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Elegir Rompiendo moldes

Ahora, que los pastores ocupan los palacios con su arrogancia…; ahora, que los héroes van en pantalón corto o que desde los escenarios del consumo hacen gorgoritos…; ahora, que los modelos sociales son ensalzados por su inmoralidad e ignorancia…; ahora, que los poderes se sirven de la Ciencia y los medios para controlar en su favor a los colectivos…; y ahora, que cada hombre se desarrolla en la más tenebrosa soledad en medio de un orden multitudinario y que ignora para qué ha nacido, tal vez sea el momento de cuestionarse si era este el orden que con tanto afán persiguieron las sociedades como destino o el fruto de los ríos de dolor y sangre que tan copiosamente a lo largo de la Historia se han vertido. Es sabido que no se puede escapar cuando se desconoce que se está prisionero, y que lo primero para alcanzar la libertad es saber qué es ésta y cuál es su sentido. Con desatino e insistencia siempre el asno prefiere el confort de la cuadra, aunque también ello le suponga el palo, la carga y lo triste del pesebre, porque quien se enamoró de su penitencia y su cadena no podría comprender siquiera lo que la libertad le ofrece.

La libertad es mucho más que una palabra y va mucho más allá que la capacidad de obrar como se quiere: es la responsabilidad de crecer eligiendo no tanto lo placentero como lo correcto, y la de ser lo que se puede ser, multiplicando los talentos que al nacer se recibieron. Libertad es comprender el juego de la existencia, sin pánico al fracaso ni vanagloria hacia el éxito: el mérito, con paciencia, es ir abriendo las puertas de salida del laberinto, asomándose a dimensiones de los probables destinos que según el esfuerzo se pueden alcanzar. Quien decide entrar y quedarse en la dimensión de la futilidad, el placer por la comodidad o la intrascendencia, sin importar cuánto se extienda su existencia, nada vivirá, a no ser como la bestia que incluso en la antesala del matadero sólo busca aparearse o qué comer. Es importante saber para comprender este juego, que luego de nacer nada más se trae en el haber que una cosa segura, además de la duda de un defecto que combatir y una virtud que perfeccionar, y es ello que un día se ha de morir porque para vivir se viene siempre con fecha de caducidad. El saldo en esa hora final tiene mucho que ver con la dimensión que durante los días de existencia se decidió ocupar, y con la osadía que se tuvo con cada una de las elecciones que se tomaron. Interpretar las notas del pentagrama de la vida es, al fin, lo que hace de cada quien un músico genial o nada más que un infeliz que sólo supo emitir ruidos y desafinos.

Se nace para elegir, en ocasiones, tantas veces como se respira. Parece mentira, pero una sola palabra o un acto mínimo, puede ser la clave que abre una puerta a un universo paralelo, y se entra en ese cuarto y se mira, y es como si la vida se desdoblara a horizontes insospechados, y si se permanece en ese espacio, los días cambian su sentido, empujando a quien se adentró a un destino que, despacio y con dolor, ofrece diferente resultado del que se hubiera obtenido por el otro camino. Se elige, y en esa elección se encuentra la razón profunda que varía un destino para mejor o peor, el cual exige su cuota de dolor, porque éste es el pago al barquero por cruzar a esa orilla y alcanzar la maravilla de la nueva dimensión, además de ser el motor de toda transformación. Con dolor se nace, y es por él que una criatura que fue un poco pez en el vientre en que se engendró comienza a respirar, librándose de la prisión de la inmovilidad para abrirse a horizontes de libertad. Con dolor se crece, y es con cada dolor que se paga al barquero por aprender a vivir, siendo el abono tan grande o tan pequeño por según y cómo se elige asumirlo. Con dolor se desarrolla la criatura, porque no hay aventura sin riesgo ni elección sin precio. Después de todo, al cielo no se sube en ascensor, sino andando y con fatiga, y es preciso pagar por cada paso que se da, porque nada es gratis, ni siquiera el pecado. De todo se aburre uno, hasta de pecar, si que es eso es continuado; por la misma razón la vida se vive elección a elección y paso a paso, y en ese itinerario la constancia representa las alas para alcanzar lo más alto, no ante los demás como ante sí mismo, y dar sentido al conjunto de los días de existencia.

