El Nuevo Orden: la marca de la bestia

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La otra —irreverente, pero verdadera— historia



Lo que te voy a referir en este artículo es profundamente perturbador, como lo es mi obra «La otra —irreverente, pero verdadera— historia»; pero merece la pena que lo leas completo. Pudiera ser que, cuando lo termines, tu forma de ver la realidad haya cambiado de una forma definitiva, además de que, lo creas o no, en buena medida tu futuro depende de ello.
No lo sé; pero es posible que creas que hemos llegado al punto de la historia en el que nos encontramos por casualidad, porque hemos hecho lo que hemos hecho y nos han salido las cosas como nos han salido. Si este es tu caso, debe parecerte que muy mal hemos tenido que hacerlo para que nos encontremos en el punto de no-retorno en el que estamos. Sin embargo, te pregunto: ¿de veras puedes creer que hemos avanzado hacia atrás?... No; no me refiero a la técnica o la tecnología, sino a que da la impresión de que nos hemos ido haciendo cada vez más estúpidos como seres humanos, a la vez que progresábamos en los demás campos de la Ciencia. Y esto no es muy creíble.
Oficialmente hemos llegado a las estrellas, combatimos con éxito las enfermedades más severas, desarrollamos la inteligencia artificial, tenemos tecnologías que nos permiten manipular genéticamente a cualquier ser vivo, fabricamos órganos por impresión 3-D, robotizamos las tareas más complejas y un sin fin de logros más; pero, al mismo tiempo, regresamos a lo más básico y primitivo: sexualmente, volvemos a las manías del australopiteco rudimentario (si es que no de los micos), como si acabáramos de descubrir o nos centráramos solo en el sexo, y, no teniendo bastante con esto, cualquier cosa (si es rarita, mejor) nos vale, siendo que a buena parte de la especie le ha dado por llamar por la puerta de atrás; musicalmente trepamos a las cumbres de Brams, Debussy, Mozart o tantos otros para ahora suicidarnos con la música techno (o lo que sea), el hip-hop (o lo que sea), el rap (o lo que sea), e incluso del reggaeton (o lo que sea); en la arquitectura, alcanzamos las cumbres sublimes del románico, gótico, barroco, neoclásico y otros estilos, para ahora precipitarnos por esta aberración de guggenheimes, falos-edificio o las barbaridades propias de dementes con muchos dineros que convierten las ciudades en auténticos despropósitos; en la pintura, ascendimos tanto y tan alto que no se comprende cómo puede denominarse siquiera con el mismo nombre a esto que invade los museos de arte contemporáneo, porque parecen el resultado de experimentos llevados a cabo con especies animales elementales, si es que no con centros de atención psiquiátrica; en la literatura, rozamos lo sublime del pensamiento y la expresión del lenguaje para arrojarnos por esta sima de consumo a secas que nos aprisiona entre obras del pelaje de Harry Potter o 50 sombras de Grey; y, en fin, hemos recibido el planeta más bello y hermoso en condominio y lo hemos convertido en un estercolero tóxico en unos pocos decenios, gracias a ese mal llamado progreso, aleado con una conducta reprobable por parte de todos. Y, todo esto, sin entrar en la Política, en la que parece que hemos perdido lo poco de inteligencia que teníamos para echarnos en los brazos de sistemas como la democracia, la cual prima lo vulgar sobre lo excelente (lo exquisito es la excepcionalidad de la naturaleza), e incluso va aún más allá con retoques locales en España con su Ley Don’t, gracias a la cual el voto de cien sabios no valen el de una persona sin formación; de modo que lo vulgar, lo absurdo y lo poco capaz es el resultado, proporcionándonos los dirigentes más estúpidos imaginables. ¿A quién puede elegir una masa poco cualificada sino a un individuo poco cualificado? El resultado, puede apreciarse en cualquier país democrático.
