Ausencias

24 de enero de 2017, por Ángel Ruiz Cediel

Ausencias



Desde este solitario rincón es difícil sopesar cuántas veces se rompió el corazón por causa de los amores. En los estertores de la razón, el latido de la emoción se mide siempre en cicatrices, y muchos jirones de carne quedaron prendidos en las alambradas de otras almas y otros cuerpos, dejando en su lugar el dolor de un afecto desmallado que se enmascaró de recuerdo. A veces da la impresión de que se establece un vínculo irrompible entre quienes alguna vez se profesaron algún afecto, y el efecto más visible tal vez sea volver cada tanto a revivirlo, siquiera sea con geometría de añoranza. Una extraña danza en la que la cuestión es saber que recordar significa regresar al corazón y añoranza hacerlo al menos una vez por año, para sin engaño refugiarse con ellos en el rincón en que anida el silencio y repasar las páginas de la nostalgia de lo que pudo ser y no fue, no importa ya por qué o por qué no.

¿Qué fue de ti y de mí en todo este tiempo que ha transcurrido desde aquel entonces de arrullos y besos y promesas de amores eternos?... ¿Qué ángel nos hizo dueños de los sueños en un mañana con ventanas a idílicos paraísos, que de improviso nos expulsó de él con su espada de fuego y luego nos convirtió en rencorosos extraños?... Pasan los años, se suceden los días entre rutinarias cobardías y la edad con impiedad nos asalta con sus premuras de amuras vacías que enceguecidas se asoman a desiertos horizontes, arcontes resentidos de nuestro propio destino. Es el desatino, quizás, de no haber querido lo bastante, o tal vez el no haber considerado importante haber recibido el don de llenar el corazón con el prodigio, y entrar en litigio por lo absurdo o sinsentido, condenándonos a vivir sin percibir que estamos incompletos. Es un hecho que el cielo suele negar lo que no se puede sufragar siquiera sea con renuncias; lo que se anuncia con ello es que lo segundo, en este juego del mundo, nunca mereció premio, y me barrunto que algo tiene que ver el sacrificio, ese artificio que muchos se resisten a practicar porque ignoran que sacrificar es hacer sagrado lo que sin él sería indigno. Ya digo que no sé etiquetarlo con certezas porque el territorio del hombre es la incertidumbre; pero en esa lumbre comprendo que vamos yendo y venimos sin saber que lo hacemos, sino cuando ya hemos llegado adonde debíamos hacerlo... o cuando ya no tiene remedio lo perdido.

La vida es una corta avenida que baja de la cuna a la mortaja, y en su medio, el infierno del desamor o la improbable posibilidad de conquistar las alas de un amor que le permitan al corazón remontar el vuelo. ¡Pero es tan esquivo el amor, si el amor es verdadero! En momentos como éste, de silencio y soledad, tengo presente lo necio de que la edad sólo supo acumular fracasos y desdenes. Mis manos están vacías, apenas rotuladas por estas rayas del destino que se quebraron en mil esquinas de otros tantos amores resentidos; y mi corazón desierto, latiendo por costumbre tan lejos ya de la cumbre en que esplendieron los sentidos emocionados por tu nombre. O por muchos. Sin ser muy ducho, contemplo estos anaqueles cubiertos de recuerdos de seres fantasmales y entre todos los males adivino en ellos rezumos de emociones que se extinguieron como vaporosos cadáveres que regresaron al polvo del pretérito. No es nada inédito afirmar que quien llegué a amar permanece por siempre conmigo, aunque sea en esta especie de formol de la memoria que deriva en esta galería de seres etéreos que renunciaron a su geometría de carne y hueso y que contemplo y me contemplan desde un más allá que algo tiene de universo paralelo. ¿Te quise, me quisiste, nos quisimos?... ¿Qué importa ya, si ante la diferencia ninguno se atrevió a acortar distancias, sino que se esforzó con pertinacia en hacer más hondo el abismo?... Es lo mismo que siempre se repite como un eco cuando el amor no es, tal vez, el verdadero.

