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Sínodus horrenda Artículo

A los faraones malditos —vaya usted a saber por qué y con qué justicia fueron tachados de tales— sus sucesores los borraban los nombres de los cartuchos grabados en pirámides y estelas y quemaban los archivos de sus obras. Sus periodos de regencia, con esos actos, hoy son nada más que vacíos de Historia, como ese pedazo de piedra cincelada a golpe de maza y cortafrío cercada por escritura grandilocuente que ha quedado como único testimonio.

A Franco, sus detractores le han condenado sin juicio ni condena legal como maldito y quieren borrarle de la Historia para reescribirla de otro modo y ganar la guerra que perdieron hace ochenta años. Con ello le arrojan y nos arrojan a otro vacío de nuestro devenir como con ese mismo vacío nos dejaron en las aulas porque la cosa de la Guerra y la Dictadura nunca entraban en el programa. Como siempre, la Historia la escriben los vencedores —aunque sea a título póstumo y desde la cobardía de la segura barrera—, haciendo bueno los archiconocidos versos de Benedetti: «Sé qué polvos trajeron estos lodos/ pero saberlo no es la mejor suerte. / Inventaré quién sos, de todos modos / inventarte es mi forma de quererte.»

Cosa lamentable, por otra parte, que deban concurrir en la vereda del amor quienes tienen la necesidad del rencor y la revancha hacia quien ya ni siquiera puede defenderse. Pero, en fin, es la forma habitual de proceder de los progres que crecieron a la sombra y bonanza de precisamente esa misma denostada dictadura. Jalean las horas caducas, de las que tanto podríamos aprender, para reabrir heridas cicatrizadas en el alma de de todos. Y los ignorantes, esos que antes de este despropósito confesaban en entrevistas televisivas que Franco fue un jugador de fútbol o un escritor o desatinos por el estilo, caen en la trampa alborozados por semejante cobardía. Lo cierto, en cualquier caso, es que fuera de los ámbitos estrictísimos de los eruditos en Historia —y aún en esto con ciertas reservas—, ni siquiera entre miembros de la misma familia se puede tocar ya el tema sin que la sangre llegue al río. Dicho de otro modo: no está curada la enfermedad de la que no se puede hablar con serenidad y sin encono.

La Guerra Civil, como queda dicho en mi artículo precedente «España, sin más remedio», nunca terminó del todo y no lo hará jamás por la vereda que transitan los irresponsables políticos estos que usan tan mezquinas herramientas con fines electoralistas. Son las dos Españas siempre vigentes, las que ni saben ni quieren convivir la una con la otra, las que nuevamente se enfrentan por esto, avivando ascuas que eran ya apenas sombrías cenizas. Los historiadores también se dividen entre los que ansían el linchamiento y los que invocan el estudio sin olvido, pero casi todos coinciden en que la República fue en realidad un estado de preguerra alentado por todos y en la que todos deseaban imponer su verdad por la fuerza de las armas. ¿Qué hubiera sucedido si hubiera ganado aquella contienda la República, y quién podría jurar que habría sido eso y no otra cosa? ¿Acaso hubiera derivado la nación en un estado bolchevique al estilo stalinista con resultados parecidos a lo que este supuso?… Los que estudiamos Historia sabemos que la Guerra Civil fue el choque entre los dos liberalismos sociales de su época —además de una crudelísima venganza generalizada en la se limaron muchas deudas personales pendientes—, y quizás, por serlo así, el preludio y el ensayo general de la que a su fin envolvería al mundo en un abrazo tenebroso.

Hay quienes quieren expulsar a Franco de su pirámide de Keops (o Cuelgamuros), y quienes quieren que permanezca en su mausoleo por los tiempos; pero ignoramos cuántos lo desean por sí mismos, cuántos por moda impuesta por ciertos medios o cuántos por simple resentimiento ante quien ya no puede defenderse (por ahí andan libres de culpas afamados torturadores y asesinos sin que nadie se estremezca). El martillo y el cincel, en cualquier caso, están listos para excavar por parte de media España este espacio de nuestra Historia común, quién sabe si ahora demonizando a un hombre que se sostuvo con el respaldo de la otra media España que, quién sabe si en un próximo futuro, restituya su nombre en los cartuchos. Hoy, ya vemos que ni siquiera los tratados nacionales o internacionales firmados hay que cumplirlos por mucho tiempo: basta con que un Trump cualquiera con el suficiente coraje o desprecio alcance el poder como para poder hacerlo, o que cualquier pelagatos se nombre a sí mismo presidente o se imponga mediante truculencias que no exigen el respaldo de los votantes.