Por cierto, para no herir sensibilidades declaro que soy tan contrario a la democracia como a la dictadura, a la vez que, antes de criticar de una forma no-constructiva, ideé, propuse, escribí y publiqué una fórmula de organización social y de gobierno que, sin ser dictatorial, monárquica o democrática, aporta las ventajas de esos sistemas y añade planteamientos que mejoran la sociedad. La obra tiene por título «Constitución Deontocrática», y es, probablemente, la única escrita en este tenor desde que Thomas Moro escribió en el s. XVI su «Utopía».
Pero vayamos al meollo de la cuestión: nada de cuanto sucede es casual. Dicho de una forma rápida: todo cuanto ha sucedido y sucede, es pura y dura ingeniería social. Y no se trata solo de esta pandemia que ha trasformado para siempre nuestra forma de vivir: me refiero a todo, y todo es todo.
No; no me refiero a que un individuo como el ocupante actual de La Moncloa (Narciso) sea capaz de algo semejante, sino a que quienes han ido manipulando la sociedad para llegar exactamente adonde estamos cuentan con una inteligencia que está a eones de la común de un mortal.
Y aquí, precisamente, es donde entra «La otra —irreverente, pero verdadera— historia». Una novela que tiene más de crónica epistolar que de novela convencional, en la que trato de que veas por ti mismo la verdad: una conspiración tal, que los hombres siempre hemos sido una ganadería para los conspiradores; una conspiración que arranca miles de años atrás. De hecho, nada o casi nada de lo que damos por cierto, es verdad.
¿Una locura? Sin duda, y, precisamente eso es lo que ellos, los conspiradores, quieren que creas, usando artificios como los que Noam Chomsky expuso en su «Manual de la manipulación».
No pretendo convencerte, porque sé que eso no sirve de nada. No hago proselitismo de nada o trato de crear una corriente de algo. No vendo humo ni persigo ninguna fama. En todo caso, y por responsabilidad, deseo que descubras la verdad por ti mismo, si quieres. Cuando se trata de comprender un conjunto amplio, el problema para lograrlo suele ser una cuestión de perspectiva: tomar la distancia necesaria para apreciar la magnitud de lo que se contempla es necesario, porque, cuando se está sumergido en el problema, las dimensiones no se aprecian.
En cierta forma, para comprender qué nos dice la realidad, en esta obra me he limitado a exponer datos ordenados como si sean fichas de un puzle, considerando que esos datos son las noticias publicadas en diarios, radios o telediarios en un plazo de tiempo dado, que en este caso abarca desde el fin de la Guerra Civil a nuestros días (julio, 2021). Y nada más.
Bueno, sí: dos cosas. Una, que en los primeros capítulos propongo tres teorías de arranque para el nacimiento y organización de la humanidad en sociedades avanzadas: una, que es la oficial; y otras dos, que, siendo o pudiendo ser la misma contadas de distinta manera, es un tanto discrepante con la primera, pero la cual se sustenta en vestigios literarios, mitológicos y arqueológicos incontestables. Tú, siempre libre, puedes elegir que desees, y, para que esa teoría deje de serlo y se convierta en un postulado, solamente deberás confirmarla con los datos, los hechos.
¿Qué hechos? Ninguno más objetivo que los que han estado, estuvieron o están ante los ojos de todos y son verificables: las noticias. Nada de opiniones, credos o pareceres, sino duros y tozudos hechos: si ellos corroboran una teoría, esta se convierte en un postulado, en una certeza; de no hacerlo, la teoría es una alucinación. Y es por esto, precisamente, que he evitado recurrir a un pasado difícilmente comprobable, sino que lo he enmarcado en nuestro pasado reciente hasta anteayer: no solo quedan personas que han tenido conocimiento directo de esos hechos, sino que la mayoría de los lectores puede confrontar con su propia experiencia parte de lo que, al menos en los últimos capítulos, se menciona. Eso sí, estos últimos lectores, los más jóvenes, tienen el valor añadido de informarse de primera mano y de una forma divertida de cómo han sido el pasado que habitaron sus padres y abuelos: un conocimiento que les regalo porque se lo doy por escrito y sintetizado.
