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Alas, por fin Relato Breve

El bombero le rogó que lo meditara una vez más, que era una locura suicidarse. Ángel giró la cabeza y le tendió una mirada blanda, casi compasiva; luego, bajó los ojos al mundo que se tendía al fondo del abismo y exhaló el aire de sus pulmones como concentrándose en su propósito. Sin embargo, no parecía haber en él incertidumbre ni contrición alguna, sino que daba la impresión de estar esperando el momento preciso para lanzarse al vacío, según sus muy bien elaborados planes.
Desde la cornisa se divisaba buena parte de la ciudad, fantasmagórica como un sueño: colosales montañas socavadas por una turba de insectos luminiscentes, serpientes de luces rojas y blancas que se arrastraban huidizas por las calles y rótulos vivos que parpadeaban con mil colores, prestando a la noche esquemas de delirios. Escalando desde lo profundo, desde allá donde los hombres apenas si eran puntos animados, llegaba un fragoso marmullo de cláxones y ruido de motores mezclados con un agudo estridor como de enjambre y el histérico ulular de las sirenas de los bomberos, ambulancias y policías, cuyas luces rojas, azules y amarillas centelleaban enloquecidas entre las blancas de los flashes de periodistas y curiosos.
—No lo hagas, Ángel —le dijo el general Martín—. Di qué es lo que quieres, y se te dará.
—Alas: quiero alas —respondió el suicida con voz amarga, como si acíbar fueran sus palabras.
El general miró visiblemente afectado a su ayudante, y confirmó con un gesto que algo no funcionaba bien en su cabeza. Ahora comprendía la desazón del señor ministro de Defensa, el cual estuvo conversando antes que él con el aspirante a suicida.
«¿Cuál es el problema?», le había preguntado el ministro, y Ángel se limitó a responderle crípticamente: «El cuerpo.» Y el ministro se marchó sin lograr entender que su mejor ingeniero sintiera su cuerpo como un tormento que le impedía consumar un sueño antiguo. Sin embargo, así era. Ángel experimentaba un rencor animal por su cuerpo, gordo ya, mezquinado por los años y abrasado durante tanto tiempo de estudios por la luz amortiguada de las bombillas.
Ya restaba poco para que amaneciera. A lo lejos, tras el valladar de edificios que ocultaba el horizonte, los primeros albores parecían saetas encarnadas que asestaban heridas mortales a las sombras. Aquellos amaneceres siempre le admiraron, sembrándole en el alma sublimes inquietudes; pero, más que las alboradas, le gustaban las aves que solían acompañarlas, aquellos seres felices que con el retorno del sol vaciaban los nidos y sembraban de trinos campos y calles. Desde muy niño, tal vez por causa de su nombre, siempre sintió una morbosa atracción hacia el vuelo, llenándosele la infancia de sueños de poderosas alas y frondosos aires, de gráciles piruetas y de una sensación que le llenaba el rostro del azul esplendoroso del cielo.
Así le nació la afición a la ornitología, sintiendo inefable regocijo con su ingobernable afán por llenar lienzos y más lienzos de primorosos azules y fantásticas aves. Aquello constituyó su obsesión primera, y le hizo libre. Y en aquellos remotos años, al mismo tiempo, le nació la pasión por los libros. Primero fueron —ya lo dije— libros para pintar pájaros y más pájaros, alas, plumas, batidas; luego, poco a poco y casi sin darse cuenta, fue dejando de observar los pájaros y se fijó en las máquinas que tan capaces eran de atravesar un océano como de encaramarse en un astro. Esto constituyó su obsesión segunda, y le hizo reo de su conocimiento. Una pasión fatal que le hizo hervir la sangre, olvidándose de que era un muchacho nada más y de que, si el estudio y la aplicación eran necesarios, también lo eran cierta cantidad de juegos, de relaciones con otros chicos y de descanso; pero sentía desagrado tanto por las diversiones como por las compañías, de la misma forma que le producían resquemor los desbarajustes que la adolescencia ejercía con su organismo cuando estaba frente a las muchachas. Así alcanzó no la adultez, sino la incompleta infancia, agrandándosele el cuerpo en la desolación de la ausencia de pasiones mortales, convirtiéndose en sesudo de intelecto y de alma estragada. Con los años se hizo ingeniero aeronáutico y por fin pudo poner alas a sus sueños diseñando aviones, desarrollando cohetes para que los hombres dejaran de estar clavados al suelo y pudieran atravesar cordilleras y océanos y trepar a las estrellas. Pero un día estalló la guerra y sus aviones se modificaron, de modo que asomaron bajo las inofensivas alas los tubos mortales de las ametralladoras, que engendraron en sus promisorios vientres letales misiles, y que los cohetes que pretendieron las estrellas se atiborraran de deletéreas cargas. Su sueño de paz y vuelo con la guerra se trasformó en una terrible pesadilla de la que escaparon los más terribles monstruos, los cuales despiadadamente cayeron sobre las ciudades sembrando muerte y devastación donde quiera que se extendiera la vida y la esperanza. Un día durmió y no soñó; aguardó un día más, y tampoco; otro, y nada. Durante las noches de insomnio, infinitas y obscuras como un túnel interminable, sintió sus diseños como perros voraces que devoraban sus carnes, las alas de sus aparatos como cuchillas que segaban sus miembros, y tuvo miedo; miedo del frío denso que se le hundía en el pecho, helándole los sueños. «Ya que no puedo dormir, podré trabajar», pensó. Y puso en planta nuevos proyectos; echó aldabas en el despacho, desconectó el teléfono y pasó incontable tiempo enfebrecido en el desarrollo de nuevos ingenios.
