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España, sin más remedio Artículo

El mayor problema que se tiene para hablar de España es poder definir a España. Cosa que teníamos claro en la escuela los chicos de entonces, los que hoy saltamos de los cincuenta, pero que es tan difícil de entender para los jóvenes de hoy. En según cuáles de las diferentes comunidades autónomas que conforman la nación, esta varía conceptualmente de una cosa a otra, y hasta la Historia que se enseña en sus aulas escolares o universitarias a veces nada tiene que ver.

Que España se conformó a golpe de imposición es algo fuera de toda duda, porque así se consolidaron todos los Estados del planeta. No vale decir que los Reyes Católicos impusieron o dejaron de imponer, porque es lo mismo que sucedió en la formación de todos los Estados, que el que marcó el territorio de su dominio era el que más fuerza tenía y la hacía valer.

Quienes recibimos nuestra primera instrucción durante la Dictadura, fuimos de-formados ideológicamente sobre el yunque de la patria con la maza de mil hermosos aforismos y tal cantidad de épicas églogas que aún nos resuenan en las meninges. Cosa ni buena ni mala, sino que era lo que había, y por entonces nos instruyeron sobre un Imperio en el que creíamos, acerca del significado de una bandera que era de todos, en los porqués de una raza que había dejado su impronta en el mundo, en el heroísmo secular hispano y en el noble carácter de todos españoles. Claro que enseguida, apenas crecimos un poco, supimos que el tal Imperio debía ser el de la pelagra porque carecíamos de todo y nadie o casi nadie nos tomaba en cuenta para casi nada, y, mucho menos, en serio; que éramos un país supuestamente orgulloso, con mucha Historia y mucho heroísmo, pero arrodillado sin pudor ante el verdadero Imperio de su tiempo, EEUU; que la bandera y la patria era solamente de algunos y que la mitad de los españoles odiaba tan cervalmente a la otra mitad que nadie sabía determinar por qué, por más que lleváramos siglos haciéndolo.

¡Ah, la patria! Cuando Eneas acuñó este término, hizo un pan como unas hostias. La España oficial de mi época, según el Estado, era únicamente la mitad que pensaba como ellos, porque la otra mitad eran demonios, excrecencias, vergüenza de Dios y cuanto otro ofensivo epíteto se les pasara por las mientes. Lo curioso es que desde la otra España, la derrotada, se pensaba exactamente igual, aunque justamente al contrario.

Pero, en fin, se crece, y esto, cuando se habla de España, puede ser peligroso. Sí, peligroso porque para nuestro desencantamiento comenzamos a descubrir que casi nada de lo que nos habían enseñado era cierto: nos ocultaron lo que al poder de turno le interesó, enmascarando tras de una pátina de heroísmo lo que fue simple lucha por la supervivencia de aquellos españoles ante el abandono a su suerte por parte de los poderes patrios —verbigracia, la tropa de las Guerras de África, Filipinas o Cuba—, además de mostrarnos como modelos de desprendimiento nacional a multitud de ellos que no lo eran tanto, sino simples indecisos o mercenarios. Así fueron Indíbil y Mandomio, que lo mismo luchaban con cartagineses que con romanos, o El Cid, quien ponía su espada al servicio de quien le pagara lo bastante siempre que no fuera el adversario su rey, a quien gran e incomprendida lealtad le profesaba.

La enseñanza de nuestra época, desde luego, estaba basada en la ocultación y la impostura interesada. No; nada de lo que nos habían enseñado parecía ser completamente verdad y los principios patrios insertados a golpe de palo, penitencia y suspenso, comenzaron a descomponerse… en su disfavor. ¿Qué era verdaderamente España, si quienes debían descubrírnoslo no parecían saberlo u ocultaban hechos tan capitales?…

