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Germen de Dios, semilla del diablo (cuento) Relato Breve

Leed el cuento que una tarde me contó la Abuela:
«Dios estaba tan solo al principio y le sobraba tantísimo amor que, no teniendo a quién dárselo, creó a los hombres. Fueron estos unos seres muy, pero que muy hermosos y meditados. Sin embargo, el diablo, quien todavía era su ángel predilecto y hasta entonces había podido imitarle en todo, comprendiendo que no era capaz de crear nada por sí mismo, por envidia de Él puso su propia semilla en ellos sin que el Creador lo percibiera.
»Una vez terminado el proyecto humano, asentó Dios a sus creaturas sobre la Tierra, igualmente creada a su medida, esplendente y abrotoñada de maravillas, y tuvo Él, al fin, sobre quién derramar la infinita ternura que sentía.
»—Sed fieles —les dijo—. Mirad que habréis de dejarme en buen lugar, ya que en vosotros está mi germen.
»Empero, en ellos estaba el germen de Dios y la semilla del diablo, la cual, por ser mala, creció más aprisa que aquel, cundiendo en sus almas y ganándoles para su indigna causa.
»Al principio, el tiempo trascurrió con desmedida felicidad y grato alborozo, complaciéndose las creaturas en su Creador y el Creador en sus creaturas; pero un día, Dios percibió con dolor que los seres que con tanto amor había creado eran débiles y cedían con facilidad a la perversión de sus instintos, inficionándose con cuanto de baldón había arraigado en ellos, pues más gustaban de lo fácil y placentero a sus sentidos que de lo esforzado y provechoso para sus espíritus.
»Comprendiendo que allí se veía la mano de su ángel, a quien el mucho conocimiento adquirido le había tornado suspicaz y envidioso, le llamó para pedirle explicaciones, y le dijo:
»—¿Por qué hiciste esto, traicionándome?
»—Porque tu obra es imperfecta —se justificó—, como imperfectos somos nosotros, incapaces de crear nada, salvo la maldad. Pero ve que esta es más fuerte y arraiga con mayor señorío que el bien.
»Encolerizado, Dios expulsó del Cielo al demonio y a cuantos le apoyaban, diciéndole:
»—Pues partidario del horror eres, ahí tienes el Infierno, un reino creado a tu medida, al igual que a la medida de los hombres creé la Tierra. Y puesto que Yo estoy por encima de ella, pues bueno es cuanto creo, estate tú por debajo, ya que es malo es lo que haces, y quede el hombre en medio, por ser su causa la que nos separa. Sea la oscuridad tu imperio y el dolor tu goce, sea el terror tu fuerza y la envidia tu ciencia, sea lo efímero tu regocijo y lo caduco tu riqueza, y sea así por una eternidad.
»No obstante, el Creador, quien tantísimo quería a los hombres y quien tanta ternura precisaba derramar, se culpó a sí mismo por haberles dejado de su mano siendo aún tan tiernos, de manera que se hizo el propósito de que sintieran siempre muy cerquita su presencia amiga, para que cuando llegaran las flaquezas que les imprimían la semilla del diablo, Él pudiera ayudarles.
»Y el mundo volvió a ser hermoso. Hubo dificultades porque, siendo los hombres creaturas celestes, no podían habitar la Tierra sin mostrar ciertos desbarajustes y alteraciones; si bien, todo se coadyuvaba con su firme apoyo.
»Rabiando el diablo —porque de veras rabiaba—, caviló largamente la forma del desquite. Al cabo de mucho devanarse la sesera, trazó un plan perfecto: puso a un lado un demonio tan horripilante y monstruoso, tan cruel y desalmado, que nada más verle los hombres corrían despavoridos hacia el lado opuesto, cayendo en las redes de otro demonio que fingía ser bueno y apacible y tener remedio para las calamidades que el primero les había infligido, el cual consistía en contarles bellísimas historias que no eran sino verdades a medias, que es decir las más gordas y peores de todas las mentiras. Y si esto hizo el Maligno en una cosa, lo hizo en todas: inventó la cultura y la anticultura, ideó el radicalismo y la pasividad, instituyó la rebeldía y el servilismo, y, en fin, cuantas cosas contrarias hay, no siendo ninguna de ellas auténtica, de tal suerte que quien no cayera en un lazo, pusiera el cuello en el otro.
