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Olvido Relato Breve

Ha borrado el olvido los caminos que conducen al recuerdo. A veces, solamente a veces, un olor famoso o un nombre entrañable sin saber por qué se ancla con desconcierto a algún ayer traspapelado, sin fechas precisas ni notas marginales, produciendo el cataclismo de un naufragio cuyo pecio son los tablones que arman la estructura sobre la que se enhiesta la angustia. Se sabe rehén, pero no de quién. Por algún lado, en algún tiempo, sospecha que tuvo una vida; pero ignora dónde y cuándo. Desconoce que el presente es un hito conformado por muchos pasados, que una persona se andamia únicamente de pretéritos, de los ahorros de los ayeres, de certidumbres antiguas, de pavores vencidos, de derogados propósitos y de sueños que hunden sus raíces en remotos almanaques.

La desmemoria forzó su puerta, saltó los pernos de las cautelas del pánico. La noche empujó por la ventana una luna que todo lo pintó de blanco, de nada, disparando las alarmas del miedo. Un día se le emborronó un recuerdo; otro, se le difuminó un calendario; más tarde, se desvaneció un nombre o se le desmayó afecto. Se olvidó de un semblante, perdió unos ojos en la umbría de la niebla, extravió un pálpito, relegó un jadeo, disolvió en la nada un hijo. Se desmemorió de que me quería. Sus ojos se hunden en el desgobierno de un alma que sabe que olvida. Sabe que una criatura sin hitos es una estepa sin caminos que vayan a alguna parte. Mira asustada, brujulea su alma husmeando piadosos estigmas que le proporcionen un lugar en el mundo o en su propia vida. Llora. Lo viejo es nuevo, desconocido lo familiar, inédito lo ordinario. Sabe que sabe, pero lo olvida. ¿Qué fue de ayer, qué de antes, qué de ahora mismo?… Sabe que se disipa. La fragancia de la madreselva le trae…, le trae…, nada: el dolor de otro olvido. «¿A quién pertenecen esos ojos que el espejo refleja, a quién esas arrugas, a quién ese gesto entre confuso y espantado?… ¿Quién es este que me acaricia?… ¿De quién es esta mano que siento como mía?…»

«Tampoco yo lo recuerdo», le digo; «pero sé que te quiero.» E invento con ella el mundo, el amor, el cuarto que nos contiene como un puerto destartalado que nos da cobijo en esta ardua singladura de la vida. «¿Qué es esto?…», le pregunto, ofreciéndole una flor. Sonríe pícara y gravita su cabeza, ruborosa, olisqueando la rosa. ¡Son tan prodigiosos esos quince años que restallan como por milagro entre los más de setenta! «¿Qué es esto?…», curiosea, devolviéndome la flor que aún está entre sus manos; «¿y quién tú?» «No lo sé», le replico; «solamente soy capaz de recordar que te quería… y que te quiero.» Le conforta no saberse sola en la desolación de la amnesia. Diez años lleva ya descendiendo sin descanso a la sima del olvido. Diez años llevamos reinventando a cada rato universos, crepúsculos y fragancias, ojos, labios, besos. Diez años de Colón y de Quijote, de Nuevo Mundo y de Dulcinea. ¿Cuántos quedarán todavía para llegar al fondo de todos los olvidos?… Acaso ahí nos encontremos con todos nuestros recuerdos, y hallemos reunidos miles de universos, crepúsculos y aromas, ojos, labios, besos. Sí; quizás. Al fin y al cabo, las personas solamente somos un esqueleto armado de pasados amontonados, ahorros de ayeres, reservas de pretéritos, acumulación de ansiedades y fiascos.

Atesoro cada mirada suya, siempre nueva; cada caricia, siempre de estreno; cada beso, siempre el primero; cada rubor, eternamente el quinceañero. Los ahorro para mañana u otro día, para que cuando lleguemos al fondo del abismo por el que vertiginosamente caemos tras los pétalos deshojados de la memoria, se amortigüen nuestras almas en el más mullido lecho de universos y crepúsculos y aromas y miradas y labios y besos.

«¿Que quién soy?: No lo sé, amor. Solamente sé que el olvido no cesa de recordarme que te quiero.»

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