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Tal vez Relato Breve

Tal vez —solamente tal vez—, aunque se empeñó en ahorrar luz, acumuló ázima sombra. Sombra, como la que llevaba fija a su costado, recortándose solemne y contundente sobre el embaldosado del antiguo coso taurino, hoy convertido en un no sé qué a medio camino entre parque y solárium, cual contrapunto al ardoroso sol del estío; sombra, que encenagaba su pensamiento y su alma; y sombra, que se descolgaba de su ceño como un permanente luto. Tal vez —solamente tal vez—, aunque se impuso ahorrar esperanza acopió desaliento y miedo. Miedo, como el que le llenaba las faltriqueras y hacía temblar al segundero de su reloj de pulsera como si tuviera frío, mucho frío; miedo, como ese ahoguío permanente que se afincaba en su pecho; y miedo, que tiritaba en su vigilia y entumecía su sueño. Y tal vez —solamente tal vez—, aunque procuró enamorarse de la vida le fue subyugando la tiniebla de una concupiscente muerte que le ofrecía más sabrosas o menos pesarosas ambrosías y deleites.

«¡Que reducido deja al mundo el dinero: apenas si cabe un hombre! Tanto, tan breve es el resquicio, que la sombra, el desamor o la vida misma le empujan a uno fuera del cuerpo. Quizás anteayer o el otro día pude vencer un exiguo desaliento: el desempleo, por ejemplo, o un miedo o una sombra… o una muerte. Creí; pero no. Cuarenta y tantos, a estas alturas, son demasiados. Unos bolsillos vacíos hablan mucho y mal de un hombre sin más anhelo que la supervivencia. Me perdieron el respeto; pero en estos tiempos que corren ¿quién respeta a un hombre de cuarenta y tantos, sin empleo y con los bolsillos vacíos? Mi esperanza se puso de hinojos ante una sociedad en desconcierto. ¿O en concierto?… De todo sobra en el mundo; pero solamente para los perversos: los humildes y los justos únicamente tienen acceso al deber y al cuchillo. La vida premia solo a los peores. ¡Qué estrecha es la distancia entre la risa y el llanto! Mi orgullo de hombre enhiesto fue sucumbiendo con los días o con las negativas a granjearme un pan honrado para ofrecérselo a una mujer desolada y a unos hijos que se afanaban en sujetar a este dios de barro en su Olimpo…, a una familia que se descomponía a ojos vista como los despojos arrojados al sol en el patio estéril de este matadero. La esperanza que me sostenía se arrodilló ante el mal humor, la frustración o el resentimiento. ¿O es el resentimiento el que relevó a la esperanza, ahogándola?… El desempleo es una muerte lenta, muy lenta, como caminar descalzo por las ascuas del Infierno. A ciertas edades, más piadoso que el desempleo es un tiro en la nuca. Vivir, endeuda. Los intereses crecen sobre lo que no interesa sino como despojo; pero es necesario que se alimente incluso un hombre que se desvanece. ¿Por qué el dolor dilata las noches, el silencio y la soledad?… Por común, nadie entiende el naufragio de un hombre. La amargura es un monstruo feotón y desmedrado que asusta. La aflicción ajena solamente se soporta una vez, y por breve lapso: únicamente la risa y la belleza tienen permanentes corifeos. Inclusive las palabras de amor se tornan insípidas, precipitadas, confusas. La pasión se torna en un grotesco recurso de la rutina, impelida de la urgencia de aliviar con un placer una agonía; pero la agonía es tan intensa que hasta los besos acerba. ¿Qué dios terrible y carnicero es éste de papel, sin serlo? Me arrodillo devoto, pío y circunspecto, y oro; entrego mi dignidad, mis lágrimas, mis esperanzas, y aguardo. ¿Qué dios es éste tan sordo, sin serlo? El hombre —yo— se diluye en un desconsuelo que día a día se hace vino amargo, llanto acedo, esperanza huera. No hay trabajo. No hay un espacio. Pedir duele como cuatro clavos sobre un madero. La honra vale un préstamo menudo, de compromiso. «No tengo más, lo siento.» «Tú sabes que si pudiera…» La soledad del que necesita es un monte con forma de calavera. «¿Conseguiste algo?…» Poco a poco también mi mujer fue dejando de entenderme, descreyendo que no quería vivir lo que estaba viviendo y echando al olvido la fe que un día nos empujara al arrullo de los besos. ¡El amor de hombre y mujer es un sol tan negro!… «Papá, te quiero.» Sus ojos proclamaban verdades imperecederas, inocencias que no se rendían. «Vete, mujer: sálvate y salva a los niños.» Mejor que tengan razón los suegros, los amigos que nunca lo fueron, los aliados que ahora son enemigos, esos que se esconden y que mienten con alivio «no puedo…, no tengo…, no estoy.» Al fin y al cabo, mejor la ausencia que caer en el delito. Llego a una casa desconsolada. Echo el cerrojo. Nada hay más solitario que el cuarto de los niños… sin niños; nada más ruinoso que un lecho de amor… vacío; y nada más desolado que una despensa desnutrida o una cocina sin el cacharreo de un puchero al hervor, sin el olor a café recién hecho o sin la figura de aquella que fue causa y alter ego. ¡Llena tanto la ausencia! El rencor es una fiera que suplanta al amor cuando se ha ido. «Tal vez, sea lo mejor que se fuera.» «Debió quedarse, pese a todo, resistir conmigo a pie firme.» El péndulo de la soledad me hace oscilar entre el desamor y la resignación. Y, a pesar de todo, un día caí en la falta. ¿O fue el odio o el miedo o el desprecio los que me empujaron a caer? El banco me exige con fiereza que pague lo que no tengo; la financiera, que abone mi deuda como sea, no importa cómo consiga lo que me falta. Nunca he debido tanto. Son los únicos que llaman, los únicos que me escriben, los únicos con esperanza. Cuando uno solamente recibe llamadas o cartas de los bancos o de las financieras es que alguien está afinando las trompetas del Fin del Mundo. En la televisión presencio movilizaciones solidarias con países remotos, con las víctimas de guerras o catástrofes lejanas; pero, ¿cuál es mi país o cuál es la guerra o la catástrofe que me arrojó al pie de estas ruinas? ¿No soy también una víctima, por más que pertenezca a un porcentaje mínimo de una minoría de desempleados?… Los hombres nos hemos convertido en un bien descartable, de usar y tirar. Los vecinos me denunciaron por moroso y por haber sustraído parte del dinero de la caja de la comunidad. Tenía hambre y necesitaba un trago. Precisaba olvidar que cuando me quedé sin empleo comenzaron a ajusticiarme lentamente, robándome primero la esperanza; luego, a mi familia; y finalmente, la dignidad. Entre tanto latrocinio impune como el del poder y los negocios, mi delito es llana venialidad; pero en este mundo la venialidad es lo que interesa. El juzgado me apremia; el banco y la financiera, también. Mi esposa me reclama la pensión de mis hijos. La ley, el dinero y el desafecto no entienden de sentimientos ni de hombres, ni siquiera de dolor o de sombra o de miedo. Hace días que no como. Ya no me quedan amigos. Una carta me anuncia que mañana por la mañana vendrán a exiliarme de este piso que es cuanto me resta, de esta patria que adquirí para establecer un futuro promisorio de amor y paz. ¿Amor?… ¿Paz?… Pero no: no me rendiré. Defenderé mi hogar siquiera sea con el testimonio, gritando con mi sombra que un hombre puede y debe tener un lugar sobre el mundo del que no le exilien a la fuerza. Sé que aún hay buenas personas que sabrán entender mi sacrifico para que esto no le suceda nunca más a nadie. Mi dolor servirá, al fin, de algo, y demostraré que, aunque robé una miga, permanecí manso y tan puro como pude, y respeté el pan entero.»

