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En el camino Rompiendo moldes

Por la senda de la Historia, renqueando entre rezos y blasfemias, cojitranco el Hombre va sin saber adónde se encamina. Mil ayeres le lastran en la mochila —dioses sangrientos, indiferentes y comprensivos, espadas, alfanjes y carabinas, banderas, credos e ideales, absolutismos, dictaduras y democracias, sangre, dolor y sufrimientos—, ninguno de los cuales comprende y ya está llegando al final del camino. Se siente solo y abandonado por lo alto y despreciado como nada por lo bajo; el polvo que levantan los pesados pies cuando los arrastra, al posarse tras él ciegan sus huellas, dejando tan virginal el sendero como si nadie, nunca, lo hubiera transitado.

¿Qué o quién le infundió a la bestia la consciencia de sí misma que la anima?… ¿En qué hora oscura sucedió el portento, cómo, dónde o para qué el sentido de la razón y el prodigio de la lógica que la gobierna?… A diferencia de las otras criaturas, el saber que no se alimenta solamente del sustento ni se afana únicamente por la supervivencia, la empuja a creerse gobernada por criaturas inexpugnables de poderes infinitos, a caballo entre un motivo que preste un argumento a lo incomprensible y el exceso desbocado de su propia fantasía. Lo distinto, considera, ha de tener un móvil diferente, aspirar a lo excesivo o pertenecer al orden de lo sublime, como esas lentejuelas diamantinas que infinitas se iluminan cada noche cuando el faro solar se ocluye en las tinieblas. Además, ¿para qué todo ese cosmos inconmensurable sino para ser su sepultura y su destino, acaso retornando al lugar de donde procedía su chispa originaria, expulsada tal vez del Reino en un tiempo que ni imagina?… Regresar al origen para cerrar el círculo, se le antoja de mil modos diferentes como la única vía para entenderse, y sabe que a la luz de su intuición, a la sombra de su ignorancia o al desquicio de su locura nacieron dioses, credos e ideologías, soberbias, ansias y esperanzas, liturgias, religiones y santones que desde lo remoto empujaron a seres contra seres en una rebatiña de razones inmanejables que anegaron planicies, collados y horizontes de dolor, sangre y sufrimiento: unos sobre otros por gozo, alimento o gloria; otros sobre unos por destino, desatino o arbitrio divino; y todos sobre todos por fuerza, potencia o ansia, de modo que el orbe se llenó de capirotes, dogmas y hogueras que elevaron a lo alto las columnas de inciensos, incendios e infamias que redujeron la fértil carne del Hombre a estéril carbonilla, cenizas y tinieblas. Desconoce si procede del Paraíso, pero está seguro de que la razón, la lógica y la inteligencia le han empujado a lo más profundo del Infierno.

Pero ¿cómo comprender lo impenetrable, abarcar lo eterno o cercar entre cuatro dimensiones lo que supone que ni siquiera las tiene o que las posee en un número infinito?… Se escurre entre los intersticios de la razón el “qué” y resulta inaprensible para su lógica el “para qué”, el “cómo” y el “cuándo”, dejándole ambas abandonado en tierra de nadie, como a un demonio capaz solamente de generar tormentos. Los motivos que afirman sirven también para negar lo mismo, y con parecidas razones se puede argumentar una cosa y la contraria; de modo que la consciencia que lo diferencia de las bestias con las que pugna, le convierten en rehén de sí mismo y de sus semejantes. Nada es verdad y cualquier cosa es herejía, todo es bueno y malo al mismo tiempo, y, casi por casualidad, algunos comprendieron que la razón que les elevaba sobre las otras bestias construyó a la par el infernal laberinto que les aprisiona. Demasiado lejos se ha llegado ya e imposible es desandar el camino, de manera que se sabe condenado a consumirse en la hoguera que su inteligencia prendiera. Demasiadas deudas hay por saldar entre moros y cristianos, entre blancos y negros, entre creyentes y ateos, entre norte y sur y entre este y oeste como para poder hacer un saldo cero que instaure la paz carne adentro. Cuando la estupidez le empuja al Hombre a saltar desde lo alto del acantilado, el porvenir que le aguarda solamente puede concretarse en un crujir de huesos contra la rocas del fondo, y solo en ese instante puede comprender que en vano es ya cualquier arrepentimiento: la consciencia que le elevara del polvo, le advierte que al polvo le empuja, convirtiendo el latido en muerte y su andadura en nada.

