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El Gran Juego Artículo

Para entender cómo funciona el mundo es preciso considerarlo como un juego político de mesa: es el Gran Juego. Aunque en tiempos más modernos fue John Le Carré quien apuntó que «la delincuencia hoy es tan importante que no se la puede dejar en manos de los delincuentes», las primeras bases del Gran Juego tal y como es en la actualidad se asientan en los principios que Maquiavelo estableció en El Príncipe, obra inspirada en Fernando de Aragón y escrita durante el cautiverio del autor en San Casciano, donde fue encarcelado por orden de los Médici.

El Gran Juego tiene las mismas virtudes y parecidas reglas que cualquier juego de mesa sobre estrategia, ya sea económica (Monopoly) o ya militar (Risk, Carcasone, etc.). Consta de un tablero —el mundo—, de unos jugadores —tantos como tienen alguna parcela de poder económico y/o político— y se juega con las fichas que cada jugador dispone. El juego consiste en que cada jugador debe conservar las fichas que tiene y hacer lo necesario para apropiarse de las fichas de sus rivales.

En este juego, como en todos, hay divisiones o categorías, un poco a modo de liguilla. Se comienza por la base —denominémosla División Regional, que son medianas empresas, pequeños bancos, cargos públicos locales y algunas sectas—; se continúa, si el jugador ha prosperado lo suficiente, con las Divisiones Nacionales, siendo la más baja de ellas, la Tercera División —que contempla los gobiernos autonómicos, los bancos medianos y las grandes empresas nacionales—; se prosigue, si el jugador es lo bastante bueno y le sonríe la fortuna, con la Segunda División —que vienen a ser los gobiernos nacionales, las multinacionales, los grandes bancos y las religiones de segundo orden—, y los jugadores llegan por fin, si su habilidad es muy grande, su falta de escrúpulos es sobresaliente y su ambición muy desmedida, a la Primera División —que viene a estar integrada por los gobiernos de las grandes potencias, de las macronaciones, las Bancas y Reservas Nacionales, las cuatro o cinco supermultinacionales y las grandes religiones tradicionales—.

Adonde nunca puede llegar un jugador es a la División de Honor. Esta está reservada a los dueños del tablero, y son los que ponen las reglas y marcan los controles. Los dueños del tablero tienen sus rivalidades y enfrentamientos, pero estos son privativamente suyos y nunca, bajo ningún concepto, se hacen públicos o intervienen los de las Divisiones inferiores, ni siquiera los de la Primera División. Como los antiguos dioses, son iracundos, caprichosos, celosos y con frecuencia compiten entre sí por implantar sus deseos o su manera de controlar el mundo, a cuya causa debe achacársela los vaivenes de la Historia. Han gobernado el Gran Juego desde siempre y hasta siempre lo estarán lo haciendo porque el mundo es suyo. Para conservar su Poder y sellarlo a los demás, usan estrategias erráticas, difíciles de seguir, y, según en qué épocas, usan leyes cambiantes y elementos reguladores disímiles. Por ejemplo, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, en unos pocos años y en vista de que controlar todo el mundo ya les era posible, establecieron una política de vasos comunicantes que consistió en la creación simultánea de los supraorganismos internacionales que aparentemente no dependen de nadie: ONU, OTAN, FMI, OMC, OIT, JPL, TPI, etc.

Como decía, para sentarse a la mesa y participar en el Gran Juego hay que disponer de algunas fichas. El acceso en la base —División Regional— es más o menos libre si se tiene algunas fichas con valor. Las fichas se obtienen controlando a los opositores para hacerse con su poder o contando con un mecenazgo de alguien que lo tiene. Una ficha, por ejemplo, es controlar la voluntad de un número de votantes o de los miembros de la comisión del partido que elige a los candidatos a cargo público o similar. Si el jugador se gana la confianza de alguien con más poder o la captura mediante información personal muy confidencial y comprometida, se puede considerar que ya tiene una ficha, que es decir que va a poder llegar a ostentar un cargo público que le servirá a ese alguien que le ha respaldado o que podrá utilizar para ascender a categorías superiores si ese alguien de quien tiene la ficha es lo bastante poderoso y tiene acceso a esa instancia superior.

La corrupción aquí juega un papel fundamental porque esta es la base de la democracia. Lo mismo da que un político sea corrupto y que alguien se haga con su ficha consiguiendo pruebas de sus delitos, como que se le obligue a corromperse por dinero, sexo, drogas u otros vicios para mediante estas trampas conseguir pruebas que le conviertan en una ficha. Cuando se dispone de las pruebas que pueden encarcelarle o destruirle, se es propietario de su voluntad —se tiene su ficha— y este estará obligado a hacer lo que se le diga, so pena de ser enviado a prisión o al suicidio.

