el poder, y nadie que él no consienta puede ostentar riqueza o poder alguno.

¡Joder, qué fuerte, ¿no?!

De modo, que así es la cosa: no puede haber ricos buenos ni poderosos buenos, sino adoradores de Satanás.

Así de sencillo, así de simple.

De ahí, quizás, aquello otro de que «por sus frutos los conoceréis.»

O, todavía, aquello de que «no se puede servir bien a dos señores al mismo tiempo», de manera que quien sirve a la materia o hace de ella el eje central de su vida —carne, posesiones, dinero—, no puede servir al espíritu.

O blanco, o negro: no hay grises, no hay tibieza posible.

Alégrate, pues, lector, si es que no te va muy allá, porque todavía estás a tiempo de pertenecer al equipo de los buenos: es un favor que Dios te hace.

Pero voy a lo que voy.

De ser verdad esto que he mencionado —y de eso no tengo la menor duda—, prácticamente todo cuanto nos han contado o hemos aprendido de medios oficiales, no es verdad. Después de todo, Satanás es el gran mentiroso, quien, incapaz de crear nada por su cuenta, por odio hacia Dios se complace en invertir su obra de todas las maneras posibles.

La media verdad, además de más digestible, es la peor de todas las mentiras.

Un genio, francamente.

Si Cristo fue crucificado en la cruz, el símbolo del diablo es la cruz invertida.

Si Dios estableció la familia, los secuaces del diablo se esfuerzan en destruirla.

Si Dios creó la vida, los partidarios del diablo favorecen el aborto y la eugenesia.

Si Dios creó al hombre y la mujer para que la vida se extendiera, los devotos del diablo promueven desde el poder las relaciones homosexuales.

Si Dios creó el sexo como la unión sagrada que permitía que el líquido seminal se derramara en la matriz para que prosperara una nueva vida, los súbditos del infierno favorecen desde el poder las relaciones anales, de modo que el líquido seminal, la semilla divina, se derrame sobre los excrementos.

Y así con todo.

Queda claro que vivimos tiempos de inversión de valores: nunca antes habían sido tan orquestadamente atacados desde el poder en todo el mundo.

El número de creyentes ha descendido a los niveles más bajos de la historia, y muchos de los pocos que se consideran que lo son porque van a las iglesias, tampoco lo son: es hipocresía. La inmensa mayoría de los hombres ha sucumbido a los placeres y la codicia, a la ciencia oficial, a la superstición y a la hechicería, al entretenimiento y al ocio, a la ostentación y al nihilismo.

El mal avanza porque ya no quedan buenos que lo impidan.

Sin embargo, por más que se normalice el mal, nunca será el bien.

Así está la cosa.

Satanás tiene una mente superbrillante. Ninguna mente humana puede comparársela. Y es él quien inventó el juego de los contrarios en todas y cada una de sus vertientes, a fin de que, quien no ponga el cuello en uno de sus lazos, lo ponga en el otro: ¿quieres pornografía?, aquí la tienes y gratis; ¿quieres ocio?, ahí está todo el que quieras; ¿quieres telenovelas?, pues tal cosa; ¿cine?, como este; ¿juegos?, como esos; ¿fútbol?, hasta que te hartes…; y así hasta el infinito.

Lo tendrás todo, lo que sea y como sea, con la condición de que lo adores, y lo adorarás si no adoras a Dios.

¿Recuerdas?: no se puede servir a dos señores al mismo tiempo, de modo que si no estás adorando a Dios, estás adorando al diablo.

Bueno, todo hace parecer que Satanás y los suyos son más divertidos y, desde luego, mucho menos austeros. Sin embargo, debe saberse que, por más que prometa, nunca cumple y que no conoce el significado de la fidelidad, ni siquiera con los suyos. No hay lealtad entre escorpiones.

Él va por libre.

Así las cosas, si alguien desenmascara al poder, ¿cómo responde este? Pues, como es natural, con su herramienta favorita: la mentira. La noticia enseguida será tachada de «fake», falsa, conspiracionismo, demencia o cosa por el estilo, a no ser que esté todo tan bien argumentado y documentado que el difusor de tal noticia tenga un fatal accidente. Como con El Padrino, vaya.

Decir que alguien es un conspiracionista o un conspiranoico, hoy, es igual a decir que está loco.

Así silencian a muchos, incluso a personas excelentemente formadas y con datos y pruebas incontestables. Sin embargo, la mayoría de ellos da un paso atrás y prefiere no enfrentarse al descrédito o al establishment.

Eligen, por pasiva, servir a ese señor.

¡Ah, la tibieza!

Pero seamos claros. Lo que vivimos, en realidad, es una batalla entre el Bien y el Mal que comenzó hace milenios, y en la que están en juego nuestras almas. La eternidad en uno de los bandos, como aquel que dice, y, en según cuál de ellos, no es especialmente cómoda.

Cada cual elige.

