BLOG  /  Relato Breve   /  Nadie más

Nadie más Relato Breve

La ropa que viste es liviana, pero el calor es insoportable y la arena forma con la transpiración una pátina densa e incómoda que cubre toda la piel. Odia el desierto y su clima extremo, que se le antoja un inmenso cadáver, baldío y sin porvenir. Cuando en sus tiendas los ancianos se echan al recuerdo y hablan de la frondosidad de los campos de Egipto y de los exuberantes palmerales del Nilo, arde en deseos de regresar sobre los pasos de sus mayores y poner sus armas al servicio del faraón. Él no conoció Egipto, pero oye hablar con tal nostalgia de él que casi lo siente como propio. Si tan dichosos fueron en él durante tantísimas generaciones, ¿por qué lo abandonaron, contentándose únicamente con acomodar las costumbres egipcias a sus ritos?… Tiene el convencimiento de que pertenece a un pueblo huraño y resentido que no es bien recibido en ninguna parte: por eso solamente han hallado asiento en el desierto. Su historia es de trashumancia y exilio desde sus inciertos orígenes hasta donde se encuentran, siempre repudiados por todos: acadios, babilonios, egipcios… Nada tiene que ver el desierto del Sinaí que le rodea con los verdores y las plétoras de los países de los que fueron expulsados o tuvieron que huir, y por antipatía de esto siente cierto resentimiento hacia sus mayores y sus costumbres hostiles, porque siendo nómadas nunca fueron invitados agradecidos. Sin embargo, de cada uno de sus anfitriones han ido apropiándose de su historia y haciéndola suya, figurándose víctimas cuando sobradamente entiende que merecieron el castigo, porque hasta de los hechos de sus dioses se sirvieron, plagiándolos.

Bajo el impiadoso sol, la ingente multitud está como abandonada en los desconsolados eriales del desierto. Semejan un nidal de resentidos escorpiones que se escondieran de todo orden ajeno al propio; pero no les importa porque se consideran el pueblo elegido del único Dios, el Omnipotente. Los semitas son orgullosos y puristas, y, aunque a veces hablan con efusiva nostalgia de Egipto, incluso a los egipcios los consideran inferiores, criaturas sin alma o animales antropomorfos. Para sus mayores y los sacerdotes, todos los demás hombres son nada más que ganado. A pesar de que él nunca ha visto a ningún hombre o mujer que no sea judío, le gustaría comprobar con sus propios sentidos qué les diferencian para que los desprecien de esa forma.

Él nació muchos años después del éxodo de Egipto, y desde su primera infancia ha sido adiestrado como un buen y fiel abirú. Pertenece a un pueblo de sacerdotes y guerreros, y todo varón que no se entrega al servicio divino en el sanedrín ha de integrarse en el Ejército y ser diestro en el uso de las armas. Por su habilidad con la espada de hoz lo han encuadrado en una falange de infantería ligera. Todos hablan desde hace tiempo de que van a conquistar el que será su país, arrebatándoselo a sus moradores por mandato expreso de Dios: la tierra que Él le prometió a Moisés ha de ser conquistada por las armas. Es la hora de abandonar la trashumancia y echar raíces. Moisés y los sacerdotes dicen que tendrán que luchar, y la sangre de la soldadesca hierve, imaginándose vencedores en luchas terribles. Todos desean entrar en combate enseguida y establecer los fundamentos de su patria; todos…, menos él y algunos otros. La teoría de la guerra es emocionante; pero entiende que solamente de calamidad se trata, porque los laureles de las victorias crecen en campos sementados de cadáveres. Nunca ha matado a nadie, pero ha visto sacrificar animales para las ofrendas o como alimento, y no halló en ello nada gratificante, sino atroz. Matar semejantes se le antoja aún más terrible, especialmente cuando nada punible han hecho contra ellos, a no ser habitar la tierra que su pueblo anhela por mandato de su Dios, según dicen los sacerdotes, que son los intérpretes divinos o sus mensajeros.

