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Un infierno portátil Relato Breve

No sabía bien qué le había cambiado. Quizá fuera una indigestión de independencia propiciada por esa difícil edad que es la pubertad, territorio de nadie donde campeaba por sus fueros la infancia de la mano de la pretendida hombría que se asomaba a su cuerpo. Quizá, quién sabe. O, tal vez, fueran las compañías, los amigos del barrio y del colegio, esos a los que los años empujaban a asumir roles que no les correspondían, a menudo imitando modas o tendencias que nada tenían que ver con lo que hubiera sido consubstancial a sus propias naturalezas. Quizá, tal vez, quién sabe. O, aún, fuera esa desazón que produce el incierto porvenir, o el más que probable futuro de empleo precario, si es que había suerte. Cierto que sabía que la culpa no podía ser compartida, que nadie le forzó a imitar modas o conductas o a fracasar estrepitosamente en sus estudios: ¡es tan tedioso el estudio pudiendo divertirse uno! Bueno, que lo sabía queda más que claro; pero no era eso lo que más le molestaba, no; lo que verdaderamente le dolía era que le compararan con su hermano gemelo: las comparaciones. ¡Nada más odioso que estas cuando uno es el que pierde! Y es que mientras él había comenzado a trabajar muy joven, hacia los dieciocho, entretanto su hermano estudiaba una carrera de ingeniería, gastaba el dinero como si le cayera del cielo, que incluso se había comprado un automóvil de segunda mano y una moto de más cilindrada que su cerebro, con lo que conseguía no solamente la admiración de quienes él llamaba eufemísticamente las pibis, sino de sus propios compañeros de barrio. Incluso hacía de tanto en tanto un préstamo a su hermano para que comprara cigarrillos o saliera con su novia al cine, porque la paga que le deban en casa la gastaba en librotes y fotocopias y cosas por el estilo. Pero nada es eterno ni hay mal que cien años dure. Su hermano ya se había licenciado, trabajaba para una compañía muy importante y tenía unos ingresos excelentes, entretanto él había perdido su empleo y ahora vagaba por las empresas de trabajo temporal como un córvido que husmeara por carroña. ¡Qué vueltas que da la vida, Señor, Señor! Miraba hacia atrás y no le gustaba lo que veía. Ya, lo de su hermano, casi ni le importaba. Sentía que había perdido el rumbo, el control sobre su vida. Aquel dinero fácil que ganó a los dieciocho y a los veinte ya no le llegaba, y ahora debía conformarse con revolotear con casi treinta por los alrededores de su casa, donde vivía a costa de la exigua pensión de su madre. ¿Quién había tenido la culpa de que las cosas se dieran como se dieron?… ¿Era culpable él o su juventud de aquella borrachera de poder emanada del fracaso escolar?… ¿Podía culparse a sí mismo de una presunción que dimanaba de la naturaleza humana como el humor de una pústula?… Sí y no. No se sentía peor por haberse extraviado, ni se consideraba un Judas de su propio destino. «Son las cosas», se decía. Y no se engañaba. Las cartas que jugó estaban marcadas, y era demasiado inocente para conocer las artimañas de la vida. Su madre se lo decía reiteradamente, machaconamente, como si su tonillo fuera el tictac del reloj de pared que había en el recibidor de su casa. ¡Su madre! A ella sí que la quería, y por ella sufría más que por sí mismo. Nunca, nunca le reprochó nada, a no ser darle de tanto en tanto un consejo y sonreír siempre, incluso sobre las lágrimas, cuando a su entender su retoño se estaba despeñando por una sima sin fondo. Nunca, nunca le hizo un feo, ni le dejó de lado cuando las cosas vinieron mal dadas, sino que permaneció ahí, a su lado, dándole ánimos y alumbrando caminos que él veía inundados de la más abstrusa tiniebla. Y sonreía…, ¡Dios!, con esa dulzura tan suya, tan tiernamente suya… Ya no era más que una anciana, apenas un retal de la hermosura que