Medios: los creadores de la realidad

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Si no se conoce o se ha experimentado personalmente algo, nuestra concepción sobre ello depende de la información de la que disponemos. Por ejemplo, si no hemos visitado personalmente Australia, sabemos que existe porque de ese modo lo hemos estudiado en la escuela, lo hemos visto en reportajes de televisión o lo hemos leído en cualquier clase de libro o enciclopedia.

Lo que una persona conoce personalmente o experimenta, es realmente poco respecto de lo que la realidad del mundo —y del orbe— contiene. Como consecuencia, casi todo lo que sabemos o creemos saber tiene una relación directa con la información que hemos recibido a través de formación académica, de lo que no cuentan los medios de difusión o de lo que por nosotros mismos nos hemos informado en medios —libros, televisiones, cine, etcétera— que, en todo caso, están en manos de unos pocos poderes.

Pero ¿y si esos medios nos han informado de que la realidad es de un modo determinado y no lo es?

El asunto, no es menor.

Los poderes, pequeños o grandes, saben que la opinión de los ciudadanos depende de la información que reciben porque no pueden conocerlo todo por sí mismos, y se sirven de la publicidad, conocedores de que el cerebro humano no es capaz de discernir la información verdadera de la información falsa, si es que esta no es contrastada como veraz o falsa por la propia experiencia del individuo. Pero juega también la fuerza de la voluntad de la persona, y, mediante ella, puede catalogar o no como «publicidad» la información interesada que recibe, apartándola de lo que considera real.

Sin embargo, el ansia de controlar las mentes —que es decir las voluntades— es muy importante para ciertos poderes o intereses, y suelen presentar como «noticias» o como «información» lo que no es sino realidades inventadas, falsedades. De lo que piensen los individuos depende en buena medida que gane uno u otro partido las elecciones, por ejemplo, o que puedan ser conducidos y manejados mediante pánicos falsos o emociones insertadas hacia los intereses que en cada caso convengan.

Un hecho presentado de una forma torticera varía definitivamente el sentido de la información veraz. Pongamos un caso: Rusia y EEUU juegan un partido de fútbol y gana EEUU por uno a cero. La prensa norteamericana puede publicar un titular de tipo «EEUU ha quedado campeón del torneo y Rusia ha quedado en último lugar», y sería cierto; y Rusia podría publicar en sus medios otro titular que dijera «Rusia ha quedado subcampeón en el torneo, y EEUU ha quedado en penúltimo lugar», y también sería cierto.

Pero, ¿es la verdad o son manipulaciones de la verdad, creaciones de realidades interesadas?

Si se pretende que los individuos se adhieran a una postura o tendencia, basta, como diría Goëbbels, con repetir mil veces una mentira fabricada para que todos la crean sin dudar como si fuera una verdad eterna. Sin embargo, por más que se repita millones de veces una falsedad o una manipulación, la verdad siempre será la verdad.

Con todo y con eso, las realidades inventadas funcionan.

Como dijo aquel sabio: «Es más fácil convencer a alguien de una mentira que sacarle de ella: esto último es casi imposible.»

Los medios, así, se han convertido en los magos de la verdad manipulada. Lo que ellos informan o dicen, es lo que consideran los individuos que es la verdad incuestionable. De aquí la importancia que los conceden los poderes, sean estos simples partidos políticos, empresas que quieren vender humo o poderes universales que desean controlar la voluntad y las libertades de los individuos como si fueran su ganado.

Cada partido tiene sus medios de difusión para esparcir a los cuatro vientos «sus» verdades.

Cada gobierno destina cientos o miles de millones para comprar incluso los medios que no son suyos mediante campañas publicitarias innecesarias para que se adhieran a su causa y publiquen maniqueamente sus falsos logros como esplendentes victorias.

Cada empresa —y cuanto más grande, más— dedica tanto capital como puede a los medios y campañas publicitarias para hacerse con la mente —la voluntad incondicional del consumidor— para que adquiera sus productos.

Las grandes corporaciones —la élite— compran sin cesar medios de difusión, editoriales, televisiones, radios y financian miles de programas de investigación científica de todo tipo en universidades o centros oficiales de investigación y desarrollo, además de sostener financieramente y crear miles de ONGs y Trust —grupos de presión social o política— para que proclamen, difundan o vendan como como verdades, noticias veraces o datos incontestables, hechos que son absolutamente cuestionables, si es que no directamente falsos.

En España, recientemente el Tribunal Constitucional ha declarado inconstitucionales o que han vulnerado la Constitución los dos Estados de Excepción mediante los cuales el Gobierno de España robó las libertades de todos los ciudadanos y los condenó sin haber cometido delito a un encarcelamiento domiciliario durante meses. Esto, en cifras, son 24.000 años de privación de libertad —secuestro legal— de los 48 millones de españoles.

