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Como el viento Rompiendo moldes

En ocasiones, como el viento voy y vuelvo, siempre joven, siempre viejo como el viento; y en ocasiones, me detengo aquí o allá unos días o unos años y adopto costumbres que no son mías para adiestrarme en aromas que haré propios o en vivir a bocajarro de otros modos que me son extraños. Rara vez la vida regala algo sin pagar un precio muy alto por ello, pero de vez en cuando te sorprende y te deja fiado un acento en otros labios, una mirada en otros espejos y un volumen que rellena tu vacío, aunque nunca es por mucho tiempo porque nada es para siempre, y lo que queda son los jirones de una memoria descerrajada que ansía el olvido como si fuera viento que va y que vuelve de cuándo en cuándo con distintas geometrías y diferentes anhelos, con otros acentos y otros aromas a canela en rama y a besos.

¿Qué se aprende cuando se ama y qué se paga y con qué por ello?… La moneda de intercambio es el tiempo, son las heridas que quedan abiertas como ventanas a horizontes que nunca se alcanzan, y son las cicatrices que van dejando el cuerpo como un monstruo que se deconstruye. En la corta distancia en que las verdades queman como el disparo de un arma a quemarropa, uno se hace maestro de cielos y constructor de castillos aéreos, domador de pegasos y jinete de unicornios; pero en la larga, en esa que se adquiere cuando el olvido amenaza con disipar con su viento la hojarasca de los sucesos, se tiene la impresión de que solamente se repitieron palabras, liturgias de un instinto que el mismo instinto vaciaba. El todo y la nada se alternan como dos amantes inquietos que buscaran la manera de incardinar lo imposible o lo antitético; mas ¿quién puede encadenar al viento?… Voy y regreso, y paso por la misma esquina de ayer, me filtro por la misma rendija, siempre nueva y siempre vieja, y deambulo por el mismo corredor o la misma plaza, o por esa cama en que dos alientos aleados quisieron ser vendaval eterno y quedaron reducidos a nada más que cenizas de olvido.

Nunca busco, pero siempre encuentro un motivo para latir, una quimera, un sueño que establecer como una bandera para la que la única derrota posible es la de no flamear; pero pasa el tiempo, y cuando regreso a la emocionante peripecia de la soledad, comprendo que los verbos con acentos de ardor suplantan a los instintos que se esconden en cualquier rincón a la espera de una carne que mitigue por un tiempo, unos días o unos años, el exceso de soledad. ¿Qué somos, después de todo, sino criaturas que ignoran qué son ni para qué, y que llenan sus días con las melodías de una naturaleza que se resiste a comprender que la esencia de esas palabras que se pronuncian siseando y voz baja no se pueden abrazar?… En algún lugar o repartido en diez gavetas, conservo las saetas recitadas con inusitado fervor por diez mil voces al cristo crucificado del amor, y en alguna parte de la memoria el reguero amargo de diez mil lágrimas derramadas por una ingobernable pasión… que ni siquiera superó el vértigo de los días y sucumbió ahogada en su propia marea, en las ciénagas del desencanto o en los pantanos de la desolación. Voy y vuelvo, y me establezco en un ahora que tiene quizás un algo de ayer y tal vez un algo de mañana, como la hora exacta de un reloj que repite un instante macabro, cual el del alba para el condenado o el del estoque en el albero; solo que no muero: diez mil sellos de carne retorcida me remiten a otros tantos albas o a otros tantos estoques. Sobrevivir a un amor no significa salir indemne; antes bien, como con la carne que retorcida sella haciéndose cicatriz las heridas mortales, se retuerce a la vez el alma en un deje de temores insoportables a las albas y los estoques. Mejor el viento, ir y venir, siempre joven, siempre viejo como el viento, libre para ser sin tener que embestir un capote o ser encadenado por la luz del amanecer al poste de los condenados.