»No es difícil suponer que cuando Dios tuvo conocimiento de esta trampa corrió en ayuda de sus creaturas amadísimas; pero ¿creéis acaso que se dejaron auxiliar?… ¡Qué disparate! Tan engalladitos estaban con su falso protagonismo y sus locuras, que al mismo que les creó le acusaron de desvariar.
»—¡Si es que no nos dejas vivir nuestra vida, caramba! —protestaron—. Es que así no puede ser. ¿Tienes que andar siempre hocicando en todo?… ¡Ya está bien! ¡Respétanos y te respetaremos! Ahora, que si nos has creado para manejarnos como a títeres…, pues, ¡hala!, a servirte de entretenimiento.
»Dios, que es bueno, pensó que tal vez había creado seres más inteligentes de lo que se propuso en un principio, y aceptó no interferir nunca más en sus asuntos a no ser que se lo pidieran expresamente. Llegó a razonar, incluso, que quizá estuviera resultando empalagosa su conducta y que por esa causa se echaban en los brazos del diablo; pero que en cuantito se dieran unos buenos testarazos, ¡hala!, volverían al redil y con la lección bien aprendida. Así pues, no le pareció mal la idea y, tranquilamente, con infinita paciencia, se decidió a esperar que le reclamaran ayuda sus queridísimos hijos. Tenía la seguridad, por otra parte, de que en los momentos de mayor peligro el germen divino que había en ellos florecería, dándoles el valor preciso y la templanza suficiente para salir airosos del paso.
»—Bien está —convino—; pero recordad: cuanto es bueno y cuanto no lo es ya está escrito en vosotros, pues resultado sois de mi germen. Así, cuando dudéis buscad en vosotros, y, si aun buscando no encontráis, llamadme, que Yo acudiré enseguida y os mostraré el camino. »El tiempo pasó y pasó, y, a pesar de que las cosas iban de mal en peor, nadie reclamaba su amparo. Los niños eran buenos, tanto como Él les había creado al principio; pero en cuantito crecían, los mayores les hacían más y más malos, y cada generación era siempre peor que la anterior. Cada vez era más corta la infancia, porque los adultos hacían florecer antes en ella la semilla del diablo, pues todos eran esclavos de la Bestia y ya carecían de voluntad para negarle nada, ni a sus propios hijos. El germen de Dios moría dentro del pecho sin arraigar, ahogado por la maldad de las gentes, la cual llegó a ser tan abrumadora que incluso encumbraron a quienes les proporcionaron argumentos para que tan grandísimas bajezas semejaran virtudes. Y como la mentira es más fácil de creer que la verdad…, pues se la creyeron enseguidita. Tanto, tanto alcanzó el mal, que la propia sabiduría y comodidad de que los hombres se habían rodeado y todo el hermoso mundo en que habían asentado sus reales, se fue trasformando en inquietud, belicosidad y pesadumbre. Tal vez por eso a quienes no eran como ellos los eliminaban, como prohibían con severidad cualquier acto o idea que les indicara la gravedad de su error. Y si hicieron esto por sufrimiento con semejantes o ideas, lo hicieron también con su bello mundo, infestándolo como a su alma de su maldad; de modo que, en un loco afán por experimentar placeres y adquirir bienes que les ayudaran a olvidar su dolor, se sirvieron de los más débiles como si fueran mercancías y contendieron entre sí ferozmente, esquilmando ríos y mares, destruyendo bosques y aires, exterminando bestias y hasta corrompiendo el agua que bebían y el aire que respiraban. La soberbia y la fuerza, hijo, son las máscaras de la tristeza y la ignorancia.
»Y así fue hasta que un día los hombres, hastiados de su debilidad, hartos de su lucha sin sentido y de su dolor sin objeto, llamaron a Dios y le dijeron:
»—Compadécete de nosotros, Señor, y olvida lo te reprochamos un día. ¿No ves que esto no es vida?… ¿Es para esto que nos creaste?…
»Pero Dios no respondió porque un gran nudo en la garganta le impedía hablar. De sus ojos cayeron copiosas y mudas lágrimas, las cuales bebió con amargura infinita porque tenía mucha ternura para derramar y un grandísimo amor por repartir.
»—Ayúdanos, Señor —le apremiaron con irritación sus creaturas—. Apresúrate, que sufrimos grandes tormentos.
»Y como Dios les amaba tanto, y porque de veras quería ayudarles, los destruyó.»

Este cuento pertenece a la obra «Dimensiones I»

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