Jezabel, su joven esposa, le ha dado un hijo hace ya dos años. Está orgullosa de él porque es soldado, y los soldados y las armas siempre la atrajeron de una manera especial, un poco morbosa. Cuando todo el pueblo con sus arreos parte hacia Kadish Barnea, ambos consideran que es bueno, aunque la tropa lo haga algunas semanas antes para limpiar el camino de enemigos. Dios los protege porque el Arca viaja con ellos.

Ahora comprende por qué ese pueblo que vivía solo y aislado en el desierto lo ha convertido en soldado como a todos los demás varones entre los quince y los sesenta, y por qué lo han encuadrado en una falange ligera: se preparan para una larga guerra sin cuartel. Aquel ejército sin enemigos ahora tiene una razón de ser. Cuando ha muerto Moisés le ha sucedido Josué al mando del Ejército, y este los ha advertido que la guerra será muy larga y sangrienta, y que en ella no se harán prisioneros. Son pocos comparados con los cananeos, y solamente por la crueldad podrán doblegar la voluntad de ese pueblo poderoso y apropiarse de sus ciudades. Aquella es la tierra prometida, aunque antes habrán de expulsar de su ámbito a sus moradores… o exterminarlos. Los ancianos y los sacerdotes lo corroboran, afirmando que es la voluntad de Dios, y la tropa lo ha vitoreado, sedienta de guerra y de sangre.

Pero no; no es una guerra de conquista, sino de exterminio. Se entra en las aldeas y las ciudades y se mata a todo cuanto vive, apenas dejando uno o dos habitantes con vida para que informen a otras ciudades de lo que los espera si antes no abandonan sus casas y huyen: no hay prisioneros, ni soldados ni civiles, ni adultos ni ancianos ni niños. Ni siquiera ganado.

Eso exactamente sucede en Jericó. Los sacerdotes y las mujeres, acompañados del grueso del ejército, han pasado días distrayendo la atención de los escasos guardianes llevando el Arca en procesión en torno a las inexpugnables murallas, ahora cerradas a cal y canto ante tan poderosa fuerza, haciendo sonar sus panderos, címbalos y trompetas. Pretenden que aquel aparente desvarío se convierta en una atracción y se relajen los defensores. Es una larga maniobra de diversión perfectamente orquestada por Josué, facilitando que algunos abirúes de los más aguerridos se infiltren en la ciudad y, derrotando a quienes velan por la seguridad de las puertas, franqueen el paso al Ejército. Lo consiguen después de varios días, y en pleno, a sangre y fuego, irruye la tropa en la ciudad. No ha resultado difícil vencer a los escasos soldados que la defendían: tan confiados estaban en sus sólidas murallas. Pero entonces comienza la matanza, el verdadero rostro de esta guerra impiadosa. Los abirúes son fieras crueles, y unos se alientan a otros ocultando lo que sienten o acallando sus emociones con gritos terribles y animalescos y una furia infernal. Casa por casa entran y asesinan sin misericordia cuanto tiene vida: ancianos, mujeres…, niños. Matar niños le causa terror, y no puede hacerlo; de alguna manera sabe que no debe hacerlo, que no quiere hacerlo. Pero le exigen que lo haga. Desobedece y se va, sabiendo que alguien después de él no tendrá reparos de conciencia.

Huele a muerte, huele a crimen, huele a humanidad. Los sabios y sacerdotes dicen que Dios lo quiere, que Yahvé lo quiere. ¿Quién es él, un insignificante abirú, para negar los deseos de Dios, el Omnipotente?…; pero no puede. El trabajo de la infantería ligera es el más sucio, el que apaga la vida enemiga cara a cara, mirándolos a los ojos y sintiendo el pavor de las víctimas indefensas. Los demás abirúes se complacen en ello, haciéndolo parecer distinto, tal vez cobarde.