Ahora que conoce su destino, se cuestiona si no hubiera sido preferible ser bestia a secas, nacer, vivir y morir desentendido de todo cuanto no fuera imprescindible solamente para latir otro día. ¿De qué aprovechó aspirar a lo imposible si nunca pudo demostrar siquiera si era real o fantasía, de qué la inteligencia que le mostró cómo destruirse y de qué saber que habitaba lo infinito cuando su razón le asesaba que aun siendo tan chiquito nunca cabría en él su esqueleto?… Camino atrás, la nada; fatiga y dolor, durante todo el camino; y una nada esperando en el horizonte para reintegrar a la nada su nada. Nada quedará después que desaparezca, ninguna memoria, sino solamente olvido o, acaso, algunos dioses amorosos, indiferentes o resentidos que con su dolor, sangre y sufrimiento se habrán alimentado, o quién sabe si nada más que roto un instante del infinito tedio que les produce el saberse tan eternos como aburridos. ¿En qué otra cosa, se pregunta, podrían ocupar la eternidad los dioses sino con muñecos que en algún momento arrinconarán por viejos, estúpidos o manidos?… Un instante apenas, o quizás ni eso, ocupa el latido que separa las dos nadas que le cercan; pero mira atrás y no comprende para qué entonces el odio, el dolor, el amor, la risa, la lucha, el afán o el sufrimiento… ¿Adónde ha ido si no sabe ni dónde está ni para qué camina, a no ser por un atavismo de bestia que ansía consumarse víctima de sus propios instintos, como un juguete mecánico absurdo, mínimo y patético que ni siquiera sabe gobernarse a sí mismo.

A la razón, la lógica y la inteligencia, las travistió de formas que las aderezaran e imprimieran viso, y las nombró como esencia, alma o espíritu, dividiendo con ello su naturaleza en dos naturalezas incomprensibles condenadas a compartir un solo sino: la una, la carne, ansiaba lo urgente, instintivo y perentorio de un predador que se sacia y sufre; la otra, el espíritu, tendía a lo inconsútilmente sobrenatural de los afectos, sentimientos o emociones que algo tenían de locuras, fantasías o desvaríos; y las dos luchan con encono tratando de conquistar un ámbito indivisible. Polarizado por sus dos nadas entre las dos nadas que lo encierran, se ha convertido con el paso de los siglos en su aliado y su enemigo, en adversario de los otros y de sí mismo, en colega de los demás y de su propia naturaleza doble que ignora de dónde procede y no sabe adónde se dirige. Y pugna defendiendo su razón mínima pero absolutista frente a las mínimas absolutistas razones de los otros, levantando el festival de chispas una feroz pirotecnia de dolor, sangre y muerte que suma en cicatrices el saldo negro de nuevas deudas. Tan solo comprende que la vida es un juego sucio sin verdades, certezas ni seguridades, que su ámbito es la duda, el temor y la incertidumbre, y aferrándose en lo que idea, cree o supone, flébilmente se tambalea de uno a otro lado del camino, como un borracho de su propia inteligencia que ignora que ella es un licor que entontece sus sentidos, haciéndole ver lo que no se palpa y que siente aquello que imagina. Pero el camino se termina justamente en ese horizonte, en esas cordilleras que se elevan al cielo como una plegaria a lo eterno, acaso como los muros inasaltables del laberinto en el que su propia razón le obligó a cumplir la condena, por la soberbia de creerse diferente. Solamente le queda seguir adelante, obstinadamente como un orate de su propia fantasía, hasta que un día desfallezca y sucumba víctima de sus propias particiones. Amarillearán sus huesos a la luna durante un tiempo, hasta que los roñen y consuman las otras bestias que asumieron que lo eran, y tal vez entonces comprenda desde la nada, que la razón que lo empujó a ser lo que no era, a sentir lo que no sentía o a creer lo increíble, todo el dolor, la sangre y el sufrimiento, fueron una invención desquiciada de su propia inteligencia. Continuarán titilando las estrellas, vacío y relleno eventualmente el universo por estúpidos seres que surgirán y se extinguirán como parpadeos, fuegos fatuos o entretenimientos, víctimas de sí mismos.

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