Por el mundo vamos y venimos, no sé si a algún destino o si sin rumbo, y en ese viaje estrafalario da la impresión de que nos unimos o separamos como partículas enloquecidas de una desconocida región de la Física, incapaces a veces de formar un átomo de amor que nos trascienda y modifique, enterrándonos en el caos de la termodinámica. ¿O hay acaso una desconocida fuerza rectora que decidida busca incansablemente el equilibrio de parearse lo masculino con lo femenino, estabilizándose sólo cuando alcanza formar algo parecido al andrógino primigenio?... Merecería el mayor premio resolver este acertijo, porque de ser cierto eso los sufrimientos del corazón no son sino una ilusión de eso otro que llamamos ego, la frustración de haber fracasado no por amor, sino por no encontrar el par en este juego vital de latir al unísono con el ser que nos completa y cumplir de este modo un papel que desconocemos. Tal vez sea prosaico pensar que este mosaico de seres detenidos en el tiempo del desamor no sea otra cosa que el itinerario de la andadura del corazón que afanosamente busca el único éxito que anhela con una lógica que no comprendemos, y que es el dolor del fiasco lo que, por falaz romanticismo, vestimos con las túnicas de la desolación, llamándolo amor cuando debiéramos decirlo intento fallido. El lenguaje técnico no parece el más apropiado para estos lances de la emoción desesperada, y lo poético se ajusta más y mejor a lo que siento o a lo que sentimos; pero si lo contemplo desde cierta perspectiva, a veces la vida misma ofrece la certeza de que si fuera tan importante ese amor en concreto ningún otro podría suplantarle, y sin embargo llega otro y lo suplanta, y se descubre el sol en un día nuevo festivo, y late el corazón de nuevo enamorado de otro amor.

Miro todos estos retratos, esta imposible galería de la memoria que he ido acumulando, y no me cuesta imaginar que también el mío posa altivo en otras galerías de amores desvanecidos, acaso con un parecido tufo a recuerdo de lo que pudo haber sido pero no fue. Pero es lo que es; unos y otras nos empeñamos en los fracasos y revestimos con pátinas emocionales los evanescentes ayeres de todos esos seres que entraron en nuestro corazón a golpe de lo que creímos amor cuando quizás amor no lo era. Acaso fuera otra cuestión más ordinaria o más sublime, quién sabe, como ésa de la Física de Partículas que decía antes, o tal vez una cuestión no del corazón sino del alma, esa sustancia tan vaporosa como el recuerdo o la memoria, que precisa la gloria de resolver sus cuitas del suelo y estabilizar sus emociones para liberarse de sus propias pasiones, que es decir conquistar unas alas poderosas, y poder alzar orgullosa el vuelo a ese cielo en el que estorban los asuntos de la carne. Al fin, lo grande se forma de lo pequeño, lo inmenso del amor de mínimos besos y el infinito universo de incontables vuelos.

¿Y si nos equivocamos y nos empeñamos en ver como amor lo que no fue más que una ocasión fallida, que es decir una probabilidad?... La verdad, suena bastante patético reducir un desgarro del corazón a una forma tan funcional; pero acaso sea por el vértigo de asumir que somos carne andamiada sobre hueso que vio en el beso un espejismo cuando se asomó al abismo de querer saber lo que era. Y lo que somos, tal vez, sea criaturas que a través de la aventura buscan su propio equilibrio como experimenta el niño sus habilidades con el juego. El juego del amor: quién sabe si éste es el secreto para apaciguar la carne que arde con el deseo y ser libres de conquistar el cielo. Tal vez, acaso, a lo mejor éste es el juego verdadero. Entonces, estos amarres al pasado, este llenar galerías de seres fantasmales que nos anclan a toda suerte de males tenga mucho sentido, porque en realidad es el ego quien por vanidad colecciona imágenes ligadas a emociones de todos sus fracasos, anclándonos en el miedo de la tierra, esa guerra a la que por derecho pertenece esa carne que huye de la libertad sublime de aspirar a lo más alto porque allí no puede defenderse. Tierra y cielo por fuera es el ámbito en el que crecemos porque no somos, alma y hueso, sino un reflejo de esa misma imagen.

