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El credo del bruto Relato Breve

Ahora la sensación es extraña, amortiguada, ajena y propia al mismo tiempo. Una incomprensible vorágine que desde no se sabe dónde somete al organismo, produciendo en él respuestas automáticas. Frío, calor y necesidad se replican al punto en inacción, acción, división… No entiende, no comprende cuanto sucede; pero en el caos hay sutil orden, se obedece al orden: se es el orden.

La emoción se encarama a la sensación, sometiéndola. Ahora conoce lo que necesita y lo que no, aunque vagamente; ahora es ahora, y lo sabe. Sabe y conoce que al día le sigue la noche; que al hambre, la necesidad de saciarla; y que al deseo se le logra satisfacer con ciertos ritos, a veces sangrientos: es la Ley. Hay afecto, hay temor, hay necesidad…, y a todo ello se le busca remedio o consuelo. Sueña, y tiene necesidad de compartir el tiempo recién descubierto con los otros semejantes no solamente para lo imprescindible, sino también para lo apremiantemente innecesario. Sin embargo, el mundo es inmediatamente distante, próximamente lejano, absurdamente incomprensible: únicamente sabe y conoce lo que perciben los sentidos, y los sentidos advierten cosas sueltas y desordenadas, olores dispersos, imágenes cognoscibles e incognoscibles.

Ahora le alumbra la inteligencia, imponiendo cierta disciplina a sus sensaciones y a sus emociones, y es capaz de extraer consecuencias de los sucesos. Ahora, además, comprende, asocia y resuelve: asimila constantemente porque saca provecho de todo ello. Y lo primero que ha asimilado es que todo tiene efectos, hasta el acto más insignificante; lo segundo, que nada es gratis, que la vida es extremadamente cruel: la muerte natural apenas existe en su medio…, excepto para ellos. Todo es devorado por otro o por otros…, excepto ellos; al menos, no siempre. Alguno del grupo ha muerto porque sí, se le ha calentado el cuerpo desde dentro, ha sufrido y ha expirado sin más. La muerte le asusta porque comprende la vida, y sabe que los que mueren no son ya nunca más. También le amedrenta la vulnerabilidad, el saberse en desventaja frente a las demás especies, respecto del clima o ante lo que anula los sentidos que le advierten del peligro, como la oscuridad o el ruido excesivo. Sabe que pertenece a una especie débil que únicamente sobrevive porque se sirve de su inteligencia… y del grupo, que es decir de muchos sentidos sumados y muchas inteligencias reunidas. Por eso en el grupo todos se necesitan, se amparan mutuamente y se protegen unos a otros; pero en el grupo es el más fuerte el que se sirve de los demás, el que toma el mejor bocado y la hembra que le apetece.

Él odia al que los comanda porque usa sin descanso a la hembra por la que siente…; no sabe expresar lo que siente. Sospecha que la belleza tiene un fin únicamente reproductivo…; pero igualmente intuye que hay algo más. También ella siente por él…; tampoco ella supo nunca expresarlo, aunque sí comprendió que tiene que someterse al más fuerte si este la reclamaba, porque es el más feroz, el que organiza al grupo y las partidas de caza, el que divide los trabajos y el que asume los mayores peligros: solamente el más capaz puede comandar.

El bruto le gruñe continuamente, mostrándole sus incisivos; pero cuando el que gobierna el grupo le muestra los suyos y le amenaza con su fiereza, él se encorva acobardado y se aparta, alejándose a un lado desde donde ruge con resentida desesperación, quién sabe si esperando su momento o incubando su venganza. Por ahora sabe que no puede encararlo porque el cabecilla es mucho más fuerte e impiadoso: la naturaleza impone que solamente se respete a quien puede ser más cruel que sus semejantes.

