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Cultura mortal Artículo

Argumentos los hay para todo: para defender una cosa… y su contraria. Lamentable, pero cierto. Y en este contexto sorprende que, curiosamente impelido por fuerzas que a sí mismas se tildan de progresistas, las sociedades modernas hayan desarrollado la cultura de la muerte a la vez que claman por el sostenimiento de la vida de los más abyectos criminales.

Aborto y eutanasia son las banderas actuales de los progresistas, si es que eso implica algún tipo de progreso distinto del retorno a la animalidad más salvaje de la eugenesia. A lo primero, la ingeniería social lo ha convertido en un derecho legal, trivializando algo tan sagrado como la vida de la propia descendencia. Y esa misma ingeniería, yendo un paso más adelante, ahora trivializa la vida de las personas mayores o dependientes. Los argumentos, el sufrimiento o la dignidad del enfermo, en cualquier caso son nada más que eso, argumentos tan válidos para eso como otros lo son para lo contrario, y también se llaman argumentos. La ingeniería social de los perversos siempre se vale, para lanzar estas campañas, de ejemplos específicos para legislar sobre la generalidad, como si la excepción pudiera determinar la norma. Pero, lo que es más grave, es que en ambos casos se trata de la extinción de libertades de las víctimas: en el caso del aborto, para la totalidad de ya imposible existencia y la totalidad de las ya imposibles existencias de las proles que podría engendrar si le hubieran permitido existir; y en el de la eutanasia, la propia libertad del enfermo o dependiente. La muerte se impone así, como bien social, a la libertad misma, origen y bien mayor del mismo Estado de Derecho. La muerte sobre la vida como prioridad social.

El poder sabe cómo manipular a las masas ignorantes. Goëbbels dio sobre esto una lección magistral que los actuales medios siguen a pie juntillas. Medios que están en unas pocas manos y todos ellos al servicio de ese mismo poder que antes mencionaba. El individuo de hoy, alineado y sometido por esta cultura mediática dominante, admite y reitera que lo que estos difunden es la verdad, por más que todo ello sea pura y simple manipulación psicológica para encandilar a las distintas audiencias hacia el mismo fin.

El hombre libre, el discrepante, así, se ve cercado a la hora de mantener una opinión independiente. En vano es luchar contra lo que los medios ensalzan una vez y otra en campañas de lavado de cerebro que insertan maliciosamente ideologías impropias en los ciudadanos, sino que gran parte de quienes reciben y aceptan como verdad esa información torcida rodean al independiente de forma tal que tendría que apartarse de la sociedad para poder hacer público su criterio, si es que no quiere ser tildado de «carca», «fascista», «reaccionario» o cosa por el estilo. Curiosamente, en la sociedad de las libertades, nadie respeta a quien discrepa de la «verdad oficial», so pena de ser desacreditado. Nadie escucha ya, si es crítico con la «verdad oficial»; nadie respeta ya, si está en desacuerdo con la «verdad oficial».

La sociedad actual respeta las vidas de abyectos criminales que asesinan reiteradamente con una crueldad atroz, apenas condenándolos a unos pocos años de cómodas cárceles, a la vez que sacrifica inocentes sañudamente».  En el caso del aborto, no es posible concebir mayor inocente; en el caso de la eutanasia, veremos en el futuro de qué modo exponencial van a querer «suicidarse» aquellos que no pueden valerse por sí mismos. Cuestan dinero al Estado y molestan a las familias, después de todo.

En fin, una sociedad de muerte, una cultura mortal. Como diría Millán-Astray: ¡Viva la muerte!

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