aún ondeaba en las fotografías de aquella juventud remota que se había extinguido en el sufrimiento. De sobra sabía que era su preferido no por ser más listo, ni el más guapo, ni siquiera el más afortunado, sino precisamente por lo contrario. ¡Las madres tienen una forma tan azul de querer, que el alma se le llenaba de nubes y los ojos se le poblaban de golondrinas cuando pensaba en ella! «¡Mi viejecita!», se lamentaba. Aún podía sentir la consternación de su alma cuando ella le encontró en el bolsillo de la camisa su primer preservativo, junto a un papel de estaño que envolvía una porción de chocolate. Aquellos ojos, desde entonces, nunca habían dejado de mirarle como si se hubieran clavado en su alma para la eternidad. Con ella no podía engallarse como con sus amigotes del barrio, ni podía usar ese tono engolado de quien tiene infinita cosmología ante sus pibis. Muy por el contrario, cuando su madre le preguntó que qué era aquello, sabiendo por de más lo que era, solamente pudo sentir pudor y gravitó su cabeza para evitar aquella mirada que no reprobaba, sino que le hacía contemplarse como ante un espejo. «No te hagas daño, mi niño, que la vida es bella», le dijo. Hubiera querido decirla que no, que no era bella en lo más mínimo, sino fea, muy fea; pero también él la quería, sabía de su necesidad de amarle y protegerle de los cristales del mundo, y no replicó. Se prometió a sí mismo que nunca más acercaría un porro a sus labios; pero únicamente fue un propósito, y, como los demás, incumplido. No fue un porro lo siguiente, sino cocaína y, luego, otros alucinógenos. Cómo comenzó a precipitarse por aquel pozo sin fin, ya no lo recordaba. Siempre le pareció que pudo controlarlo y se ufanaba de ello ante sus amigos y sus pibis; pero no lo controlaba, y bien sabía dentro de sí que así era. Tuvo conciencia de ello cuando comenzaron a abandonarle los demás casi al mismo ritmo que él iba cayendo más y más hondo en aquel suplicio que, lejos de producirle placer, se iba convirtiendo en un infierno portátil que le acompañaba en el sueño y la vigilia, como si él y su alma fueran la misma cosa o hubieran emparentado. ¡Dios, qué solo se vio entonces! Perdió su empleo y no volvió a encontrar otro. Le faltaron recursos, y pronto tuvo que cometer su primer delito. Su madre, su buena madre, lo sabía, y algunas veces, cuando podía, se olvidaba a propia intención la cartera sobre la encimera de la cocina o sobre la mesita de noche para que él la encontrara y sustrajera algunos billetes…, pocos, porque ella no tenía más que una pensión, y su otro hijo, el ingeniero, vivía demasiado lejos y nunca le refirió de este asunto ni una sola palabra. Él tomaba lo menos que podía, pero pronto todo lo que hubiera le fue insuficiente, y revolvió cajones y armarios buscando «niditos». Ella, su madre, como que miraba para otro sitio para no darse por enterada, y siempre estaba cerca de él ofreciéndole una taza de té o una merienda para que comiera algo y saliera de aquella delgadez que estaba por consumirle el cuerpo, siempre dispuesta lo mismo a una confesión que a un beso; pero su humor había ido mudando y ya no tenía paciencia para nada. Aquellos alucinógenos eran ya su alma. El infierno era ya su alma, y el infierno siempre exige la presencia de sus diablos, y estos salían al caer de la tarde para buscar unos euros con los que acallar las ascuas que le abrasaban por dentro. La primera vez que dio un tirón de un bolso fue a aquella señora que aún le parecía verla. Tuvo intención de detenerse en seco y ayudarla a levantarse al ver que la había derribado. Todavía quedaba en él algo de humanidad, de aquella humanidad que su madre había sembrado tan amorosamente desde que era un chiquillo; pero poco a poco esta se fue durmiendo… o muriendo, casi al mismo ritmo que aquellas substancias se diluían en su sangre. Después de inyectarse, lloraba. Lloraba