Arrasada la ciudad después de la matanza, durante siete días la tropa acampa en las afueras, lejos de donde la población civil se ha establecido, mientras quienes no han participado en el combate saquean los escombros y se apropian de las riquezas de sus víctimas: los ancianos, las mujeres, los niños, la guardia abirú que no se ha manchado de sangre. Pero él, ellos, quienes han llevado a cabo la masacre, no pueden. No; ellos están impuros. Seguramente no es solamente por eso. Tiene la certeza de que es así porque también precisan limpiar su alma del terror vivido, espiar su crimen o ensalzarlo al solio de la proeza, tal y como intentan convertirlo los sacerdotes y los oficiales, quienes no cesan de arengarlos en que han obrado correctamente.

A pesar de ello, hay algunos abirúes que no han resistido tanto horror y perversidad, y se han dado muerte a sí mismos. La consternación ha sido más grande que su fortaleza. Por eso todos los desprecian, incluso sus parientes más inmediatos, quienes se niegan a darlos sepultura, abandonando sus cuerpos a merced de los carroñeros del desierto. Él, sin embargo, los entiende; también a él se le pasó por las mientes quitarse la vida. El abirú mata cara a cara, a espada de hoz, impiadosamente. Huele el miedo de la víctima, huele su transpiración, le mira a los ojos mientras lo degüella o lo abre en canal de un tajo con su espada de bronce, arrancándolo la vida de cuajo. La sangre que le salpica es como un estigma de insoportable perversidad que cae, no sobre la coraza de cuero o la túnica, sino sobre el alma, si es que tienen alma, porque ya lo duda. No lo entiende, pero los demás camaradas matan eufóricos, y se siente extraño. ¿Por qué no goza como ellos?…

Siete días de reflexión y rezos para asimilar sus tinieblas. Desea imperiosamente estar con su esposa, con su niño, apagar en su seno y con sus afectos esta ansiedad que lo consume, estos espectros que lo acosan desde las sombras mientras enjuaga su piel de sangre enemiga. Reza no por fe, sino amparándose en lo que no comprende para soportar el horror de sus certezas y darle algún sentido a la barbarie; pero nadie responde a sus fervorosas plegarias, quién sabe si porque Dios está enojado con él por su cobardía o su pusilanimidad. Tiene miedo a la soledad, tiene la sensación de ser un hombre solo en un orden carnicero que le es ajeno; pero sabe que tiene que continuar porque si los demás aceptan la matanza como designio divino, es porque ha de ser así. Lo dice Dios, lo dicen los sacerdotes, lo dicen los sabios y los oficiales, lo dice Josué y lo dice ese brutal camarada que tanto disfruta matando, especialmente cuando asesina niños.

Lo ha visto poseer a las niñas antes de ejecutarlas. Las prefiere a las mujeres, no entiende por qué. Después de servirse de ellas, las mata lentamente. A veces, incluso, las ha poseído después de asesinarlas con horrorosa saña, recreándose en su maldad. Lo odia porque representa lo peor y lo más perverso de la condición humana, del género maldito al que pertenece, del pueblo del que es parte. Incluso semejante bruto se ha permitido desacreditarle, señalándolo con el dedo como cobarde. Sabe que es verdad: si la valentía y el heroísmo es matar inocentes con tal salvajismo, se confiesa asustadizo. Sin embargo, su flaqueza ha de ser mayor de lo que calcula porque niega las acusaciones, avergonzándose de no haber igualado en barbarie a sus correligionarios.

En el campamento de Gilgal, apenas llegan los abirúes que han sido purificados, reciben instrucciones de prepararse para tomar la ciudad de Aí. La sola idea de acometer enseguida otra matanza lo hunde en una desesperación íntima, porque no se cree capaz de soportarlo. Algunos compañeros se han ido a las tiendas a llorar a solas; otros, en confidencia, le han dicho que temen acostumbrarse a la sangre y encontrarle el placer, cosa que terminará sucediendo si la situación se mantiene y no mueren antes. Los demás, parece que ya se han acostumbrado porque vitorean la noticia blandiendo sus espadas de hoz o sus lanzas a lo alto. Pero él ha sentido que las palabras de aquellos, los temerosos o los prudentes, eran también las suyas, y percibe la imperiosa necesidad de estar solo para encajar la noticia. No quiere mostrarse débil ante su esposa, quien admira el arrojo de los abirúes y ama sus hazañas, y con una excusa torpe, diciéndole que precisa un día o dos más de purificación, se ha retirado a solas a un alto desde el que se puede contemplar casi todo el Mar Muerto, no tiene por cierto si con la intención de desertar, la de suicidarse o la de implorar fuerza a los cielos para que aquella sangre inocente que derrama no caiga sobre su alma.

