Yak-42

13 de enero de 2017, por Ángel Ruiz Cediel

Yak 42, la paradoja de la patria



Nunca hubo una paradoja más acertada de qué es la patria para los políticos que la tragedia del Yak-42 que se estrelló en Trebisonda, Turquía, hace ya casi catorce años. No solamente el ministro el ministro responsable entonces, Federico Trillo, no fue sancionado y mucho menos inculpado siquiera en el proceso penal, sino que podría afirmarse que todo el Estado —en manos del PP— actuó al únísono como un hombre orquesta para dar carpetazo al asunto en el menor tiempo posible, así en lo judicial como en lo político, llegándose a «indultar» por el artículo 33 a los pocos condenados que hubo. Dicho en otras palabras: la patria pagó con humillaciones y bajezas las vidas de quienes la defendían. Esto es la patria: esto es España.

Fue una tragedia de unas dimensiones épicas, pero tremendamente ilustrativa para quienes no tienen empacho —e independencia suficiente— para ver con sus propios ojos y entender por sí mismos. Se les envía a unos hombres a defender los intereses de España, tras cumplir su misión en frentes de guerra en los que no se nos ha perdido nada como españoles se les mete en un avión en el que ni siquiera se hubiera enviado al ganado para su sacrificio, mueren en un accidente en Turquía que tras casi catorce años después continúa teniendo más puntos negros que la caja ídem, sus propios compañeros de armas —militares— se cagan en to’ al quitarse de encima de cualquier modo los cadáveres de sus excamaradas, no sólo con inefable desprecio y total carencia de respeto hacia sus otrora hermanos de armas, sino por añadidura ciscándose también en los sentimientos y emociones de las familias de éstas, y en un después de vergüenza, jueces, fiscales y políticos dan el espectáculo más bochornoso para que to' quede en na'. Al fin, el oficio de esos militares que habían cumplido fielmente con el deber al que se comprometieron para con su patria, era morir y murieron. Cumplieron con su misión de novios de la muerte, y ya se ve que se casaron con ella... para mayor gloria de los vivales. Esto es España, para el que no se enteró todavía, y éstos nuestros dignos políticos.

¿Se puede considerar que los generales y personal militar destacado a Trebisonda para identificar a los 62 cuerpos de los militares fallecidos en el accidente actuaron con la dejación y desprecio que lo hicieron motu propio?... La respuesta es, por supuesto que no. Eso no es nada creíble, sino que es más lógico presumir que seguían órdenes muy concretas. Tres piernas en el mismo ataúd…, restos de varios cadáveres en distintas bolsas dentro de otro…, botas de distintos números dentro de varios…, asignar el cuerpo de un soldado negro al nombre de otro blanco…, desaparición de joyas, carteras y otros enseres que los tucos juraron que estaban en los ataúdes…, declaraciones en los sumarios —inútiles— de los oficiales destacados a la identificación de que los generales encargados de las mismas «pasaron de todo» hasta el extremo de ni tomar notas siquiera…, y todo un listado de despropósitos que grita a coro que tenían instrucciones muy concretas y de lo más alto —«seguro que no os va a pasar nada y que se os van a agradecer vuestros servicios a la patria»— de que dieran carpetazo al asunto lo antes posible y sin levantar mucho polvo. Sin embargo, el polvo se levantó, y hasta Gallardón tuvo que recurrir al indulto para librar de la cárcel a los protegidos, presumiblemente porque había un compromiso que cumplir de ésos que llaman de Estado. Intereses de Estado, sin duda: de SU Estado. De ellos, del PP. Esto, ni más ni menos es la patria; esto, ni más ni menos, es España y olé.