Poco a poco, a medida que crecimos y bebíamos de otras fuentes, supimos que desde el alba de los tiempos estuvimos peleando entre nosotros: los tartesos contra los íberos —y viceversa—, estos entre sí y contra los celtas —y viceversa—, y ambos contra cartagineses o romanos, según en qué momentos. Podríamos decir que lo mismo sucedió a partir de este instante, pero se mezclan tantísimo y tan seguido las sangres que la raza deja de serlo y deriva en mezcla, mezcolanza, atezamiento, crisol. Llegan los godos, visigodos, suevos, vándalos y mil tribus más del norte, y también se mestizan con los naturales tras las lógicas escabechinas; y arriban los árabes, moros, etc., y también se cruzan y entroncan con los peninsulares después de mucho arrasar y mucha matanza. Mozárabes y cristianos se enzarzan en dura lid contra los musulmanes, sembrando muerte y destrucción por doquier y ligándose también; los reinos finalmente se funden, se aúna la sangre y se impone un orden férreo que haga soportable lo imposible de una convivencia entre rencorosos adversarios, derivando en las dos Españas y manteniendo sus purgas y sus campañas sangrientas. Hay Padillas, Bravos y Maldonados que, no siendo rojos ni progresistas, comienzan a encarnar a los rojos y progresistas en el Imperio naciente en el que jamás se pondrá el sol; gavilanes y palomas se suceden y enzarzan en una guerra soterrada con Erasmos y Nebrijas de fondo, con Cisneros y Duques de Alba, y con un trasfondo de hogueras inquisitoriales y clericalismos asociados al poder; hay muerte y sangre por doquier, tanto dentro de la península como a ambos lados del Atlántico y hasta más allá de los Pirineos, y heredan en plena decadencia el testigo ilustrados y carcundas, que, andando el tiempo, desembocarán los primeros en afrancesados para encarnarse después en progresistas, en marxistas, en rojos, en izquierdistas, entretanto los segundos se habrán sostenido en sus trece con muy poca evolución, dando únicamente en conservadores, y conservando —he aquí de dónde les viene el nombre— toda la sustancia y la herencia totalitaria y feudalista de sus predecesores y hasta sus sueños —o delirios— de orígenes divinos.

Las dos Españas fieramente consolidadas desde la noche de los tiempos, ya son irreconciliables. El enfrentamiento es ahora más visceral y resentido que nunca. Menudean las guerras civiles, los sexenios revolucionarios, la odio, la revancha… Pero es por mitades el fraccionamiento porque, de haber sido más fuerte una España que la otra, habría terminado con ella, extinguiéndola. La síntesis brota sola como la verdad más evidente: media España odia a muerte a la otra media. El peor adversario para un español es otro español: dos mil años de devenir historiografiado así lo atestiguan.

Y aquí estamos. Los tétricos patíbulos y los paredones aún están impregnados de sangre seca y las tenebrosas hogueras contra la herejía ideológica o social todavía desprenden un regusto a carne quemada porque nunca se apagaron del todo, sino que solamente perdieron fuelle en espera de tiempos más propicios en que de los rescoldos puedan aventarse y renacer de ellas nuevas y furibundas ascuas. El juego está en tablas, pero ¿hasta cuándo?… Izquierdas y derechas, influidos ahora por masonerías y otras sectas pretendidamente filantrópicas, la ilustración y el conocimiento de que en el ámbito internacional dependemos de terceros, nos ha frenado en aquellas ancestrales sangrías que nos producíamos; pero en el fondo el rencor late y continúan, ansiosas de nuevas vidas, las espadas en lo alto. Los que ahora dominan —liberales, izquierdistas—, son tan excluyentes como sus predecesores y no pierden oportunidad para reavivar su inquina y tomar venganza sobre quienes ahora no pueden defenderse. La paz o la concordia, sin la humillación o derrota de una España sobre la otra, no le interesa a nadie.

En la eterna dicotomía ancestral el presente se traviste de partidos multicolores que en realidad son destellos de dos antitéticos que brotan ufanos de los mismos odios: izquierdas y derechas, progresistas y carcundas, liberales todos. En una sola cosa todos los españoles están de acuerdo: desean el dolor y la extinción de sus rivales. Lo que uno haga, no importa lo que sea, le desagrada al otro solo porque lo ha hecho este, y viceversa; lo que perpetren los suyos, no importa que sea una aberración, un crimen o un latrocinio, santo y bueno. El patético espectáculo que nos ofrecen cada día nuestros patriotas nos informa de que nada de lo anterior ha vencido para siempre, tal vez porque siempre es mucho tiempo.

Y en este contexto arriban a nuestro presente con todo su fervor los enéacos nacionalismos de pureza de Rh, ocho o nueve apellidos y de Historias inventadas, blandiendo los pabellones añejos de pretéritos olvidados o inexistentes y los afanes de desmedidas egolatrías de sus líderes locales. No; no para establecer un espacio nacional conjunto, sino para afirmar como sus predecesores en la megalomanía «todo esto es mío y yo soy el rey», trayendo así nuevas víctimas al ancestral matadero patrio. La hoguera de las barbaridades se estaba extinguiendo y era preciso aventar las ascuas que abrasen a estas nuevas generaciones que parecen incapaces de comprender —a pesar de las crudelísimas lecciones de la Historia— que la única libertad posible para el hombre nace con él y que en vano es el nombre de la patria que le acoja o el color del pendón que ondee sobre su cabeza, porque si no se siente libre allá donde quiera que esté, jamás nadie podrá darle eso, sino, acaso, solamente una bandera que le sirva de mortaja. Muy pocos son los que han comprendido que cuando los dirigentes invocan el nombre de la patria es porque en el Gólgota de sus intereses ya han preparado las cruces y los clavos, y solamente esperan a las masas ignorantes para que con su inútil sacrificio dé comienzo el espectáculo.

Es lo que hay y así hay que aceptarlo: España, sin más remedio.

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