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Diagnosticar por los síntomas Artículo

Diagnosticar por los síntomas

 

El 19 de diciembre de 1973, durante la reunión que sostuvieron en Madrid Henry Kissinger y el almirante Carrero Blanco, el Presidente español fue advertido de que EEUU jamás aceptaría una España fuerte porque éramos una nación que históricamente, cuando lo ha sido, ha resultado ser extremadamente peligrosa. La afirmación, que lo tenía todo de amenaza ante el desarrollo e inminente inicio de las pruebas de las armas nucleares que España había desarrollado en el contexto de la Operación Isleño, fue el último intento de EEUU de no actuar expeditamente contra un aliado como España. Carrero Blanco se negó a la pretensión norteamericana, aludiendo al derecho soberano que nos asistía de escribir nuestra propia Historia, y Kissinger salió a toda prisa de España molesto e iracundo. El día siguiente a este encuentro, Carrero Blanco era asesinado en el contexto de la Operación Ogro, ejecutada por ETA y diseñada ya se puede suponer por quiénes.

Así funciona la Política Internacional: o los Estados tributarios se someten a los dictados de la potencia dominante, o son destruidos de un modo o de otro. Son los Estados tributarios que adquieren los bienes, expanden la cultura y defienden con su propia existencia, si es necesario, a su señor feudal: son su mercado. De cara al público, por supuesto, nada de todo esto ocurre, y hasta da la impresión de que la potencia dominante y sus «aliados» son excelentes amigos o colaboradores, si es que no socios de igual nivel frente a los intereses geoestratégicos propios de miembros pertenecientes al mismo grupo de intereses.

Acciones que, eventualmente, para ser llevadas a sus últimos extremos por la potencia dominante, necesitan imperiosamente disponer de mecanismos de seguridad insertados en lo más íntimo de los Estados que deben ser controlados. Entre estos, figuran como tales la corrupción, el endeudamiento de la nación, los suministros y diseño de sus ejércitos, el control de los insumos nacionales y, por supuesto, la incapacidad de sus dirigentes o la imposibilidad de estos de llevar a largo plazo planes que pudieran suponer una hoja de ruta que garantizara su independencia. Todo esto, sin ninguna duda, se alcanza con la democracia. Ningún dirigente podrá disponer de un horizonte mayor de unos pocos años, insuficientes siempre para el diseño de tal hoja de ruta o desarrollo de Estado, y siempre será factible, mediante la inyección de recursos y el apoyo o denostación de los medios de comunicación que controlan, de promocionar o destruir la reputación de aquel personaje optante al poder que sea de su interés. Eso, si es que no controlan mediante corrupciones personales a uno o muchos de los candidatos, que es decir los partidos políticos, y, en consecuencia, el Gobierno mismo de los Estados tributarios. Los votantes, al fin y al cabo, solamente pueden elegir de entre quienes se presentan, que no son más que seis u ocho candidatos con aspiraciones suficientes de alcanzar el poder, cosa nada difícil de lograr por quienes disponen de una potentísima maquinaria desarrollada con todos los recursos a este efecto exclusivo.

Cuando un Estado tributario no acepta las imposiciones del juego, es castigado un poco, como advertencia; mucho, como aviso; o se le destruye, si es que no queda más solución, para lo cual se dispone de una enorme batería de argumentos que, conveniente distribuidas y popularizadas por sus medios de comunicación («una mentira que se repite un millón de veces será aceptada como verdad por las masas», Joeseph Goëbbels), facilitará la invasión, el apoyo a facciones armadas contrarias al Estado tributario rebelde —indendentistas, segmentos raciales, movimientos de Liberación o simples grupos radicales extremos— o su aplastamiento mediante bloqueos económicos y aislamiento de aquellas otras naciones fieles que le proporcionan los insumos necesarios para su supervivencia. De ahí que la autarquía sea un principio fieramente combatido por los imperios de nuestro tiempo.

Entendiendo esto, no es difícil comprender la naturaleza de cuanto hoy sucede en España. Cuando no se puede saber con exactitud cuál es la enfermedad, basta con saber interpretar los síntomas.

Para mayor ilustración de cómo funcionan los hechos históricamente, recomiendo mi obra «Apolyon».

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