Toma asiento sobre unas rocas desde las que se domina buena parte de ese mar sin vida, y se prepara para hacer noche. Es una imagen en la que se place, porque así siente su alma: muerte, desolación, ausencia de porvenir. Sin embargo, pronto la soledad lo abruma y, cuando se hace noche cerrada, le entra a saco un cerval pánico que no comprende, aprensión de que desde las tinieblas que lo circundan le ataquen los espíritus de aquellos inocentes a quienes arrebató su existencia, porque nada podrá el bronce de su espada de hoz contra lo impalpable. El viento parece arrastrar aquellas voces, repetir aquellos gritos cuando se estrecha y golpea las afiladas aristas de las rocas. Por un momento le parece estar no en la antesala del infierno que es el mundo, sino en su corazón mismo, en lo más siniestro del inframundo. El viento ulula ahora con más fuerza, rizándose en los farallones de roca y lanzando contra él una fina lluvia de arena como una lapidación testimonial. La conciencia también alza su voz y lo acusa, ora de sus crímenes, ora de no ser sumiso y obediente a la voluntad de Dios; ¿quién es él para cuestionarlo ni para entender cómo se gobierna el mundo o se construye una nación?…

Está aterrorizado, siente espanto y, huyendo de sí mismo, regresa apresuradamente a Gilgal; pero cuando llega no está su esposa en la tienda. El niño está solo y profundamente dormido. Lo besa en la frente, deja sus armas y su coraza de cuero, y sale a buscarla. No sabe por dónde comenzar, y se asoma a otras tiendas en las que hay gentes despiertas, pero no la encuentra. Piensa que puede haber bajado al río a por agua, y se desplaza hasta allí. Busca, sube, baja, no sin preocupación, hasta que entre la espesura escucha unos ruidos que parecen bisbiseos. No sabe si son enemigos y, con sigilo de fiera, se agazapa y avanza hacia ellos. Tal vez con este valor se redima y así proteja a los suyos, porque quizás los adversarios hayan aprendido de sus técnicas de combate y sepan ya atacar cuando el rival está desprevenido o durmiendo. Sin embargo, no son enemigos; ¿o sí lo son?… Es Jezabel, su esposa, quien fieramente parece luchar con su peor enemigo, con aquél a quien tanto odia por disfrutar arrebatando lo más acendrado de aquellos a quien despiadadamente asesina.

Una ola de sangre le viene a la cabeza, un dolor insoportable lo empuja desde el pecho a levantarse y descubrirse, lanzándose como una fiera sobre él para darle muerte con su cuchillo; pero su enemigo hace a Jezabel a un lado con agilidad y, rodando sobre el suelo, saca a su vez su puñal y lo lanza con tal acierto que se lo hunde en el vientre, deteniendo en seco su carrera. Trastabilla y cae de hinojos mientras su adversario se incorpora, toma su espada de hoz que está en el suelo y avanza hacia él.