En toda alma siempre hay un cuarto secreto que casi nunca se visita, habitado por los yoes caídos, los amores derrotados, los afectos perdidos, los tequieros sin sentido, los besos traicionados, los cadáveres sin cuerpos, las memorias que abrasan, los recuerdos que hieren, las esperanzas baldías y los ayeres apagados o suspendidos… Es el cuarto de las heridas y las cicatrices, un cuarto oscuro y abiótico con hedor a sepultura, pero atiborrado de fantasmas prisioneros en un orbe sin ventanas por las que se filtre melancólica una luna a la que aullar tristezas o a la que referirla confidencias desgarradas. Es el infierno de los ayeres frustrados, el Hades en el que los fantasmas condenados repiten una vez y otra y otra y otra las clónicas liturgias de sus fracasos. Un cuarto secreto, escondido, remoto, que late con luz negra y, sin embargo, poderosamente bajo la luz blanca de la apariencia, más allá de las sonrisas y los requiebros, más todavía que las fórmulas de cortesías y más, mucho más, que las rutinas de lo ordinario o lo estrafalario de la seducción de nuevas conquistas. Bajo el viento que se es, siempre joven, siempre viejo como el viento, viaja adherida una hedentina a córpore insepulto, diez mil dolores y frustraciones que ciegan la libertad de entender lo nuevo como novedad, y diez mil medidas que siniestramente se ajustarán como un antiguo traje a la medida de cualquiera que se cruce en el camino y sonría. Nadie es como es en ese cuarto escondido, pero todos los que habitan afuera, sean lo que fueran, si se acercan lo bastante solo serán ecos de lo que se pudre en la oscuridad de ese infierno sin salidas ni ventanas.

Lo peor de sobrevivir a un dolor es estar condenado a repetirlo, a forzar que encarne una vez otra en cualquier desconocido que traspasa la frontera de la larga distancia y la acorta hasta el beso. La confianza, la cercanía, el afecto ya sondeado, el sexo satisfecho o la imposición de la rutina lo acabará travistiendo de aquel otro aquel que ni se recuerda sino como habitante condenado en el cuarto oscuro del alma, en el infierno secreto, en el pudrigorio de los fantasmas. Y morirá también, claro, en un momento oscuro a causa de un delito ajeno, de una herida de otro, de una falta imaginaria o de un pecado que ni siquiera es suyo. Y se irá como el viento, siempre joven, siempre viejo como el viento, habiendo dejado parte de sí encerrada en un siniestro cementerio y después de haber creado otra carne propia adentro, muy adentro, en lo secreto, y de haber plantado la semilla negra de algunos oscuros fantasmas que con alarma se afanarán en abrir ventanas en las entrañas de imposibles muros de piedra excavados en el fondo de la Tierra. Cuando no se reproducen los paraísos, se multiplican los infiernos.

Hoy, ahora que miro y reflexiono sobre esto, que considero que voy y vengo libre y solo como el viento, siempre joven, siempre viejo como el viento, me husmeo por si existen algunos yoes condenados carne adentro en mi propio infierno, y tropiezo no con uno, sino con diez mil que repiten como autistas las causas de su tormento, mirando fijos a la piedra, defendiéndose de nadie o acusando a la nada de ser la causa de mis propios defectos. Tal vez sea la hora de excavar hasta las entrañas de lo profundo, de perforar un pozo que arrastre la luz hasta el fondo del alma y de decretar la revolución del perdón hacia los ayeres. Lo que fue, sucedió entonces y no tiene por qué continuar sucediendo: es la hora de la libertad, de volar como el viento, siempre joven, siempre viejo como el viento, y que el aire libre disuelva en el todo el hedor de podredumbre que se escondía carne adentro pudriendo el alma. Zita me lo dijo: «sólo somos lo que ahorramos»; y es cierto. Es la hora, pues, del perdón, no a los otros, no a los demás, no a los de ayer o anteayer o de lo remoto, sino la desprenderse de los tétricos ahorros, de los réditos del rencor y los intereses del sufrimiento, de indultarse a sí mismo y volar con el viento, de ser viento, de ir y venir libre y sin cadenas, sin lastres ni contrapesos, siempre joven, siempre viejo como el viento.

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