El punto en el que nos encontramos está cerca del final. Estamos viviendo la inversión, no ya de los valores morales o sociales —de ellos no queda casi ni el polvo—, sino de la propia materia.

La inversión ha alcanzado tal punto, que hoy es bueno lo que ayer fue malo, y viceversa.

Decía antes que Satanás es listo, muy listo, listísimo. No sería creíble si hiciera las cosas a lo bruto, de modo que es muy sutil. Si quiere pervertir a la sociedad, por ejemplo, lo hace no de una manera, sino de mil maneras distintas para que una, muchas o todas ellas den el resultado apetecido. Ha inventado, además, el buenismo (otra perversa media verdad). Usa, por ejemplo, la división de pareceres para enfrentar a los ciudadanos —esto le encanta—, crea disensiones sociales, produce inmigraciones masivas —de gentes que piensen de una manera completa extraña y disímil a la de los nacionales—, e inspira tantos y tan encontrados criterios que el caos que se origine sea tan fenomenal que nadie logre entenderse. Será capaz, incluso, de hacer que algunos o muchos ciudadanos de un país odien a su propio país, que los miembros de las familias se enfrenten entre sí por los más absurdos motivos o que las alternativas al aburrimiento de la rutina sean tantas que casi todos se pierdan en ese laberinto. Y cuando más ruido haya en el laberinto, mejor para él, porque los hombres no podrán pensar y caerán en sus brazos como fruta madura.

Es decir, que piensa como los autores, que escriben su obra desde el final hacia el principio. Primero, determinan cómo quieren que termine la obra y qué quieren decir con ella, y después la construyen para que tanto personajes como escenarios conduzcan precisamente a ese fin.

Dicho de otra manera: crea inestabilidad en los países de origen de los inmigrantes, por ejemplo, y luego mueve los hilos para empujarlos hacia el país de destino que quiere desestabilizar.

Y así con todo.

Lo de esta enfermedad infectocontagiosa aparente que nos asola no es casualidad. Que la enfermedad existe, es cierto; pero también lo es que no es natural y que es más que seguro que la hayan producido sus bio-adeptos. ¿Con qué fin? Obviamente para inmunizarnos, al menos teóricamente.

El ADN humano está formado por genes identificables por letras (solamente 4, como 4 son las letras que forman la palabra Dios en casi todas las lenguas de la tierra): la escritura divina, dicho con otras palabras. ¿De qué modo modificar esa escritura? Pues es fácil, si al menos se tiene un elemento que supuestamente inmuniza gracias a un genoma artificial que se inyecta en el cuerpo y que altera el genoma natural, el original, el divino, añadiendo un elemento extraño (maligno).

Además del grafeno que contiene, claro, el cual es un excelente radio-receptor de señales electromagnéticas. Como las 5G, por ejemplo.

El diablo no nos cuenta sus planes y objetivos, es obvio, y no podemos los mortales sino deducir, colegir a partir de indicios (discernir); pero, por ejemplo, si a la palabra "meth" (vida) le añadimos una e, queda la palabra "emeth" (muerte). Con esto del genoma artificial añadido con las inmunizaciones podría suceder un poco lo mismo, ¿por qué no? Sabemos por ciencia, por ejemplo, cómo esas dos palabras afectan a las formaciones de cristales de hielo, si en el frasco que contenía el agua previamente se escribió (basta con eso) cualquiera de esas palabras: si escribimos "vida", los cristales de hielo son bellos y armónicos; pero si escribimos "muerte", son horrendos. Los seres humanos somos básicamente un frasco que contiene mayoritariamente agua, de modo que no es difícil imaginar el resultado si esa escritura, "muerte", el genoma añadido, la llevamos permanentemente en nuestra sangre.

Pero ¿con una dosis de ese inmuno-elemento será suficiente como para alterar la escritura divina? Bueno, eso es lo de menos, porque, si es necesario prolongar la crisis sanitaria, se hace ola tras ola (ya vamos por la sexta), a fin de que todo el mundo reciba las dosis necesarias. Y, a quienes se resistan, crisis mayor y leyes ad hoc para que los díscolos entren por el aro.

Austria ya ha promulgado leyes en ese sentido.

Alemania lo hará pronto.

Detrás de ella, lo hará la UE.

Y, por último, todo el mundo.

Quienes se resistan —ya sucede en algunos países— no podrá comprar ni vender, ni siquiera entrar a un supermercado.

Quien no se inmunice con esa escritura torcida, pagará con su vida: ¡al tiempo!

Puede parecer algo difícil de creer ahora, cosa de negacionistas que se han vuelto locos; pero también lo era hace solo dos años que alguien pudiera encerrar a todo mundo en sus casas sin haber cometido delito, y ya ha sucedido como sucederá esto.