Jezabel ha quedado confusa, sorprendida, inmóvil. Le mira, se miran, pero hay un momento de silencio duro, con su parte de culpas y su parte de miedo. Parece que va a hablar, a pedirle a su amante que se detenga y respete la vida de su esposo; pero escupe un «¡Mátale!» que le hiere tanto como el chuchillo que tiene hundido en el abdomen, porque además lo ha pronunciado blandiendo una sonrisa socarrona y morbosa. Quiere ver cómo se extingue un hombre, aunque sea el suyo. Se intuye su excitación. El amante mira al herido y parece que también se complace en su sufrimiento. Levanta la espada, lo mira desde el centro de su semblante animalesco y, entre el hirsuto follaje de la poblada barba, asoman las estrellas de sus dientes marcando diablesca sonrisa, al tiempo que descarga un fenomenal golpe de la espada con ambas manos; pero ha sido muy cuidadoso de que el tajo no sea mortal. Prefiere algo más complaciente para su naturaleza y la de Jezabel.

El hombre, herido de muerte, lanza una mirada desesperada a su compañera y le tiende la mano en agónica súplica de un ya inútil auxilio; pero ella, sin apartar sus ojos de él, parece recrearse, excitada en su agonía o en el rebullir de la sangre que a borbotones cae del muñón de su brazo y del tajo que le abre el hombro hasta casi el pecho. Con doliente calma y ojos chispeantes, Jezabel se pone en pie, le pide al bruto que tome a su esposo y que lo arrastre hasta un poco más abajo del río, donde hay unas peñas junto a una catarata. El feroz salvaje obedece cómplicemente, porque le satisface el juego. Las naturalezas de ambos se han identificado. No se estremece la cálida noche; los grillos cantan, titilan las estrellas en lo alto, la luna blanquea con su luz el lecho del río. Contrastan las risas de los amantes con su sufrimiento. Es arrastrado por el bruto hasta las rocas que hay junto a la cascada, y es abandonado a su suerte, aún con vida.

Jezabel, riendo en complicidad con el verdugo, se distancia un poco, no mucho. La luna derrama una blancura casi fantasmal, confiriendo al paisaje un aura de pesadilla. Así debe sobrevenir la muerte. Están a unos metros de él nada más, y los tres pueden verse con claridad. Han sido muy cuidadosos los amantes para que así sea. Jezabel, complaciéndose en su morbosidad, comienza a desnudarse lentamente sin apartar los ojos de su esposo, mientras hace que su amante la acaricie, que juegue con sus senos, que hunda sus dedos en su ser. Finalmente, presa de una excitación que la enloquece, le desnuda al salvaje y, gozándose en el último aliento de su esposo, quien ya no puede verlos porque los ojos se le han anegado de lágrimas, se tiende en el suelo y se entrega a su amante con fervorosa pasión.

En un último y desesperado esfuerzo, el hombre trata de gritar; pero le fracasa la voluntad y le abandonan las fuerzas, descomponiéndose definitivamente su naturaleza. La luna, espléndida, calla y blanquea la negritud. El viento ulula, rizando el agua del río y arrastrando algunas gotitas; también arranca la última lágrima que surcó su ahora yerta mejilla, uniéndose también su voz al coro de voces y llantos que, fundidos en el vendaval, vagan por la oscuridad de la noche eterna. Negritud, soledad: nadie más.

Esta narración breve pertenece a la obra “Lemniscata”, finalista del Premio Planeta 2008. http://www.angelruizcediel.es/obras/destacados/lemniscata/

Publica un comentario

PROTECCIÓN DE DATOS: De conformidad con lo dispuesto en las normativas vigentes en protección de datos personales, el Reglamento (UE) 2016/679 de 27 de abril de 2016 (GDPR) y la Ley Orgánica (ES) 15/1999 de 13 de diciembre (LOPD), le informamos que los datos personales y dirección de correo electrónico, recabados del propio interesado o de fuentes públicas, serán tratados bajo la responsabilidad de ÁNGEL RUIZ CEDIEL para el envío de comunicaciones sobre nuestros productos, y se conservarán mientras exista un interés mutuo para ello. Los datos no serán comunicados a terceros, salvo obligación legal. Le informamos que puede ejercer los derechos de acceso, rectificación, portabilidad y supresión de sus datos y los de limitación y oposición a su tratamiento enviando un mensaje al correo electrónico a la dirección: arc@angelruizcediel.es