No sabe cuánto tiempo ha pasado: muchos soles y muchas lunas, calores y fríos. Ha bajado al río a por agua, no muy lejos de donde está la cueva. La necesita para diluir las tierras con las que produce los colores que emplea en las pinturas de conjuro con que está adornando las paredes de roca. Antes, mientras pintaba invocando a los dioses de la caza, ella se le acercó y le acarició con el dorso de la mano. Se miraron larga, muy largamente, y se dijeron con ronroneos guturales cosas que ninguno de los dos comprendía del todo. Él tenía las manos embadurnadas de tierra roja y sangre diluida con agua y cenizas, pero aun así la acarició también con el dorso de su mano, abandonando su exorcismo para contemplarla y recrearse en aquellos ojos grises de la hembra por los que veía…, no entiende bien lo que veía ni lo que le hacían sentir.

Hace algunos inviernos, uno casi tan frío como este, tuvo con ella una cría que murió de calores internos algunas lunas llenas después de nacer; aún recuerda que ambos aullaron amargamente durante muchos soles y muchas lunas junto al cenotafio en el que pusieron su cuerpo. Por primera vez vieron nacer agua de sus ojos, y tal vez fue aquel agua el que los vinculó más que el deseo que los había reunido algún tiempo antes; pero un día él, el bruto más feroz del grupo, la tomó para sí y los separó. Desde entonces le odia, cree que por afecto a ella. Lo odia porque no los deja regalarse esas caricias ni dormir juntos cerca del fuego. Siempre se miran ambos desde lejos con algo de miedo, porque si él los ve, enseguida se encara y ruge enfierecido, y muestra sus dientes feroces y los amenaza. Eso mismo es lo que ha hecho cuando antes los ha visto juntos, acariciándose. Casi de un brinco se puso entre ellos y, apartando de un manotazo a la hembra, metió su rostro en su semblante amedrentándolo y le echó de la cueva, siguiéndolo hasta la boca de la misma para asegurarse de que salía. Se fue gruñendo y con rabia, pero conocedor de que no habría otro aviso… por esa luna, al menos.

Por eso, furibundo y resentido, tomó un cuero y ha bajado al río a por agua, porque pintando conjura a su enemigo. En todos sus dibujos siempre hay un bruto que yace a los pies de una fiera, que es una exhortación a los dioses para que le den una cruenta muerte que compense su sufrimiento y el de la hembra. Quisiera ser lo bastante fuerte como para encararlo, pero sabe que no lo es y que una herida lo suficientemente grande le produciría calores internos que le causarían la muerte; lo ha visto en otros del grupo que le encararon y fueron vencidos.

Enardecido en estos pensamientos sumerge el bruto un cuero en la orilla del río, lo sujeta por los cuatro extremos y saca el pellejo con el agua; pero al girarse para regresar a la cueva se encuentra de frente con un felino formidable que lo acecha. El odio hacia su enemigo ha relajado sus sentidos, y estos no lo han advertido de la presencia de esa bestia terrible. Sus ojos refulgen como dos llamas vivas en las tinieblas que dominan la inmediata espesura; lentamente se acerca rugiendo y, ya se dispone a dar el salto, cuando él, el bruto enemigo, el que comanda el grupo, aparece de entre las sombras con su lanza e, interponiéndose entre él y el felino, le hace frente. La bestia salta sobre él, y él, dejándose caer de espaldas al suelo, sujeta su lanza con firmeza y lo atraviesa; pero el felino tiene fuerzas todavía para en su agonía darle dos dentelladas y desgarrarle la carne del cuello y el pecho con su zarpa.

