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Cara a cara Relato Breve

Los dos hombres, hartos ya de discutir sobre dónde y cómo hallar a Dios, se conjuraron para demostrarle al otro su error y decidieron a abandonar los prados del altiplano que habitaban e irse al mundo a encontrarle. Dios, entretanto, se sonrió porque fueran por donde lo hicieran con Él habrían de darse de bruces, o sí o sí.

Uno de ellos, el más audaz, fue monte arriba, hacia la cumbre más alta del mundo, la cual era, según creía, el lugar de la Tierra más próximo a Dios. Camino difícil como aquel no había otro, pero estaba convencido de que estaría tan cerca del Creador que podría contemplarle cara a cara. El otro hombre, sin embargo, más cauto y comedido, prefirió encaminarse monte abajo, hacia donde las montañas que muran los valles semejaban manos próximas que oraban al Dios de lo eterno, lugar en el que, le parecía, si a Dios le diera por descansar de su ardua tarea de crear por un instante, en ellos habría de tenderse.

—Dios se halla al final de mi camino —se decía cada uno.

Y Él se complacía porque sus criaturas le buscaran con un afán que les hacía despreciar los inconvenientes que les salían al paso, negándose a sí mismos. Pero el camino era duro. Cuando dejaron la meseta de la que partieron, a menudo hubieron de adentrarse por lugares que jamás fueron hollados por pie alguno, alimentarse de bayas o beber agua de lluvia y muchas otras penalidades que en ocasiones parecieron poder desdibujar sus intenciones. El hombre cauto pronto sintió desazón en su estómago, y el calor implacable del sol comenzó a martillar su cuerpo como si estuviera constituido por hierro que se fuera poniendo al rojo en la fragua, imponiéndose la necesidad de apremiar el paso para que no cundiera el desánimo. Y, por atajar el camino y llegar cuanto antes al valle, se echó monte abajo por la vertical, dejando a un lado el camino que descendía suavemente entre las solaneras donde se enseñoreaba el estío; pero al tratar de salvar un acusado repecho, a cuyos pies se abría el profundo valle, resbaló en las piedras sueltas y cayó rodando, golpeándose una vez y otra mientras sus manos se desollaban tratando de evitarlo y los dedos le sangraban al hundirse entre el guijo. Dios le infundió entonces la idea de no asirse a los pedernales porque podían formar avalancha; pero el hombre, desoyéndole, con pánico continuó haciéndolo. En aquel momento de terror la fe que tenía relampagueó en su corazón y clamó a Dios, pidiéndole ayuda y Él con presteza le ofreció una mata de romero al borde mismo del abismo, que era casi como su mano, quedando el hombre suspendido sobre el despeñadero. Entonces, el hombre en su corazón sintió la inequívoca voz del Creador que le hablaba, diciéndole:

—Aquí estoy, hijo mío, contigo.

—¿Y dónde estabas entretanto caía? —inquirió éste con enojo—. ¿No ves que cuanto sufro es por buscarte?

—¿Y por qué me fuiste a buscar tan lejos de donde te puse? —le preguntó a su vez Dios.

—Porque sabía que debías estar en el valle, tal y como tu misma presencia me afirma —redarguyó con arrogancia.

—Mi presencia te indica que estoy a tu lado, como siempre lo estuve desde el momento en que te creé‚ pues que estoy en todas partes —le aleccionó Dios.

—Pero el valle no te siente ni te busca, ni aún sus carnes se desgarran por lograr tu amor y tu respeto —alegó desconcertado el hombre.

—Porque el valle sabe que ya lo tiene, como tú también debieras saberlo.

El hombre, entonces, guardó silencio. Miró las verdes praderas, el caudaloso río y los frondosos bosques de aquel hermoso valle que al fondo del vacío podía atisbar, y luego levantó su cabeza, sintiendo que su intelecto siempre había estado engañándolo. Y no teniendo fuerzas para pedir perdón o tomar la mano que Dios le tendía, se soltó de la mata en que se aferraba al mundo y cayó al fondo, diciéndole a Dios mientras caía:

—Eres locura de mi razón, pues no estás ahí, sino en el valle al que voy.