Debe ser cierto, porque si esos amores que ahora me estremecen fueran tan verdaderos, ¿qué los hace permanecer en el fracaso continuado y disolverse en el olvido sólo cuando el amor que considero definitivo irrumpe en mi corazón, aunque el tiempo y su tesón terminen por declararlo también fallido?... Un día, tal vez si persisto en el empeño, alcanzaré el sueño de amar y ser amado sin las contemplaciones de la carne o los pánicos del alma, y ese día se desvanecerán los espectros de esta galería que conservo en este rincón de la memoria, quién sabe si sin dejar ni una mota de fracaso o de gloria, sino nada más que como polvo que el viento de nuevos besos arrastrarán al olvido definitivo. Me despediré entonces de todas vosotras sin decir adiós siquiera, porque como una quimera os deshará en la nada el saber mi alma que la calma se obtiene cuando se alcanza la meta de amar de veras, que infiero es el fuego de Prometeo que nos libera de las cadenas de la tierra y nos hace aspirantes del cielo. El pasado, cuando se le represa contranatural y contra la razón, suele pasar que tiende a corromperse y todo lo infecta con su hedor a descomposición, por más que se considere que son cuestiones del corazón.

Perdonadme la osadía, queridas, porque en este momento preciso de este día abra las ventanas de mi alma y os despida para siempre sin demasiado dolor y sin excesivo recelo por perderos; pero otras voces me reclaman en la vida y no puedo acudir a ellas con tanto peso. Un beso, y a la salida de esta galería de ilusiones desvanecidas en ninguna parte; con poco equipaje se viaja más ligero, y lo nuestro ya tuvo su oportunidad y la perdió. Hora es de otras singladuras, de bogar hacia otros puertos, y en este viaje los recuerdos son un peso muerto que impediría alzar cualquier vuelo. Que entre la nueva brisa de estas alas de libertad, que son esta decisión definitiva, en esta sala de amores detenidos en el tiempo y que se desvahe el corazón de los efluvios de los ayeres desvanecidos, para dejar espacio a los mañanas que aún no han venido y que no podrían cuajar con el debido esplendor entre tanto hedor a cadáver. Lo que se va, al fin, deja espacio a lo que llega. Id, idos y encontrad vuestra propia felicidad en otros cuerpos u otras almas, el amor en otros besos u otros labios, que sin agravio de vosotras me libero como de mí debéis liberaros para que todos vivamos con plenitud lo que la vida nos ofrezca. Por improbable que parezca, quién sabe, tal vez algún día en algún cielo nos encontremos y nos reconozcamos no como retales de lo que fuimos, sino como hermanos de lo eterno que una vez pudieron compartir amor, rencor y besos, y tal vez nos mostremos agradecimiento por lo que aprendimos unos de otros, sin recelo ni resentimiento. Sed libres, sed libres, amores míos, os libero, me libero.

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Sinopsis¿Y si Apolyon, el Rey del Abismo que se menciona en Apocalipsis 9:11, no fuera un demonio, tal y como sugieren algunos exegetas, o el mismísimo Jesucristo, como suponen otros?... ¿Y si Nibiru, el mítico planeta del que afirmaban los sumerios que procedían los dioses que nos crearon, realmente existiera?... De ser así, Apolyon bien podría ser un meteorito o un escombro espacial que acompañara a ese errante sistema planetario que nos vista cíclicamente, y el cual podría estar en rumbo de colisión con la Tierra en su próximo acercamiento. En Tal caso, todo lo referido en ese capítulo 9 del Apocalipsis tendría un sentido prácticamente literal.



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