El otro elemento que añado y que no conviene dejar fuera de esta introducción es un esquema del plan general de los conspiradores. Un plan detallado de una forma muy esquemática en una tabla de datos. Esa tabla, que forma parte de la teoría por la que me inclino de las tres que mencioné antes, es en la que pongo en evidencia la realidad oculta o la elucubración que deseo compruebes por ti mismo.
Una aventura fascinante, en cualquier caso, que no te dejará indiferente. Lo menos que puedes obtener, si te atreves con semejante ladrillo, es cultura, conocimiento.
Una píldora para ir haciendo boca:
  • 1. El ARN (moléculas de gen artificial mensajero), fue puesto a punto y se pudo considerar operativo en 2018. Su objetivo: insertar ADN artificial (invasor) en el gen humano o, dicho de otra manera: alterar el gen humano, torcer la escritura divina.
  • 2. En 2014, dijo David Rockefeller en una cena con embajadores de la ONU: «Estamos al borde de una transformación global. Todo lo que necesitamos es una gran crisis y las naciones aceptarán el Nuevo Orden Mundial».
  • 3. En ese mismo año, en in informe del BCE, Cristina Lagarde, afirmaba: “Los ancianos viven demasiado y eso es un riesgo para la economía global. Tenemos que hacer algo, ¡y ya!”.
Ahora une esos tres elementos desde el último al primero, y, voilà, tienes todos los elementos que justifican la pandemia que ha suscitado una anormal alarma social y que, gracias al pánico insuflado por los medios (propiedad de los conspiradores) y a ordenanzas inconstitucionales, nos confinó en nuestras casas para que nuestros cerebros fueran lavados desde las televisiones 24 horas al día, a fin de que creyéramos como verdad en lo que nuestro entendimiento señalaba como mentira.
Una alarma injustificada. ¿Morían personas? Sí; pero casi todas ancianos y personas con cuadros de salud muy complejos; precisamente esos a los que se refería el dato número 3. ¿Estaban saturados los hospitales? Sí; pero porque en las décadas anteriores los gobiernos liquidaron prácticamente la Seguridad Social, convirtiéndola en inoperante. ¿El virus es natural? No. Ningún virus lo es. Todos los biólogos y virólogos están de acuerdo en que el virus es artificial, creado en laboratorio. ¿Se ha investigado quién lo fabricó? No. A nadie se le ha ocurrido tal cosa, sencillamente porque los conspiradores controlan a todos los gobiernos, así al del EEUU como al de China o sl de Rusia, y esto era parte del plan. Hitler asesinó en los campos de concentración a 6 millones de judíos; la pandemia ha asesinado a 9 millones hasta hora. ¿No debería hacerse un esfuerzo por averiguar quiénes son los asesinos y hacerles pagar por sus crímenes?
La cuestión es que, una vez encerrada la población y con los televisores como única ventana al mundo, el lavado de cerebro ha sido colectivo. La crisis que mencionaba en el punto número 2, ya está en marcha. Los números hablan por sí mismos, porque muchas más personas mueren de hambre (4 veces más), de cáncer (10 veces más), de problemas cardio-circulatorios (50 veces más) e incluso de suicidio (más del doble), y nunca se hizo nada por ninguno de esos grupos de riesgo.
Entonces, ¿todo eso para qué?
Ahí llegamos al punto número 1, el objetivo final: para que la población se vacune. Eso sí, no sabemos con qué producto genético que alterará el genoma humano y lo trasformará en no sabemos tampoco qué, pero que, viniendo de quien viene, bueno no lo va a ser, seguro.