Así, el jugador que se hace con fichas más valiosas crece y va ascendiendo a más altas Divisiones, pero siempre considerando que hay otros jugadores que tienen «su» ficha, y que consecuentemente está obligado a obedecer para no ser destruido o eliminado del juego. Se trata siempre del equilibrio entre débitos y haberes, y el jugador avispado ha de ser capaz de conseguir una ficha de mayor valor sobre el propietario de quien tiene «su» ficha, a fin de liberarse y convertir a su dueño en esclavo. Estas son las reglas generales entre jugadores del Gran Juego, por supuesto todos sometidos a las órdenes de los supraorganismos reguladores del juego que dependen de la División de Honor, actuando como correas de transmisión para implantar las normas que les dicten aquellos en las sociedades que gobiernan los jugadores, y a quienes deben obedecer o sí o sí, o serán destruidos. Nadie puede participar en este juego si otro no tiene su ficha, salvo el que está en la cumbre de la pirámide.

Entendiendo esto es fácil comprender la deriva de la Historia y cómo funciona el mundo. Las grandes potencias disponen de auténticas organizaciones de sicarios dedicados en tiempo completo a corromper políticos de Divisiones inferiores para obtener nuevas fichas. Lo mismo ofrecen enjundiosos beneficios (comisiones, sobornos) que someterán a los países que estos gobiernan, o que utilizarán métodos más delicados, como sexo infantil u otras perversiones para obtener lo mismo. A quienes tanto les da sus países no tendrán ningún empacho en venderse y venderlos sometiéndolos a deudas imposibles de ser satisfechas, si al menos ellos se lo pasan como reyes. Quienes tienen escrúpulos o se resisten a corromperse, serán destruidos ellos, o ellos y sus países, sin el menor miramiento. Véase lo sucedido en Yugoslavia, Oriente Medio (Irak, Irán, Siria, Líbano, etc.), en Latinoamérica o en los países de ex influencia soviética.

Al Poder le da lo mismo una guerra civil que un conflicto multilateral que acabe con millones de vidas. No son relevantes en el Gran Juego. Cuentan las fichas, no las vidas humanas, sus sentimientos o emociones. Las personas son nada más que la manada, su ganado, su propiedad, aquello que pretenden que les sirva y les genere riqueza, bienestar y, sobre todo, más Poder.

Si se repara en cómo fueron eliminados jugadores del Caso Gürtel, por ejemplo, y de qué modo fueron jugándose otras fichas para dar imagen de regeneración, se comprenderán los más 17 «suicidios» o «muertes extrañas» que se produjeron hasta las primeras condenas, cómo aparecieron Podemos y CDs tan oportunamente mientras se destruían a sí mismos PP y PSOE, y hasta cómo aparecieron en el juego, oportunamente, las fichas de la corrupción de los Pujol, la ficha de la corrupción del expresidente de la Comunidad de Madrid, la del video de la expresidenta madrileña robando en un supermercado, la de los Papeles de Bárcenas y tantas otras, incluida la de las cuentas del Rey Emérito que tanto recuerdan a las cuentas de El Gran Capitán. El objetivo de todo esto no es ninguna regeneración, sino que ha sido decretada por la División de Honor la desaparición de España. Lo crean o no, tanto Cataluña como el País Vasco, Galicia, Baleares, Canarias y Valencia dejarán de ser parte integral de España en un horizonte máximo de dos años, veremos si con guerra civil o sin ella. Actualmente, porque desde la División de Honor así se ha decretado, tenemos un presidente que nadie ha votado y España es ya un Estado fallido que no puede imponer la ley en el ámbito de su territorio.

¿Por qué?… Si damos un paso de esa Segunda División y ascendemos a la Primera, pues encontramos más de lo mismo. EEUU es una gran potencia que juega en la Primera División (no en la División de Honor) y ha puesto a un aparente loco a su cabeza, lo cual es bastante peligroso pero intimidatorio porque puede hacer cualquier desastre. La característica principal de los EEUU es que se trata de un Ejército superpotente que tiene un país, y este país a lo largo de su corta Historia solo ha vivido de y para la guerra y su industria militar. Solamente un par de datos para constatar esta afirmación: 222 años en guerra frente a los 229 que tiene como país independiente, durante los cuales ha invadido de un modo u otro 120 países temporal o definitivamente. Genocidio indio aparte. Su negocio, en fin, no son los coches, ni la electrónica o los cacahuetes: es la guerra. Para nada les interesa un mundo en paz, porque representaría su ruina. De ahí su cine, su literatura, su publicidad, sus sistemas de competitividad…

«En Política nada ocurre por casualidad. Cada vez que un acontecimiento surge, se puede estar seguro de que fue previsto para llevarse a cabo de esa manera», decía Franklin Delano Roosevelt, y se puede asegurar que, por jugar en la Primera División y ser masón de grado 33, sabía de lo que hablaba. Esto, añadido a la célebre frase de John Le Carré de que «la delincuencia es ya demasiado importante como para dejarla en manos de los delincuentes», no es sino una constatación de qué va el Gran Juego.

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