Cansado del esfuerzo, salió del despacho; estaba tronzado, con los huesos anquilosados y sintiendo una inconmensurable pesadez en sus párpados. En el aseo se refrescó la cara; aún con ella empapada, con las manos apoyadas en el lavabo, levantó pesadamente la cabeza y se contempló en el espejo: tenía sesenta años. Fue a casa a dormir, se tendió en el lecho, fatigado por treinta años de trabajo continuado, y se durmió. Pero ya no soñó con pájaros o con nubes, ni aún con perros voraces o con cuchillas que segaran sus miembros, sino con ciudades incendiadas, con selvas de llantos y de gritos y con que dentro del pecho no latía un corazón, sino un carámbano de hielo. En su cabeza, otrora llena de luz y de brisas, de pensamientos águilas y de nidos quietos, había solamente lugar para la catástrofe y el desperdicio. Se odió con la misma intensidad con que nunca había amado. Se unió a sus amigos generales y ministros en convenciones de armamento, disfrutando de muchachas y sumidos en un ir de acá para allá en constante fiesta de negocios. Aquella vida de hoteles y de países, siempre semejantes, siempre tristemente pobres, le deprimía; no podía soportar la soledad desde que dejó de soñar que volaba, ni podía calentar el flujo helado de su sangre en el sol abrasador del trópico. Siempre era la misma la disposición en aquellos hoteles: salas oblongas de las mismas dimensiones, con las mismas camas, con las mismas manchas sobre los muros, con las mismas lunas oxidadas sobre las cómodas y las mismas lámparas. Y siempre era el mismo el procedimiento: las mismas las intrigas, las mismas las comisiones, las mismas las rutinas. Supo que la muerte y la matanza encontraban su mejor acomodo en los paraísos.
Durante las vacaciones, en este verano que está terminando, conoció a Aurora. Él estaba sentado en el vestíbulo del hotel mirando por las vidrieras a los jardines. La silla hamacada en dos patas, en la mano izquierda un cigarrillo, un vaso de licor en la derecha. De pronto, sin saber por qué sintió el fuego de una mirada en su espalda. Tuvo miedo de volverse y enfrentar los ojos que le observaban, pero al fin se giró. Una muchacha pálida, como de veinte años, le contemplaba insolentemente.
—¿Qué hay en mí que tanto te interesa? —le dijo.
—Las barbas —dijo ella—: son tan blancas que parecen plumas.
Desde la misma cúspide del cerebro sintió que el eco de aquellas palabras se derramaba con la calidez de una caricia, la cual recorrió su espina dorsal en tremendo escalofrío; sus sienes latieron con violencia y sus ojos rodaron presos de un vértigo indescriptible. Plumas: ¡había hablado de plumas! Apenas si ya recordaba tales términos.
La muchacha tomó un cigarrillo del bolso, se puso en pie, atravesó los cuatro metros que les separaban con una calma dolorosa, tomó asiento junto a Ángel y le pidió fuego mientras se ponía entre el carmín de los labios el pitillo y clavaba lánguidamente una dulce mirada en el rostro quemado del anciano. La llama se cimbreó crepitante en los ojos profundos de Aurora, y tras de ella, más al fondo, su propio gesto conturbado. Era una muchacha hermosa, muy hermosa. Su rostro era una luna, un volcán en erupción su boca, sus manos palomas y su voz música de aguas subterráneas. Ángel, atolondrado y sanguíneo, supo que le hacía suyo un rubor que tenía aroma de una adolescencia extraviada.
—¿Qué quieres? —le dijo con disimulado desasosiego.
—Oh…, no, nada. Hablar, escuchar, ¡qué sé yo!
