Putos jubilatas

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Aún no se habían extinguido los faranduleros alirones del Naranjito, cuando en 1982 llegaron los socialistas como un elefante en una cacharrería y lo pusieron todo patas arriba. Incluido sus propios credos. Y la emprendieron con la desindustrialización de España, esforzándose con inusitado ahínco en destruir su tejido industrial y convertir al país en el antro de putas, camareros y limpiabotas que es ya in saecula saeculorum.

Estado del bienestar, lo llamaban. Y lo era, al menos para los que forraron el hígado. Para los demás, fue la dilapidación de todo un devenir histórico y el nacimiento de la indigencia laboral, moral y nacional como nunca se había visto.

Se desmontó España, su industria y su independencia en un tiempo récor, y, para destruir completamente la cohesión social de los trabajadores, se empuñaron con inusitado sadismo las «prejubilaciones». Todo un invento. Las empresas —especialmente las grandes—, acogiéndose a este atropello despedían a profesionales de más de 50 años, en la flor de su vida laboral e intelectual, y los sustituían por jovencitos imberbes que no sabían hacer la O con el culo de un vaso pero que cobraban la décima parte (o menos) y además ya estaban hechos al besaculos de sus señores amos. Los maduritos despedidos, así, cobraban una pasta de la empresa y les daban un desempleo que llegaba hasta la jubilación, de modo que jamás tendrían que volver a trabajar… porque esos dineros no los pagaban ni las empresas ni un ente fantasmal llamado Estado, sino todos y cada uno de los contribuyentes. Es decir, todos y cada uno de nosotros.

Así, estamos pagando jubilaciones doradas de miles de euros a personas que hoy llevan más de 25 o 30 años sin hacer nada de nada. Les interesaba a las empresas grandes, y les interesaba a los socialistas para destruir el tejido industrial español y doblegar a las masas trabajadoras.

Podría parecer una historia bonita todo eso de que una generación en la flor de sus capacidades ceda el paso a otra que viene con ganas de demostrar cosas; pero esta historia, como si fuera irlandesa, no tiene un final feliz.

No todos, pero sí gran parte de esos putos jubilatas, no se conformaron con quedarse en casita contando los dineritos obtenidos a trasmano por sus tramposas prejubilaciones, y se lo montaron para ganarse un «pellizquito adicional». La señá Matilde, su esposa, le ponía la cabeza como un tambor y ya no había esa chispa que abrasó en los solares de la juventud, estar junto a ella todo el día era una estampa desoladora y la idea de salir de casa a «trabajar», no solo le confería la falsa imagen de que aún era «necesario», sino que, al mismo tiempo, podía echar unas cañitas con los coleguis, montarse alguna escapadita a algún club o hacerse con un dinerito extra del que no tenía idea la seña Matilde para darse algún que otro «capricho».

Dicho y hecho. Y toda una legión de putos jubilatas, se dedicaron a montarse sociedades de subcontratas (con inmigrantes) con las mismas empresas para las que trabajaron, o productoras de radio o televisión que harán lo propio para sus antiguas cadenas, en las que aprovecharán sus contactos de muchos años y dejarán a los jóvenes sin trabajo o en unas condiciones de perentoriedad que les será prácticamente imposible la supervivencia, porque a los putos jubilatas les basta con un «extra» y las nuevas generaciones tienen que sobrevivir y granjearse un futuro.

Los putos jubilatas les robaron a las nuevas generaciones el futuro.

Cobraban su pensioncita, y además jodían a los de su propia profesión robándoles el trabajo y el dinero.

Y, ya puestos, otros putos jubilatas se pusieron a trabajar como «free lances» del comercio, exterminando profesiones como «vendedores», «comerciales» o «técnicos de márqutin-comercial». ¿Qué empresario iba a pagar un sueldo y una comisión digna a un trabajador joven y con futuro cuando un puto jubilata le hace el mismo trabajo gratis, o como mucho a cambio de sentirse vivo y tomarse una cañita con sus coleguis? Ninguno, claro. Y los comerciales antaño mimados por las empresas murieron, estableciéndose en su lugar la figura de la red de putos jubilatas-comerciales.

Los putos jubilatas les robaron a las nuevas generaciones el futuro.

Cobraban su pensioncita, y además jodían a los de su propia profesión robándoles el trabajo y el dinero.

Y así ha sucedido desde entonces, profesión a profesión, todas ellas envenenadas y corrompidas por una legión de inmigrantes que, con formación o sin ella, vienen dispuestos a hacer lo que sea por la décima parte de lo que sería indigno, y, a la vez, por otra legión de putos jubilatas que, en vez que irse a Benidorm a meterse en el agua hasta la rodilla y poner sus mantecas al sol, roban el trabajo y la dignidad de los jóvenes por unos centimillos extras que les hacen sentir vivos y les permiten tomarse una caña a espaldas de la señá Matilde.

¡Putos jubilatas!

Y además se jactan de ello. Sí, sí: se jactan. A quien quiere escucharlos (y, a los que no, también), les largan el rollo de qué pastazo se sacan quitándoles sus empleos a los jóvenes, porque estos «no saben» o son «gilipollas». Y lo hacen sin mirar siquiera a su interlocutor, mientras en la mesa de un bar de cuarta mastican con la boca abierta y con la desesperación de si será su última ración de patatas ali-oli de hedor ajo-chotuno, y echándose al coleto una birra de la cerveza más peleona (y barata).

Y, por si fuera poco, esciben. Tal y como lo cuento. Estas vieja glorias, cobardes durante la dictadura, culos agradecidos con sus jefes en sus exiguas vidas laborales y miserables predadores del futuro de sus propios hijos en sus ocasos, poniendo una guinda de miseria moral a lo dañino de sus existencias, van y lo cuentan en aberrantes escritos que intitulan, lo mismo en verso rimado-ado-ado-ado-ado como en prosa-osa-osa-osa, como «Mis memorias», cuando la única memoria que deseamos es la nos priva de su recuerdo. Pues así la cosa, van y las autoeditan con los dineros usurpados a las generaciones que cotizan y no cobran y a las que ellos han dejado en la indigencia laboral, y van por ahí queriéndolo colocar como si fuera el legado de Valle-Inclán, que de eso ni tiene sino el esperpento, pero que igual lo suben a Amazon, a Kobo y adonde sea (siempre que sea gratuito), esparciendo sus ominosas excrecencias por mundo-tierra, inficionando también el éter virtual.

En fin, jubilata, que cuando te pregunten cómo se jodió la cosa y degeneró hasta llegar al estercolero en el que estamos, no te molestes en mirar a tu alrededor: tú eres el responsable. Y el PSOE, claro.

¡Quédate en tu casa o vete a joder a Benidorm, puto jubilata, y deja de joder de una vez!

Pero, por el amor del cielo, ¿cómo no van a tener el pánico que tienen a morirse de coronavirus o de EEE o de lo que sea? El día que lo hagan y cuando tengan que rendir cuentas, a vér qué le dicen al Jefe, que a ese sí que no se le puede engañar. Van a saber entonces lo que vale un peine.

En fin, que entre moros y cristianos, estamos jodidos.

¡Qué vocación de hoyo 16 tenemos, che!

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