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Cine: la otra escuela Artículo

Ningún método de enseñanza es más eficaz que el audiovisual. La recepción de la información se realiza simultáneamente por dos sentidos, y, si lo que se proyecta está ilustrado con música, además llega al espectador por la vía emocional. Las neuronas espejo, en esta tesitura, actúan a favor de quien difunde el mensaje audiovisual, de modo que lo recibe tiende, de forma tan instintiva como natural (sin oposición), a tomar lo que presencia como modelo y, en consecuencia, a hacerlo propio como si se tratara de una experiencia propia.

Que el cine (y la televisión) tiene por todo esto un factor educador imponente no es algo que nadie en su sano juicio pueda negar. A poco que se analice la deriva de este supuesto arte (es una abominación solamente creer tal barbaridad), sorprende y mucho el interés que se toman los Estados en su desarrollo y promoción. De hecho, es sin duda el Imperio actual, EEUU, el que más y mejor lo ha desarrollado y el que mayores beneficios ha obtenido de él. En un remake de aquel goebbelsiano «una mentira que se repite un millón de veces se convierte en verdad», su industria cinematográfica ha familiarizado a los intelectos mundiales con la naturaleza sublime y los objetivos pacíficos y justos de su nación, encumbrándolo mediante esta propaganda como modelo universal, cuando es un país que en 243 años de existencia ha aplastado, invadido o guerreado con otras tantas naciones en 260 guerras o conflictos internacionales, produciendo más 37 millones de víctimas, genocidios locales y detonaciones nucleares aparte. Los beneficios, además de difundir los valores, estética y modos de la American Way of LIfe, no pueden ser mayores para quien siendo un lobo peligroso para la humanidad se presenta como un cordero de bondades infinitas.

La Historia que cualquiera puede aprender en los libros o en las universidades nada tiene que ver con la que el cine difunde; pero es esta última la que los ciudadanos de todo el mundo consideran como veraz. Desde los tiempos más remotos a los hechos más recientes, todo ha sido tergiversado, pulido, enlucido o torcido por el cine, según los intereses de esta industria, que es decir de los poderes propietarios finales de esta industria. Pero no se trata solamente de eso, sino también de cómo ha ido conformando y desarrollando los hábitos ciudadanos del planeta en prácticamente todas las manifestaciones sociales e incluso individuales. Con modelos cinematográficos entiende la población las claves del humor, de la conquista (intergéneros), de la respuesta social o individual ante cualquier eventualidad y hasta del proceder más íntimo.

West Side Story, por ejemplo, introdujo a las sociedades occidentales en el desarrollo de las bandas callejeras, sembrando el mundo de punta a cabo de víctimas fatales por causa esta conducta deplorable. Ejemplos tan devastadores como este sobran para casi todos los aspectos de la conducta personal, incluidas las de aquellos que, prescindiendo de su propio carácter, adoptan el de los personajes del cine o instalan su realidad en una ficción tan desquiciada como psiquiátrica.

Nada extraño si consideramos que se estima que diariamente se hacen más de 300 películas en el mundo (más de mil anuales solo en EEUU) y que con ellas machacarán durante años las meninges de los cinéfilos y televidentes, asegurándose de que las cintas más aleccionadoras serán visualizadas, o sí o sí, por todos los ciudadanos. Una eficaz política de vasos comunicantes que uniforman intelectualmente a los ciudadanos y difunden «verdades» que, en prácticamente ningún caso, suelen serlo. Incluso las vías de la felicidad individual que señalan, nada tienen que ver con lo que la felicidad individual es, aunque sea lo que el espectador termine por creerse y por perseguir.

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