Ángel volvió a rodar sus ojos a las vidrieras sin lograr despegarse su mirada espesa. Le pareció que aquellos ojos podían penetrarle hasta el nidal de sus sueños y desbaratarlos una palabra; pero ella no añadió nada. Ambos escucharon en silencio, a través del infernal tránsito de huéspedes, el gemido del viento en las ramas de los sauces del jardín y percibieron el aroma frondoso de la hierba verde. Sentía atracción y repulsión por ella, como por un pecado. Llegada la noche ambos se condujeron al cuarto y ella desnudó sus carnes de manteca y se tendió en el lecho, en tanto él se encerró en el aseo. Echó su rostro al espejo y el espejo le devolvió el semblante manso de un patriarca, cabello y barba encanecidas como si fueran blancas plumas; pero en aquella faz, quemada por las bombillas del despacho, había una expresión diferente de la cotidiana, tal vez algo angustiada o, al menos, desconocida. Volvió junto a Aurora y se tendió a su lado en la cama. Abrazándola con ternura, de esa manera que le constaba que era nueva para él, mientras ambos contemplaban la luna que había sobre la cómoda, se liberó de sí mismo y puso sobre el silencio su rencor por su cuerpo al tiempo que la amaba con la ternura de un muchacho echado a perder en el pecado de la ciencia. Aurora se durmió con la cabeza reclinada contra el pecho de Ángel. Por la mañana, cuando ella abrió sus ojos negros como carbones, descubrió a Ángel sentado en la butaca, en equilibrio sobre dos patas, a los pies de la cama.
—Debieras huir ahora que puedes —le dijo Ángel con un tono que era residuo de ternura.
—¿Sabes…?
—Sí, sé muy bien para quién trabajas. Tú hazme caso: abandona.
—No sabría cómo hacerlo —le replicó, aceptando un destino del que bien sabía que no podía librarse.
No dijo nada más. Se vistió ante su mirada segura, inflexible y, sin embargo, tierna.
—¿Estuviste mirándome toda la noche? —le preguntó.
—Todo mi día —respondió él, jugando con las palabras.
—¿Y qué querías saber? —curioseó.
—Si podría echar plumas —confesó crípticamente.
Terminó de vestirse. Ángel le ayudó a enfundarse la chaqueta y la contempló estoicamente mientras se desenredaba el largo cabello, sonriendo a la imagen de la luna. Ya iba a salir del cuarto cuando, girándose sobre los talones, le enfrentó, y le dijo:
—Únicamente una cosa más: ¿lloraste?
—No —mintió Ángel—. Las lágrimas solamente pueden brotar de una pureza que extravié hace mucho tiempo en un despacho.
Y se fue. Ángel quedó solo en el cuarto, tal vez pensando que, efectivamente, había llorado por sí mismo. Volvieron a encontrarse en el vestíbulo del hotel, frente a las vidrieras que daban al jardín, mientras él contemplaba la suave danza de los sauces al tiempo que hacía equilibrios con la silla en dos patas. Entonces ella tomaba asiento a su lado y permanecía en silencio. Les fumaban los cigarrillos, les bebía el licor y les consumía el tiempo los cuerpos, en tanto ellos dejaban allá tendidos sus miembros y se perdían por el infinito corredor de sus anhelos incomprensibles. Por la noche, cada día, se iban al cuarto, se tendían desnudos sobre el lecho, enfrentaban sus humanidades con el esplendor vencido de pájaros muertos y el triunfo espléndido de muertos redivivos, y se amaban con furiosa mansedumbre entre el fragor de sus alientos enardecidos que derivaba en suave brisa, el rumor de lágrimas que constituían diminutos océanos y la blandura de unas caricias lentificadas como el más apacible batir de alas. Las carnes de cobre y las de mirra formaban entonces una carne única y ambarina, como uno era el sueño y uno el regocijo. El cuarto en penumbra mudaba las manchas de los muros, la luna que había sobre la cómoda pintaba espaldas y besos inversos y la lámpara del techo se vertía sobre ellos suave e íntima. Fue un verano con instinto de muchas primaveras; un sol de veinte años había calentado el hielo y la ceniza de las venas de Ángel, tornándolos sangre fresca, recordando ideas que hubieron de ser deseos un día y derribando con su plenitud los valladares que presidiaban sus anhelos dormidos bajo las bombillas. Ella…, ¡quién sabía qué pensaba ella! Se dejaba querer y quería haciendo alboroto en el silencio con sus ojos, tumulto en la sangre y sublevación en el corazón del anciano con aquellas caricias que, como ella, mucho tenían de limón y de terrorista.