La bestia ha expirado con un bufido terrible y profundo, pero el bruto ha quedado mal herido, aunque vivo. Le tiende su mano y gruñe solicitando su ayuda; pero él duda. La luna en lo alto se oculta tras de densas nubes que prometen abundante nieve, sumergiéndolos en una cernida oscuridad. El feroz salvaje herido vuelve a gruñir, apremiándole su auxilio; pero él continua absorto, parece que pensando porque ladea la cabeza. Pone en alerta todos sus sentidos, los mismos que antes por descuido le impidieron percibir la bestia que lo acechaba, y trata de perquirir si alguno del grupo ha presenciado lo acontecido. Olisquea el aire, agudiza el oído, constriñe los ojos… Nadie, parece. Suelta la bolsa de agua y se acerca al herido. No lo ve bien, pero sabe que los calores internos no tardarán en llegar porque las heridas son muy profundas y la sangre mana en exagerada abundancia. Amarillea el hueso entre la carne abierta y los borbotones de sangre: huele la muerte, y lo sabe. Toma la mano del feroz adversario, ahora casi inerme, y lo arrastra trabajosamente hasta las rocas que hay junto a la cascada próxima, un poco más abajo del río, y lo abandona allí. El feroz bruto herido gruñe sofocadamente, y él, volviéndose a quien abandona, replica con mayor ferocidad, retándolo, al tiempo que se golpea el pecho como triunfador: su venganza está consumada, aprovechó su oportunidad. A medida que se aleja de donde lo ha abandonado, no puede evitar cada tanto volverse a las sombras y lanzar un gruñido ufano de victoria.

Llega a donde tuvo lugar el combate. Henchido de satisfacción recoge de nuevo agua con el cuero y emprende el camino de regreso a la cueva. Al pasar junto al cadáver del felino lo golpea con su pie envuelto en pieles y también le gruñe, sacudiéndose el pecho con su mano libre, haciendo ver a su espíritu que también a él lo ha derrotado sin combatir. Los dioses le han permitido vencer a los dos, y como vencedor retorna con el grupo. Quisiera llevar consigo el cuerpo de la fiera para aprovechar tan estimable carne e inmejorable piel; pero sabe que eso sería descubrirse ante los demás como conoce que otros carroñeros se saciarán en los cadáveres de sus enemigos durante la noche, borrando todo vestigio de lo acontecido. Los dioses lo protegen.

Nadie del grupo parece haber advertido lo sucedido junto al río. La gran hoguera de la entrada mantendrá alejadas a las fieras durante toda la noche. Nadie saldrá de ella mientras imperen las tinieblas y, cuando lo hagan al alba, descubrirán que habrán de pugnar por ver quién se alza como señor del grupo. Tal vez lo sea él, ya se verá. Mientras, cada cual está a sus cosas: unos, duermen junto al fuego; otros, se aparean más al fondo; estos, comen; aquellos, pintan conjuros para la caza de mañana; y los de más allá, tallan sílex y preparan sus rudimentarias armas.

Él se va al rincón donde estaba pintando, vierte el bolsón de agua en la cavidad de la roca en que alea sus colores y mira con honda satisfacción sus toscas pero elaboradas representaciones. Con un gesto de inefable complacencia cierra los ojos como pensando, eleva su rostro al techo… y ruge, dando un alarido formidable. Ha sido un grito de euforia, y, aunque algunos del grupo se han detenido en sus labores y lo han mirado, enseguida han vuelto a lo suyo.

Ella, sin embargo, persevera en contemplarlo hasta que ambos cruzan sus miradas. Él la sonríe largamente e incluso se atreve a hacerle una seña para que se aproxime, y ella lo hace obediente. Acaricia su semblante con el dorso de su mano y arruga su rostro, tratando de ser absurdamente complaciente. Se tienden en el suelo, al pie de las pinturas, y, rodeándose con sus brazos, quedan rostro frente a rostro complaciéndose mutuamente. Él tiene impreso en su semblante una mueca satisfecha, proporcionada por la seguridad de que nadie podrá ya interponerse entre ellos, porque, aunque ninguno lo sepa todavía, ya no tiene adversario. La acaricia lentificadamente, y ella, correspondiéndole, con efusiva ternura le pasa los dedos por el semblante, dejándole impresas en el rostro tres rayas rojas de sangre.

Esta narración breve pertenece a la obra Lemniscata. Finalista del Premio Plantea 2008. http://www.angelruizcediel.es/obras/destacados/lemniscata/

 

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