desconsoladamente queriendo ignorar lo que de ninguna manera podía obviar. Deseaba ser aquel chiquillo que se sentía perdido sin su madre, o aquel que reía como un loco cuando ella le despertaba haciéndole cosquillas. Pero ya no tenía cosquillas. «¡Devolvedme mi infancia!», parecía gritar su alma en el silencio. ¡Silencio! Sus demonios le gobernaban, le exigían otra pifia. Podía contemplar como si lo estuviera viendo la tristeza de su madre cuando acudió a la comisaría del barrio para sacarle de allí, porque le habían detenido como consecuencia de un intento de robo frustrado. Había roto un escaparate y, gracias a Dios, el tendero se conformó con que le pagara los desperfectos y retiró la denuncia. Le prometió que nunca, nunca más volvería hacerlo; pero fue otra mentira más. ¿Qué importaba otra mentira en la inmensa e insoportable suciedad de su alma?… Pero su madre no le reprochaba, sino que le quería, le mimaba, trataba de recuperarle por la cuerda del cariño. ¡Ja, el cariño! ¿Dónde estaba ya su cariño?… No era capaz de pensar por sí mismo, a no ser que se tratara de acudir a por una dosis. Por él mismo, por su orgullo, por su vida, era incapaz de ponerse en pie, pero sí lo era de arrodillarse o de arrastrarse por una dosis, que incluso llegó a prostituirse, a violar la sagrada integridad de su cuerpo y de su alma. Era el último bloque que le quedaba por derribar de su fortaleza. Después de aquello nunca más se respetó. Lloró tanto y tan seguido, sentía tal repugnancia de sí mismo, que deseó su propia muerte con tal intensidad que si no se quitó la vida fue por la manía de esta de perpetuarse contra viento y marea. Pero su madre lo supo, porque estuvo un día entero en la cama y se negó en redondo a poner un pie sobre el mundo. Ella, como siempre, le decía que la vida era bella pese al dolor y que al final del túnel siempre refulgía la luz de la esperanza. Y lo sabía mejor que nadie porque perdió a su esposo en el esplendor de su madurez, en un terrible accidente de tráfico; pero nunca perdió la sonrisa, aquella sonrisa, ya algo desdentada, que la hacía tan querible. Durante todo aquel día reflexionó sobre esto. Si no era por él, que fuera por ella, pero debía ponerse en pie sobre sus ruinas y reconstruirse. A mediodía ya no lo veía tan claro, y pensaba que lo mejor que podía pasarle era que se muriera para que su madre viviera sin tanto quebranto, que le llorara de una vez todo junto, y listo. A media tarde comenzó a sentir temblores, sudor frío, espasmos y una necesidad imperiosa de salir de aquel cuarto como una celda y acudir en busca de aquellas alas de murciélago que le proporcionaban la libertad, por más que esa libertad fueran las rejas de la prisión más obscura. Ya entrando la noche recordó que le pidió a su madre dinero y que ella le dijo que no tenía más que apenas unos céntimos, que nada más había en la casa. Lo demás que recordaba era muy, muy confuso. Creía que había levantado la mano a su madre, pero esa idea le repugnaba, no la podía soportar. ¡Cualquier cosa menos eso! No; a su viejecita levantarle la mano, no. Y se vio tendido en el suelo, semiinconsciente, como si al caer se hubiera golpeado la cabeza con algo porque sentía un insoportable dolor en ella, cual si se la hubiera fracturado. Le despertó el calor de su mano, húmedo y reconfortante, y al alzar sus ojos, con una visión no muy clara, comprobó con horror cómo su mano asía aún el cuchillo que estaba hundido en el pecho de su madre. La miró con los ojos queriendo escapar de las órbitas, pero ella sostuvo su mirada serena, apacible, como si nada irremediable hubiera sucedido, y, con una crepuscular sonrisa, mientras le acariciaba la cara en un esfuerzo postrero, casi al punto de expirar, le dijo:
—¿Te has hecho daño, hijo mío?

Este cuento pertenece a la obra “Dimensiones I”

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