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«Escribir en España es llorar», dijo Larra antes de suicidarse. Históricamente, casi la totalidad de la responsabilidad de que una obra se publique o no recae sobre los editores, quienes deben conjugar su amor por la cultura con la rentabilidad de un negocio editorial que no tiene nada de filantrópico. Kipling, Stephen King, Rowling, Margaret Mitchel, James Joyce, Navokov, George Orwell, Agatha Christie, Marcel Proust, Ana Frank, William Faulkner, Idelfonso Falcones, Lobo Antunes, John le Carré y un sinfín de ellos, cuya relación sería interminable, podrían decir, y han dicho, mucho sobre ellos y sus «capacidades». Una cuestión que en España es aún más complicada si se considera lo que sí se publica, dado que no cuenta en absoluto la calidad del autor, sino el medio por el que el autor llega al editor. Más posibilidades tiene si lo hace a través de la política, la fama personal o un agente con influencia que si llega solo con una obra merecedora de figurar en los dorados renglones de la Historia.

Hoy escribe cualquiera: los requerimientos son nulos. Casi todo español va con una novela bajo el brazo, y a cada editorial llegan cada día miles de ellas con el ansia de convertirse en el best-seller de la temporada. Los editores, por supuesto, ni tienen tiempo ni ganas de leerlas, de modo que pasado un tiempo las devuelven acompañadas de una carta estándar con la negativa de publicarlas. Eso no significa que la obra sea mala aunque el editor lo afirmara osadamente, pero no es nada extraña la colosal proliferación de autores, dado que hoy cualquiera se considera cualificado no solo para escribir una novela, sino que su soberbia le hace creer que puede aspirar al Nóbel con ella. De hecho, hasta el presidente autoimpuesto Sánchez ha sido lo suficientemente pretencioso en su paranoica egolatría narcisista de publicar una obra (escrita por otro, faltaría más) poniéndose como modelo de estadista cuando en justicia sería corto su talento incluso para ser un mal pregonero. Para los editores todo eso es lo mismo, sabedores que lo suyo es el comercio y que los autores venden en virtud de su posición mediática. De hecho, la calidad no vende sin el respaldo de los medios y, si se atuvieran solamente a esta, los anaqueles de las librerías estarían vacíos. Quien publica una obra, hoy, llega al público no por su calidad sino por su visibilidad, porque la Literatura ha dejado de ser desde hace mucho tiempo una herramienta para la discusión filosófica (tal y como se proponía en su nacimiento allá por Quattrocento con la novella). El autor, en realidad, solo venderá a tantos como le conozcan, no importa si el texto es exquisito o un rebuzno colosal.

Al autor que pretende abrirse paso y llegar al gran público, en esta tesitura en que se tiene la certeza de que la literatura nunca fue más una lata de tomate y de que a los editores les importa únicamente lo que ellos creen pingües resultados pecuniarios, solamente le quedan tres caminos: hacerse visible utilizando las artes que sean —el escándalo, las Redes Sociales, la fama a cualquier precio, etc.—, conseguir el respaldo de alguien con mucha influencia en las editoriales —políticos con mucho poder, agentes literarios de reconocido prestigio o el padrinazgo de algún famoso consagrado que ya sea parte de la escudería de la editorial—, o buscarse la vida por sí mismo en autoedición, y que sea lo que Dios quiera. Toda una turba de empresas oportunistas sacamantecas ofrecen a estos últimos el monte y la maravilla, a costa de vaciarles los bolsillos con inútiles esperanzas y precios de locos.

Concurrir a premios o certámenes literarios es una apuesta inútil para los autores noveles que esperan conseguir la fama de un solo embate, porque estos son apuestas de márquetin de las editoriales para lanzar una obra con interés comercial para ellos o que ha sido subvencionada por el Estado para retribuir al autor por los servicios prestados, si es que no como respaldo de una oscura ingeniería social. Trampa, en fin. Sobre esto ya se ha hablado mucho de cómo Fraga organizó este tipo de certámenes multimillonarios para, con el respaldo y buen hacer de su espía Cela, atraer a los rojos irredentos al rebaño de la cordialidad con el Régimen. Todo esto hoy se ha reconvertido, pero el fondo y método sigue siendo el mismo.

En general, y solo con honrosas excepciones, la literatura hace al menos un siglo que dejó de ser cultura. Más allá de que hoy venda más libros un cocinero, un famoso o un presidente narcisista enloquecido, casi la generalidad de los autores contemporáneos no aportan gran cosa ni desde la óptica de la riqueza lingüística (la plástica, el continente) o la del debate social o filosófico (el fondo, el contenido). Son simples textos de escándalo, ocio o entretenimiento que por lo común ni entretienen ni enriquecen. De ahí que el cine esté fulminando a la literatura: al fin es más entretenido y no hay que estar días y días para tragarse lo mismo.

Todo el mundo tiene derecho a hacer lo que le venga en gana si este no aplasta o interfiere los de sus semejantes, escribir entre ello y hacerlo sobre lo que prefiera y como su talento le dé a entender. Sin embargo, debe medir muy mucho sus aspiraciones y posibilidades si no quiere sufrir innecesariamente por ello. Lo mejor para quien emprende esa aventura es que escriba por su propia satisfacción, si es que no dispone de algunos o todos los recursos que antes mencionaba, porque si espera que por sí mismo o por la calidad de su obra va a tener alguna oportunidad, sería bueno que tuviera preparada un arma, pruebe su buen funcionamiento en un pie primero, y siga después el ejemplo de John Kennedy Tool cuando se sintió fracasado porque todos los editores a los que ofreció La conjura de los necios la rechazaron.

Al fin y al cabo, como decía Cernuda corrigiendo a Larra, «Escribir en España no es llorar, sino morir.»

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