El sentido de la vida, eso es seguro, no es vegetar. Es conocimiento elemental que lo que está inmóvil está muerto. Basta con mirar, ver lo que rodea como si fuera un espejo, porque la verdad para que lo sea en todas partes debe replicarse, siendo uno y lo otro imagen y reflejo. ¿El dolor?…, no es nada, sino una ocasión o una herramienta para ascender o descender, el precio que debe abonarse por la posibilidad de crecer, aunque se prefiera sufrir y negarse a elegir la oportunidad de salida que la vida nos ofrece para escapar del laberinto. Pero siempre hay que elegir, siempre, porque vivir es optar, siquiera sea señalando la falsa seguridad, como el asno, de continuar por el mismo camino. Tarde o temprano, andando el tiempo, si es que tiempo suficiente queda, la vida volverá a ofrecer lo mismo, con el mismo precio en dolor y con el mismo costo en espanto. El quebranto de la elección es el miedo al dolor que transforma, pero es una norma que ha de ser cumplida porque en la vida, para que el cambio permanezca, ha der ser abonada con sangre. Los otros cambios, las otras elecciones son solamente sensaciones, y por ello mismo, pasajeras, cosa de hoy o de un rato, como un propósito vano o como un imaginario camino que no va a ninguna parte, a no ser a la felicidad del asno. Sólo lo que duele y se asume como una oportunidad tiene la posibilidad de arraigar de una forma imperecedera. En ninguna era hubo para nadie elección sin riesgo ni crecimiento sin dolor; la razón, tal vez se halle en que no se nació para jugar, ni siquiera para gozar o para latir sin sentido, sino para decantarnos como ángeles divinos o fallidos.

Se nace como un libro en blanco en el que los actos y el aprendizaje van escribiendo el manual de funcionamiento con que se interpreta la realidad. En un momento, un pequeño cambio, un gusto, un placer, al niño le hace ver las cosas de otro modo —como una atracción por la belleza, la fascinación por la poesía o la emoción por el compromiso de construir un mundo mejor—, y si lo asume y lo integra como parte de su vida, esta elección le trasforma, le modifica y le muta de una criatura a otra que ya no puede ver las cosas igual que las veía. Cambia su cerebro y cambia su modo de interpretar la realidad, a imagen como lo cambia el lenguaje o el conocimiento y la sensibilidad de sus sentidos: no puede comprender el mundo igual quien nació viendo y perdió la vista, que quien nació ciego y en algún momento puede ver. En la vida hay muchas puertas que jalonan el camino: unas dan a dimensiones maravillosas y otras a infernales dimensiones, y entrar o no a las salas que hay tras ellas depende de cada quien, aunque siempre asumiendo que cada una de ellas implica un destino del mismo sentido que esa dimensión en la que irrumpió. Lo mejor, en todo caso, es saber que la vida es un juego de espejos que ni de lejos domina la casualidad: lo que se muestra con esplendor suele encerrar terribles miserias, y lo que hosco y difícil, inenarrable felicidad.

Elegir, pues, es el camino para alcanzar un destino de plenitud o sufrimiento. No se trata del momento, sino del más allá: suele suceder que lo que de entrada parece placentero, el paso del tiempo lo termina de develar como el mayor de los tormentos. Es preciso, pues, no solamente elegir, sino hacerlo bien y mirando lejos, porque quien se ocupa de su ahora solamente, es más que probable que de repente comprenda que eligió un infierno. El conocimiento en esto es una gran herramienta: lo bueno, como todo lo exquisito, cuesta, y no conviene olvidar que no hay gloria sin sufrimiento. Esforzarse por lo bueno, bien se ve, requiere mucho esfuerzo, negación y constancia, y en ese juego ir siempre un paso más allá es hacer gimnasia, aunque no del cuerpo, sino del alma. Lo que no cuesta, lo que no duele, lo que no exige siempre un poco más, no tiene valor, y será más tarde, acaso cuando no tenga remedio, cuando se comprenda que se tomó el camino equivocado. La cuestión es aprovechar la oportunidad: crecer duele, pero ese dolor es el pago que se hacer al barquero para cruzar de la orilla de la necedad de la muerte en vida, a la otra orilla de la trascendencia y la eternidad. Eso es libertad, porque cada quien elige con su propios actos y su actitud el margen que desea habitar: la del asno o la del ángel.

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