—Otro sinvergüenza que se atrinchera para no pagar, como si así pudiera eludir lo inevitable —dictamina con amarga soberbia el funcionario judicial—: tiren la puerta abajo.

Los policías —sicarios desalmados del poder— lo hacen, disponiéndose alguno de ellos a reducir al desahuciado, si la situación lo exigiera, con su defensa reglamentaria. «Es un mal bicho», asegura una vecina. No hay nadie, sin embargo, parece. Un agente, con la socarrona sonrisa del verdugo dibujando el placentero arco del desprecio, da la noticia muy divertido: «Está aquí.» El cárdeno cadáver se mece colgado por el cuello sobre la cama de matrimonio, deshecha desde hace no se sabe cuánto tiempo.

¿Era este tu testimonio? ¿Qué hay que leer en él? «¡Será cabrón!», sentencia el funcionario judicial, contrariado. Él prefiere los desahucios limpios, sin escándalos ni refriegas, con la mansedumbre del derrotado, y este le va a dar mucho, pero mucho papeleo. «Ese es un mal bicho», asegura de nuevo la vecina. Y solicita todavía. «Asegúrense de que esté bien muerto, porque ese hombre es un mal bicho y, de no ser así, terminará volviendo.»

Llega la prensa, una jovencita sin mucho talento que quiere sacar partido para su revista local. «¿Relato en primera persona, crónica aséptica de los sucesos o, mejor, dar al artículo tintes trágicos?» ¡Es tan común el suicidio de un hombre desesperado!

El furgón fúnebre se lleva el pesado cuerpo de quien una vez pretendiera el paraíso y su vuelo le despeñó al infierno; el alma, voló mucho tiempo antes que su cuerpo. Los policías se recrean haciendo humor negro mientras precintan el piso. Es la mecánica de los desalmados. «¡Asegúrense de que no vuelva, porque ese hombre es muy malo!»

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