Ni quito ni pongo rey. Creo que los pueblos deben escribir su propia Historia, y que la que se escribió durante la Guerra Civil y la Dictadura es tan Historia como la de cualquier otro periodo. No hubo menos saña con los vencidos que lucharon por su tierra en los tiempos de los romanos, y no borramos los nombres de aquellos generales y centuriones de sus cartuchos de los libros de Historia; y tampoco la hubo menor con los cartagineses, los árabes o en los mismos reinos cristianos hasta nuestros días. Páginas tenemos para el orgullo y para la vergüenza, y se trata de aprender de ambas para saber qué material nos conforma y qué lodos se alearon para formar el barro que nos constituye. Quien no aprende de su Historia, después de todo, está condenado a repetirla, y esta es una de las lecciones que se aprenden precisamente en esos renglones del pasado, si es que alguien, con martillo y cincel, no borra antes esos cartuchos. No existía la extrema derecha y ya la tenemos vital y combativa engrosando sus filas sociales a costa de estos dementes, y también sabemos que si alcanzara la masa crítica volveremos nuevamente a las andadas. Pero ellos no han regresado por su propio pie, sino que Sánchez y los suyos los han traído a hombros de su estulticia supina.

Me sorprende que no les baste a los detractores de Franco con mostrarle donde está como víctima de sus delirios de grandeza, como me inquieta que les moleste a quienes se han manifestado ateos o agnósticos que se hiciera enterrar en una basílica. Está muerto, después de todo, se le deje o se le lleve a otro lugar, y nadie podrá cambiar eso o llenarle de ignominia o vengarse en un cadáver de cualquier cosa que hiciera cuando estuvo vivo. Dinamitar el Valle de los Caídos, o Cuelgamuros tal y como proponen algunos estúpidos, sería un poco lo mismo, sustituyendo el cincel y el martillo por un poco de dinamita. En todo caso, un logro enorme para los ateos y una victoria para los idiotas.

Esto de Franco me recuerda mucho al Synodus Horrenda o Juicio del Cadáver incoado contra el papa Formoso. Tal vez aquel esperpento sirviera de mucho para sosegar la conciencia de Esteban VI (y ahora a nuestro dudoso autoimpuesto presidente don Narciso —perdón, Sánchez—), pero el ridículo que hizo aquel (y este), visto desde la página de la Historia en que estamos (o de nuestros días), no puede ser más espantoso. Estamos haciendo exactamente lo mismo, ejecutado por alguien de muy dudosas intenciones. Remover un cadáver de su sepulcro para llevarlo a otro lugar es un hecho tan repugnante como cobarde (ni siquiera Franco ha sido condenado por ningún delito ni por ningún tribunal): desgraciadamente las páginas ignominiosas son muy abundantes en nuestro devenir como especie y no podemos borrarlas todas porque nos quedaríamos sin Historia, pues que en todas las épocas y en todos los imperios hubo sus Calígulas y sus Nerones, sus Alejandros y sus Napoleones. También la democracia nos trajo a Hitler y a Mussolini, y no por eso se demoniza a los que votan.

Lo malo no es la Historia, sino algunos hombres con presumibles demencias enfermizas. Especialmente estos que por afán desmedido de poder y protagonismo, o por simple megalomanía psicótica, están dispuestos a cualquier cosa. Y podemos esperar mucho más, todo lo más (incluso lo inconfesable) por permanecer en el poder. Los peores de todos los dictadores son los cobardes, aunque voten y vistan de Armani (a costa del Estado). Ya lo dije hace mucho, cuando este caballerete llegó a La Moncloa a trasmano, y me reafirmo.

 

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