Algunos, podrán preguntarse: ¿puede haber alguien tan malo, no solo para concebir este plan, sino que cuente con secuaces lo bastante perversos como para llevarlo a cabo? La respuesta es: sí, por supuesto que lo hay. Y no son pocos los secuaces, sino una turba de ellos dispuestos a lo que sea por servir a su Señor, porque carecen de voluntad y ya se saben condenados.

Basta con tener algún conocimiento sobre el adenocromo. A quien no sepa sobre esto, le sugiero que se informe, porque ya incluso lo venden por Internet: es la droga de los multimillonarios y los poderosos. Una sustancia que se obtiene a partir de la adrenalina, cuando el individuo del que la extraen está sufriendo mucho; y cuanto más sufre este, de mayor calidad es la sustancia. El adenocromo más puro, el que más efecto hace y el más cotizado, como no puede ser de otro modo, es el de los niños.

Según los datos, más de 2100 niños menores de 17 años desaparecen cada día en los EEUU; el 15% de ellos nunca son encontrados. En España son más de mil casos anuales, de los cuales el 1% de media (según la Policía) nunca es recuperado. Naturalmente, esto, elevado a números mundiales, significa millones de niños que desaparecen cada año, y, sin necesidad de irnos al brutal 15% de los EEUU que nunca han sido recuperados, sino centrándonos en el modesto 1% de España y proyectándolo al total mundial, arroja la escalofriante cifra de centenas de miles de niños que desaparecen cada año con fines criminales, ya sea el tráfico sexual, ya sea el de órganos o ya el de la extracción de adenocromo para su comercialización y venta.

Escalofriante, ¿verdad?

Del sexo con menores por parte de los poderosos, ni hablemos. Basta con recordar a ese hombre que suicidaron en su celda, Jeffrey Epstein, quien tenía entre su distinguida clientela a lo más granado de los poderosos mundiales (ellos y ellas).

O del sexo infantil en plan turismo para ricos.

O de la pornografía infantil. Por cierto, en EEUU han anulado recientemente una ley del Congreso que había ilegalizado el sexo pedófilo aún por medios digitales (sin que sean personas, sino pretendidas animaciones 3D); bueno, pues ya es legal en todo el país.

Y no dejemos fuera la pornografía snuff (en la que la víctima es torturada hasta la muerte), cuyas películas se venden por decenas o centenas de miles de dólares. Más de 300 mujeres mueren al año por esta causa solo en Ciudad Juárez.

Y no olvidemos tampoco el tráfico de órganos, negocio donde los haya.

Y así hasta la náusea.

Si se producen guerras crudelísimas por mero interés económico o por producir el necesario pánico mundial que favorezca la coerción de libertades, y si se desestabilizan países por cuestiones de simple negocio, ¿qué importancia tiene para ellos unos cuántos millones de muertos? Hay superpoblación, después de todo, especialmente de ancianos, los cuales tienen un costo en pensiones y sanidad muy elevado y no son rentables. Además, nadie va a protestar: mueren de hambre o enfermedades simples más de 200 niños a la hora en todo el mundo (100 veces más que por COVID), y a nadie le importa un ardite o jamás se han hecho capañas mundiales para terminar con esta lacra.

La cuestión, al final, es cómo termina esto. La respuesta, obviamente, es el reinado del Anticristo, aunque a los escépticos o los ateos esto les resulte un tanto peliculero en plan Hollywood, que, por cierto, de madera santa no tiene nada.

De hecho, los escépticos y los ateos colaboran con su inacción, obediencia y silencio, lo sepan o lo ignoren.

Ya no quedan inocentes: sobra información.

La hora de tomar partido, ha llegado.

Los tibios son igual de culpables.

La sociedad a estas alturas ha sucumbido. Ha ganado el fútbol, la televisión, el entretenimiento, el poder, la carne: el diablo. Los hombres han perdido. Pero no es nada extraño o impredecible: estaba escrito. Y esto no ha hecho nada más que empezar: lo bueno, lo brutal, viene un poco más adelante.

Veremos cosas horribles, y los tibios no se estremecerán como no lo hacen en esos países en los que se han legalizado partidos pedófilos o no se han estremecido con ese pacto de sangre que es el aborto o ese otro pacto de sangre que es la eutanasia. Lo veremos, lo sufriremos y lo tendremos bien merecido, ya que el mal avanza porque los buenos no hacen nada por impedirlo.

Alea jacta es.

Cuando venga esa hora terrible —los musulmanes tienen una sura que se llama precisamente La Hora—, que el cielo reparta suerte; pero, ¡atención!, en eso no tiene nada que ver que te toque o no la lotería. Cada quien se juzgará a sí mismo según los frutos que ha producido.

No vinimos al mundo a disfrutar, sino a una guerra que, como se menciona en Efesios, no es contra carne ni contra sangre, sino contra espíritus de las regiones celestiales.

La ventaja para los tibios, en todo caso, es que en el futuro van a ahorrar un montón energía: el infierno ya está lo suficientemente calentito.

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