Naturalmente, los medios y agencias de noticias fake dicen que ni el uno ni la otra dijeron lo que dijeron y que esos asertos son falsos. ¿Se puede esperar acaso otra cosa? No, porque esos medios y agencias de noticias fake son propiedad directa o indirecta de los conspiradores, y fueron creados precisamente con ese fin. Una medida de contra-contingencia. Conseguir que estos recursos de intoxicación y defensa tengan credibilidad social era fácil: basta con que ellos mismos creen bulos muy burdos para desmentirlos, y ya está; la población piensa que, si tienen razón en esto, la tienen en todo. Una básica manipulación, pero que funciona.
Ya te dije que, aunque tengamos presidentes estúpidos, te hablo en esta conspiración global de personajes muy, pero muy inteligentes. De hecho, su inteligencia no es de este mundo.
¡Ah!, y una cosita antes de despedirme por ahora: por un lado, en Europa ya son varios los países que han impuesto leyes para que quienes no estén vacunados no puedan entrar a una tienda o a un café o a un bar. Qué rarito, ¿no? Se parece mucho a ese versículo de Apocalipsis 13:17 «Y nadie podía comprar ni vender, si no el que tenía la marca o el nombre de la bestia o el número de su nombre». Si cambiamos lo del nombre de la bestia (bicho que mata o destruye) por COVID (que hace precisamente eso), pues, la verdad, da un poquitín de repeluco.
En cualquier caso, queda en evidencia que, como demuestra Noam Chomsky, usan la técnica de la Gradualidad: las cosas comienzan suaves para terminar en forma de dictadura. Nunca terminan los males donde comienzan.
Por otra parte, hace exactamente un mes el presidente Biden de EEUU dijo en una alocución televisiva que había dado órdenes de comenzar a construir centros de vacunación en el todo el país de tal modo y en tal número que habrá uno a menos de cinco kilómetros de cada ciudadano estadounidense. Eso sí, animaba al resto del mundo a imitarle, y ya sabemos lo eso presupone. Según ese señor, que debe saber lo suyo, será necesario que todo el mundo se vacune al menos una vez cada seis meses.
Todo un tratamiento genético, en fin, debe ser que para dé los resultados apetecidos, trasformándonos en no se sabe qué clase de monstruos o de esclavos, porque, para el que lo ignora, no importa qué marca de vacuna te pongas, todas son fabricadas por laboratorios que, directa o indirectamente, pertenecen a los mismos dueños.
Algo es claro: los estúpidos son más manejables que los inteligentes, y, desde luego, muchísimo más que quienes tienen credo, fe. Está bien lo de las cámaras, teléfonos móviles, ordenadores, GPS, tarjetas de crédito, drones y todo eso para controlarnos, pero parece más inteligente marcar a su ganado con algo que lleven inserto en sí, en su cuerpo y en su sangre, como una vacuna: control total 24 horas al día. Detectar aliados o enemigos será cosa de coser y cantar. De ahí el interés en la vacuna, ese por el que regalan coches, dinero, premios diversos…, o penalizan a los que no se la pongan no pudiendo viajar, comprar o vender, o siquiera sea entrar a un bar a tomarse un café. Y no parará ahí, sino que irá a más, y serán perseguidos, criminalizados y, con el tiempo, ejecutados.
Me desmentirán, desacreditarán a los mensajeros que descubran la verdad; pero no podréis decir que no estabais advertidos. En fin, en próximos vídeos seguiré comentando esta obra que deberías leer con mucha atención, porque en ella te presento los datos analizados con mucho humor y mucha ironía, pero dejando en evidencia que hemos sido conducidos como una manada, no solo para estar dónde y cómo quieren que estemos, sino de cuál es su objetivo final: asaltar los cielos.
Y cierro este vídeo con la introducción de la novela, un fragmento de «El paraíso perdido» de Milton, en el que Lucifer dice a los ángeles caídos:
«El mejor partido que nos queda es el de emplear nuestras fuerzas en un secreto designio: el de obtener por medio de la astucia y del artificio lo que la fuerza no ha alcanzado, a fin de que en adelante sepa por lo menos que un enemigo vencido por la fuerza solo es vencido a medias.»

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