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España: tierra de odio Artículo

Media España lleva tanto tiempo odiando a la otra media que ya no sabe dejar de hacerlo. En el devenir de los siglos se han empuñado todas las formas de rencor posibles: íberos contra íberos y viceversa, íberos contra celtas y viceversa, prorromanos contra procartagineses y viceversa, prorromados contra progodos y viceversa, procristianos contra proárabes y viceversa, castellanos contra leoneses o navarros y viceversa, imperiales contra comuneros y viceversa, profranceses contra nacionales y viceversa, liberales contra carcundas y viceversa, republicanos contra monárquicos y viceversa, rojos contra nacionales y viceversa… y también, entretanto, independentistas contra nacionalistas y viceversa. Desde el principio de los tiempos, los españoles siempre han luchado a muerte contra los españoles. Nadie odia más a un español que otro español.

Los siglos han ido sucediéndose mientras el odio se mantenía carne adentro vigente y ansioso. A veces, enmascarado bajo una superficial pátina de modernidad y progreso, de aparente civilidad y de entendimiento entre los bloques, pero en el fondo siempre latiendo vigoroso, animando a los corazones a esperar el momento de desbocarse. Unas generaciones, en lo público o en lo doméstico, han entregado a las sucesivas el testigo del rencor a sus semejantes, y estas lo empuñan enardecidas para seguir esperando el instante de liberarlo y alcanzar la sangre de los otros. Hoy, muchos, tal vez demasiados, ni siquiera saben por qué odian a la otra mitad de españoles, pero los odian igualmente con una fuerza renovada. Poco importa si es por una cuestión de patria chica o si por diferencia ideológica, porque está tan inserto el rencor en sus entrañas que con odiarlos les es suficiente. Es un sentimiento insertado en el ADN que ni siquiera puede desmentir le tozuda Historia con su carga de datos y evidencias porque cada cual tomará solamente los que puedan alentar su odio para llevarlo adelante. Odian, y basta: lo demás, lo que pueda atenuar o eliminar el rencor, sencillamente se ignora.

Nada ha cambiado. Hace ya demasiadas décadas que no corre la sangre por las calles y que los paredones no son regados con sangre inocente, y las nuevas generaciones desean su parte de dolor en este conflicto eterno. Los radicales retornan a la verdad excluyente, encabezando la barbarie de la agresión a los otros, y las masas esperan con el corazón agitado, tras de ellos, que la primera sangre se vierta. Cuando manche las aceras, un río caudaloso de dolor y sufrimiento, está listo para surcar impetuoso toda la geografía de todas las almas.

Dicen que es por causa de algunos multimillonarios locos que desean transformar el mundo por aburrimiento con sus revoluciones de colores; pero en ninguna parte como España (o tal vez sólo en los Balcanes) encontrará cualquier excusa súbditos como nosotros para llevar a negro puerto la masacre.

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