Y, lo que es peor: durante estos dos años de pandemia dudosa —o no veraz—, se han producido 625000 suicidios en el mundo, o, lo que es lo mismo, un total, por ahora, de un millón doscientos cincuenta mil suicidios, gran parte de ellos favorecidos y alentados por un aislamiento injusto. Una cifra bárbara, frente a los supuestos tres millones de víctimas de COVID —nunca comprobadas porque no se han hecho autopsias en la inmensa mayoría de las defunciones—.

¿Alguien del Gobierno ha dimitido por estas barbaridades tan flagrantes?

¿Ha sido procesado de oficio algún presidente o sus ministros?

¿Podría considerarse a estos, delitos de lesa humanidad e incluso de genocidio?

La respuesta es: no importa; no le importa a nadie.

Aquí no ha pasado nada.

Los medios así lo difunden.

Ni siquiera esos voluntariosos policías de balcón han pedido disculpas por su devoción hacia una legalidad manipulada que, en realidad, era un delito enmascarado.

Y el mundo sigue rodando, ya se ve.

Ni siquiera hubo una mota significativa de rebeldía entre los miles de jueces o abogados, policías nacionales o municipales, guardias civiles, Ejército o partidos políticos, ONGs o movimientos ciudadanos, los cuales dicen y proclaman defender los derechos ciudadanos e individuales. Todos, sin excepción, obedecieron a quienes vendieron el pánico, de la misma forma que ahora se vacunan con algo tan experimental que ni siquiera está probado, fin último del terror que han vendido los medios en manos de esos poderes: vacunar con no se sabe qué a toda la población mundial.

Ahora, y en vista de que la impunidad es absoluta y de que lo que dicen los medios con sus verdades manipuladas es la única verdad posible, se atenta contra las libertades nuevamente imponiendo carnés o certificados de vacunación para permitir la libre circulación de los ciudadanos e impedir la de aquellos que, siendo libres a pesar de todos los pesares, se niegan a inyectarse una vacuna sobre la que no se sabe nada, excepto que altera el código genético del individuo y le incorpora en su sangre cantidades de grafeno que pueden ser utilizadas para, mediante radiaciones como la 5G que se está imponiendo en el mundo, controlar su voluntad y su mente.

Esta es la fuerza de la información.

Si es falsa, conduce a los individuos a abismos tenebrosos.

De todos modos, el que el individuo medio ignore cuál es plan o el objetivo final de élite con estos pánicos inventados y estas seguridades falsas que persiguen intereses espurios, no modifica en lo más mínimo el hecho de que los medios han mentido, manipulado o tergiversado la verdad, de tal modo que se han convertido en instrumentos de lavado de cerebro de masas. Retenidos en sus casas, secuestrados, y con la televisión día y noche esparciendo las mismas manipulaciones y/o mentiras.

Los poderes lo saben, y se han servido y se sirven de ello.

De hecho, ellos no son los servidores de los ciudadanos, sino los servidos.

Y pueden hacer lo que quieran como en la más atroz de las dictaduras, con la única diferencia de que maquillan como verdad lo que no son sino imposiciones dictatoriales.

Hay científicos que aseguran que la pandemia es cierta, y son personas de gran reputación y con sus excelentes títulos universitarios y sus másteres y todo eso; pero hay muchísmos más científicos que la niegan, y tienen las mismas titulaciones y másteres, solo que estos no tienen acceso a los medios.

En definitiva: los medios son los que crean la realidad.

Pero no es la realidad.

Es «la realidad» que les interesa a quienes les pagan para que la difundan.

Los periodistas, de una manera mayoritaria, se han convertido en unos seres anodinos con carácteres de showmen del entretenimiento al servicio del medio para el que trabajan, pudiendo adoptar cualquier ideología como si fuera propia.

Ya no quedan periodistas o investigadores objetivos: la espuria subjetividad, manda.

En este siguiente paso que estamos viviendo ya, la campaña de lavado de cerebros ahora se desarrolla contra los que no se han vacunado. Ya piden su confinamiento —secuestro—, y lo hacen con el aplauso general. Ni siquiera ha comprendido el ciudadano medio, el individuo, que le han estado engañando todo el tiempo en todo. Prefiere asumir el pánico que le insuflan los medios y actuar contra quienes quieren seguir siendo libres y mantener intacto su genoma —el código divino, el Verbo—.

¡Libertad para Barrabás!

¡Muerte a Cristo!

Una vez más.

Y así con todo.

Pero es solo un paso más, como digo. El siguiente, será encarcelar físicamente o eliminar a los no-vacunados.

No importa que en estos momentos parezca atroz: el guion ya está definido.

Y escrito desde lo antiguo.

Y todos terminarán aceptándolo como una solución a su pánico, porque así se lo venderán: la realidad inventada.

En fin, que a la vista de todas estas pruebas incontestables, con toda seguridad cuanto creemos sabemos no es cierto. Es más que probable que nos hayan engañado en todo, todo el tiempo.

Acabaremos viendo cómo, al final, va a resultar que ni hemos ido a la Luna y que la Tierra es plana.

Al tiempo.

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