Pensar que el Señor sintió dolor sería poner atenuantes a su aflicción. Él estaba al borde del barranco y también allá abajo, como lo estaba en el aire y en las peñas en las que la vida que había creado quedaba hecha jirones. Solamente pudo hacer crecer hermosas flores sobre aquel cuerpo yerto y alimentar con sus despojos a otros seres menores para que no fuera del todo inútil aquella sangre derramada tan en vano y tan ciegamente.

Pensó entonces en el otro hombre, el que por su amor estaba escalando los más altos picos de la Tierra. De sobra sabía de la inutilidad de su porfía, pero respetaba su determinación. Y allí estaba, terco donde los hubiera, venciendo los casi imposibles obstáculos con que la naturaleza le dificultaba el avance y negándose a cualquier especie de desmayo. En las noches, cuando la ventisca le hacía ovillarse o cuando sentía temor de los lobos que aullaban hambrientos, se amparaba en su idea; pero le asaltaban las imágenes de su casa, de su prado, del reconfortante calor del hogar y del puchero en el que se cocinaron suculentos guisos, invitándole a la renuncia. Dios, entonces, por compasión y porque no se creyera abandonado como su otra criatura imaginó, le infundía sueños de cumbres esplendentes y de soles rutilantes, atalayas desde donde el mundo se podía admirar en todo su esplendor. Y el hombre se levantaba por la mañana con nuevos bríos, dispuesto a coronar su empeño.

Entre tanto trepaba, los días claros podía ver los pueblos en la distancia haciéndose menudos, y cada nuevo día más pequeños los veía hasta que, por fin, un día desaparecieron de su vista y pronto olvidó que existieran. Él creía ascender por sus propios medios y que era su carne la que sobrevivía al helor de las noches y a las ventiscas de los días, ignorando que Dios corcovaba sus manos para que no fuera excesivamente castigado. No tardó en olvidar cuándo partió ni para qué, ni que hubiera lugares en el mundo donde cupiera una hoguera, ni seres que mantuvieran con vehemencia la existencia de Dios, ni aun que pudiera haber otro descanso que el eterno. Así, una noche en que el agotamiento, el frío y el hambre se ensañaban en él con enconada dureza, se durmió y se entregó a la muerte, seguro de que ya no vería amanecer de nuevo. Cerró sus ojos y hundió su cabeza en la nieve. Se sentía hervir por la fiebre y, en el fondo de su alma, luchar con ardoroso denuedo un bemol de amor y otro de resentimiento por su Creador. Creyó que su alma le abandonaba, que se iba a un vergel donde las palmeras se cimbreaban en la brisa y donde las arenas de la playa eran una áurea cenefa al intenso esmeralda de las olas que con delicada suavidad iban a morir en ellas; podía sentir el cálido aire del trópico, el arrullo de las cotorras entre la maleza, los sones del mambo en el bohío cercano y el rumor de agua que se extasiaba tras haber circunvalado infinitas veces el planeta.

Entonces despertó. El día era luminoso y azul como nunca antes lo había visto. Se incorporó, y, al apoyar sus manos en la nieve, no la notó fría, sino cálida; levantó sus ojos y vio un poco más arriba la ansiada cumbre más alta del mundo. Se puso en pie y escaló con dificultad los últimos metros, hasta que al fin se enhestó sobre el más pingorotudo bloque de hielo. Su dicha era tan grande y se sentía tan orgulloso de sí mismo que, exultante, saltó y bailó sobre él. Una vez se serenó, tomó asiento y contempló el maravilloso esplendor conque el mundo se desnudaba ante sus ojos. Se admiró del sol naciente que llenaba el horizonte de malvas y granates, de los frondosos valles por los que serpenteaban ríos como de plata y de la suntuosidad de los distantes bosques que todo lo inundaban de vivísimos amarillos y pompáticos naranjas, de alegres rojos y tal variedad de verdes que sintió una embriaguez que anegó sus sentidos.

Dios, no pudiendo contener el orgullo que sentía por su criatura, se mostró ante él, le sonrió y, ya se disponía a abrazarle, cuando el hombre, poniendo ceño, echó de sí una áspera y dura mirada, y le escupió.

Este cuento pertenece a la obra «Dimensiones I»

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