Los militares encargados de las identificaciones volvieron a sus vidas como si nada hubiera sucedido —y hasta es posible que hayan ascendido todos para que queden sellados sus labios—, los jueces y fiscales es más que factible que hayan sido promocionados los anuentes y sumisos como que hayan sido muy perseguidos y castigados los díscolos o renuentes, y hasta el mismo ministro —acaso el portavoz de las instrucciones de dar carpetazo al asunto cuanto antes— fue con toda seguridad premiado, quién sabe si siendo su nombramiento como embajador en Londres parte de ese premio y otra parte su seguro regreso a la teta del Estado en el Consejo del ídem. Y digo que Federico Trillo fue probablemente el portavoz porque, qué quieren, como soy mal pensado tengo el pálpito de que todo esto es una chapuza en la que se ve el mismo corte que en lo que el Prestige, ya saben, que casi puedo escuchar el timbre y el siseo de lo de los «hilillos». Por cierto, un caso el del Prestige en mucho parecido a éste, en el que nunca pasó nada de nada a los responsables españoles —que los hubo y muy, muy culpables aunque ahora sean… lo que son—, y se cargaran todas las culpas en el maestro armero que pasaba por allí, que es decir en el capitán de la nave que se fue a pique. Fíjense si la cosa es idéntica y el modus operandi (del cerebrito que tuvo la idea) idéntico, que en lo del Yak-42 se culpó oficialmente…, ¿lo adivinan?..., efectivamente: a los pilotos bielorrusos que murieron. ¡Toma ya! Que se quejen, si es que están en descuerdo o que recurran mediante ouija por los cauces reglamentarios. Esto sería para partirse de risa, si es que no fuera tan trágico.

Claro, podría suponerse que con todo esto las autoridades de la patria ya se habían cachondeado bastante de sus propios soldados sacrificados por sus intereses espurios e incluso que ya se habían reído lo bastante no sólo de las familias de las víctimas sino también de la patria; pero se ve que no. Ahora, casi catorce años después, va la para mí siempre impresentable señora Cospedal —ahora convertida en ministra de Defensa, que el Cielo y Gila los coja confesados, por el arte del birlibirloque de los «hilillos» del PP—, y dice que el informe del Consejo de Estado tiene razón y que el Estado asume no sé qué gilipolleces, pretendiendo ahora algo así como querer, además, tener razón y que digamos que qué buena gente es y que le demos un aplauso general a ella que es buenoide, a Trillo que es un chico fetén, a los jueces y fiscales que liaron todo aquello para que no hubiera condenas y hasta que le permitamos sin quejas ni lamentos a ese mismo Trillo que regrese a su puesto en el Consejo de Estado, quién sabe para que no vuelva a admitir casos como los del Yak-42 diciendo ahora Diego donde se juró por lo más sagrado que digo. Esto sí que es tener un rostro completamente Portland, de hormigón armado del bueno.

Naturalmente, comparto el estupor general de la sociedad en la que vivo ante este tango del cachondeo con que nos regalan nuestras patrióticas autoridades; pero cuando mis semejantes me muestran su indignación, suelo decirles: «¿No los votasteis?..., pues a joderse, amigos. Quien hizo lo del Prestige, ¿qué esperabais?...» Aunque no es del todo cierto, porque en realidad lo que me gustaría decirles es: «¿No votáis? Pues a joderos.» No lo hago, claro, porque ya sé que es absurdo predicar en el desierto, o si no, díganme qué se puede esperar de personajes que se ponen a sí mismos el sueldo, se regalan viajes a todo lujo, se regalan gastos suntuarios impresentables, se asignan dietas de maharajás, se regalan jubilaciones de superlujo por 4 años de supuesto vegetar cuando los ciudadanos a los que supuestamente representan tienen que hacerlo durante casi 40 —y les queda una miseria—, tuercen lo derecho, legislan para los poderosos y las grandes compañías, nos cosen a impuestos para tener con qué trapichear y, como colmo, no solamente quien entra en política tiene resuelto su futuro a todo tren de por vida si es que no se hace rico, sino que además, si tuvo un puestecillo le van a colocar en la Banca o en cualquier de nuestras grandes compañías llevándose un pastón por seguir sin hacer nada, aunque con la boquitra cerrada, eso sí. Así paga la patria a unos y otros: a los bindundis y crédulos los entierra de cualquier manera, y a los vivales los ensalza a la riqueza por los servicios prestados. A los demás, a quienes nada más que supervivimos, solamente nos cosen a impuestos y nos tratan como esclavos. Ésta es la patria. ¡Viva España, y olé! Como dijo aquel juez: la ley en España está hecha para los gobernados. ¿Queda alguna duda de eso?... ¡Hay que joderse la que lió Eneas!
Cuando nos arengan con las cosas de la patria nuestros políticos, sea para morir por SU patria o para que nos apretemos el cinturón y asumamos nuestra condición de esclavos, si estuvieran los micrófonos abiertos, les podríamos escuchar decirse unos a otros: «Verás como pican estos pardillos.» Y muchos pican, seguro.

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