Ambos sabían que la inteligencia militar de al menos dos países les seguían los pasos; pero no les importaba. Difícilmente podrían alcanzarles, pues eran insectos que habían puesto en defensa sus antenas solamente con estar solos. No salían del hotel para nada. Por la mañana bajaban al vestíbulo, tomaban asiento ante las vidrieras que daban al jardín y guardaban un silencio que consumía cigarrillos entre los dedos y agitaba las ramas de los sauces sobre la hierba verde.
—¿Cómo se vuela? —le preguntó ella un día.
—Con el alma —le dijo él, riendo como si fuera el jicarazo más ocurrente del mundo.
Aquella fue la última vez que se vieron. Ángel la esperó el día siguiente y el otro y el otro; pero Aurora no volvió más. Tuvo que hablar solo por la noche a su maldita soledad, mientras su cuerpo desnudo buscaba el cuerpo desnudo de aquella mujer de manteca, las manchas regresaban fatales a sus lugares en los muros y la luna del espejo reflejaba una espalda sin besos. La sangre volvió a disolverse en cenizas y en hielo, tornándose su carne más mirra y más yesca, hasta que un día, harto ya de todo, hizo cálculos, sopesó probabilidades, remarcó el valor absoluto del impacto y tomó asiento en la cornisa.
Ahora había dos cosas bien evidentes: o se entregaba vivo, en cuyo caso sería puesto en un lugar bien seguro donde los secretos seguirían siéndolo, o si no se lanzaba al abismo, una mano anónima lo ayudaría. Había quién vigilaba que así sucediera.
Prendió un cigarrillo, y aspiró con impaciencia el humo áspero, grosero. Bien sabía que no podía vivir ya con ese infernal frío corriéndole por las venas, porque sería añadir una cadena a la prisión que era su cuerpo. El sol lanzó su fulgor primero sobre sus ojos cansados, enviándole desde lo infinito una andanada de luz incandescente y convirtiendo en vaho el cristal del aliento. «Es el momento», se dijo. Se desprendió de los labios aquel cigarrillo de humo áspero, y se arrojó al piélago del vacío.
El asfalto ascendió vertiginoso para estrellarle, haciendo harina sus huesos. Sin embargo, mientras el edificio ascendía y la luz y el sol fueron entibiando su cuerpo, se encontró de nuevo con aquella sensación gozosa olvidada en la infancia y sintió que su sangre volvía a fluir por sus venas con el mismo ímpetu que experimentó con Aurora. La resistencia del aire desgajó su ropa y tiró impetuoso de su cabellos y sus barbas, y como velamen que se izara y trepidara al viento, fue extendiéndose por el cuello, el pecho, el vientre y los miembros, convirtiéndose todo él en un vellón que irradiaba manso fulgor diamantino. Entonces, cuando el asfalto amenazó con estrellarle contra sus sueños suspendidos de la infancia, extendió Ángel sus brazos y voló. Policías, bomberos y multitud le vieron hacer una pirueta que derivó su derrota en ascendente, y le contemplaron elevarse sobre las copas de los árboles mientras trisaba: «Aurora está en los sauces!»
Batió sus brazos y se remontó hasta lo alto. Abajo se extendía el hongo letal urbano, manchando el círculo horizontal del mundo, y allá, a lo lejos, pudo columbrar las cimas nevadas de la sierra. El sol tendía su arco encarnado sobre la cuerda tensa de las cumbres, lanzando flechas de luz dorada desde el océano. Un viento ábrego arrastró las soberbias montañas socavadas de la ciudad como hojarasca y trajo hierba verde y ríos claros, profundos valles y árboles gigantes. Como en juegos de golondrina, ya picando sobre el suelo hasta casi tocar la breña, ya elevándose hasta hacerse luz y nube, Ángel quiso ganar la puerta blanca de las cimas nevadas e instalar allí un nido desde donde contemplar el universo. Mas al remontar victorioso la última cárcava, allá donde los cuervos anidaban, dos cazas, de aquellos mismos que él había proyectado, le conminaron a descender al suelo y rendir sus sueños sin condiciones. Ángel se negó en redondo y aleteó con mayor fuerza intentando alcanzar las montañas. Entonces los cazas mostraron la fría mortandad que escondían en sus alas y en sus vientres, y Ángel, herido de muerte, aleteó en el aire desesperado y abrió sus brazos para incrementar la sustentación; pero trazó un rizo letal que le hizo entrar en pérdida y cayó abatido a los pies de los primeros árboles del bosque. Y entre los dislates que produce la inmediata proximidad de la muerte, mientras los cazas rompían soberbiamente la barrera del sonido, creyó ver dos pájaros que le contemplaban desde la copa de un sauce.

Este cuento pertenece a la obra “Dimensiones I”

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