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Control y libertad Artículo

Al poder y/o a los Estados —más allá de conspiraciones universales— les interesa disponer de sociedades uniformadas intelectualmente que, creyéndose libres, sean fáciles de manejar y dirigir. La ventaja de los bloques, en este caso, es que los avances en el control del comportamiento social idóneo para los intereses nacionales de uno de los socios, puede ser compartido por los demás socios, alcanzando de así, de forma progresiva y continua, la derrota de las sociedades hacia la uniformidad intelectiva común que los permita manejarlas de forma parecida a como se apacientan los ganados: son esclavos que se los hace creer que son libres, entretanto financian encantados los muros que los aprisionan.

De una forma u otra, cada nación ha tratado de controlar la forma de pensar de su población a lo largo de la Historia, aunque sin demasiado éxito. De ahí las revoluciones, intrigas y nacimiento y caída de naciones e incluso imperios. El nacimiento de los bloques, en el siglo XIX, convirtió este viejo sueño de los poderosos en algo posible, y la irrupción de las nuevas tecnologías de la comunicación, ya en el siglo XX, se instituyeron en la vía o la herramienta adecuada. No queda demasiado claro qué fue primero, si el aprovechamiento de una serie de tecnologías fortuitas que aprovecharon sabiamente los Estados para sus intereses espurios, o si el desarrollo ad hoc de estas tecnologías por los Estados imperantes, no únicamente para implantarlos en sus ámbitos, sino también en los de los Estados súbditos. En cualquier caso, a partir del control de los medios de difusión, ámbito cultural, radio, cine, televisión y publicidad, el poder interesado en el control podía llegar a todas partes sin moverse y sin que se viera su mano directora, conduciendo a sus poblaciones exactamente adonde le interesara. Podría, en fin, deconstruir o reconstruir a cada individuo en lo más íntimo de sí y sin que este lo percibiera, según sea su gusto o su interés, sin importar la condición intrínseca de cada uno y sin que se pudiera resistir.

La conducta de cualquier ser humano está condicionada por su propio carácter (tendencia natural), la asimilación de las experiencias que vive y de la información que le llega o de la que dispone. Si se controlan estos tres elementos, no importa qué tendencia personal tenga el individuo, se le puede dirigir sin la menor oposición de su parte. La rebeldía, así, queda reducida a la excepción, y, por lo tanto, controlable también desde la marginación dirigida. La cuestión, pues, radica en tres objetivos fundamentales: ofrecer distintas opciones que den la impresión de ser libres para dirigir a los distintos grupos de individuos (según su carácter) al mismo fin; el control de las experiencias y, en consecuencia, del aprendizaje; y el modelado de la conducta a través de clichés insertados artificiosamente, que es decir el control de la cultura, la información y el ocio.

La experiencia real y la virtual, para el cerebro, son indiferenciables: son experiencias. De este modo, elementos aparentemente inocentes como los dibujos animados (cine, cómics, televisión) se convierten en productores de clones en la infancia; las escuelas, modas y tendencias (urbanas, musicales, culturales, cinematográficas, etc.), en modelado de jóvenes; y la dosificación tendenciosa de las noticias y el control del ocio, la herramienta básica de sostenimiento conductual en las edades posteriores. En la aplicación de estos recursos se encuentran las claves por las que los individuos —no importa si son de izquierdas o derechas, progresistas o conservadores o cultos o ignorantes— encuentran en los mismos medios todos los elementos definitorios de su conducta, ya sea como modelos a imitarse o como desconocidos moldeadores de su carácter. Lo que digan, lo que hagan e incluso lo que deseen para alcanzar lo que consideran la felicidad, estará siempre obtenido en las mismas fuentes comunes: la información, la cultura y el ocio del sistema. Todos se creerán libres, pero todos estarán siendo apacentados en los mismos abrevaderos…, y, entretanto, financian con su esfuerzo y trabajo los látigos de quienes los impiden escapar del rebaño.

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