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Lo moderno: rencor de diseño Artículo

La falaz progresía de lo moderno ha santificado la política del odio a España, convirtiéndola en distintivo de los que ansían el poder a cualquier precio y en el carné de naturaleza esnobista de los ciudadanos necios que todo lo ignoran, incluso sus propios verbos. Odiar a España es lo que mola para esa turba irracional que socava los cimientos de su propio país, tergiversar la historia, ciscarse en la bandera y denostar con epítetos falsarios a todo el que no comparta sus rencores. El sagrado derecho a la expresión de esta progresía de diseño, no circula para los que aman a su país o, siquiera sea, lo respetan.

España nunca ha sido tan diferente a cualquier otra —todas— nación de la tierra. Las instituciones de España amparan y pagan sus salarios de sicarios a quienes desean destruirla, en su Parlamento se albergan sus dinamiteros financiados por el Estado y, cuando ocupan los despachos, su primer acto soberano suele consistir en retirar la bandera. A nadie en su sano juicio le complace tener en su mismo cuarto aquello que odia con toda la fuerza de sus entrañas. Odiar España y sus símbolos, es el signo distintivo de esta progresía; pero si lograran destruirla, ¿qué nos quedaría?

En Aquí Lejos, le decía Juan a Benedetti «en el exilio/tu país es este cuarto lleno de tu país», y como Benedetti deberíamos replicar «pero ahora Juan/qué nos ha ocurrido/mi país ¿un país vacío de mi país?» Los hombres, al fin, somos nada más que el recuento de nuestros actos, porque estamos constituidos por hitos de pasado, somos la suma de todos nuestros ayeres y el resultado de lo que hemos acumulado. La genética que nos conforma, por mucho que se reniegue de los progenitores, es la que nos legaron quienes nos concibieron, y nuestro carácter se conforma de aquello que heredamos y de las desviaciones que imprimimos.

Renunciar a España no es solo hacerlo a nuestra historia, sino también a nuestra naturaleza. Lo que somos, es el legado de muchos siglos de esfuerzo continuado y de ríos de sangres derramadas por quienes nos precedieron, de pasiones afectadas y afectuosas, de actos heroicos y miserables, de fes unas veces materializadas y otras defraudadas o abandonadas en las riberas de nuestro camino y muchas sumas y muchas restas. Odiar a España, es despreciarlo todo, el más estúpido acto de soberbia que podría llevar a cabo el necio, sobre todo cuando quienes lo hacen lo amparan en las garantías y seguridades personales que los ofrece el mismo Estado al que anhelan destruir desde sus fundamentos. Luzbel, da la impresión, que okupa confortablemente las almas de los miserables para sostener viva su atávica rebeldía en todas las escalas.

Julio César afirmaba que «el pueblo español es valioso, pero mal jerarquizado»; Cánovas del Castillo que «si oyes a alguien alabar Inglaterra es inglés, si hablar mal de Prusia es francés, y si hablar mal de España es español; Valle-Inclán sostenía que «los españoles son vengativos porque el odio los envenena»; y Otto von Bismark, sentenció con memorable atino que «España es el país más fuerte del mundo: los españoles llevan siglos intentando destruirla, y resiste.» Esta es la España, ese país pervertido por gobernantes titiriteros que han convertido en una evidencia el rencor de diseño conque soflaman a los ciudadanos, dando cuerpo de verdad tristemente a mi afirmación reiterada de que «Nadie odia más a un español que otro español», porque nunca han tratado de hacer un país mejor, sino engrandecerse a sí mismos, y para lograrlo nunca han dudado en pervertirlo todo: al pueblo, la historia y a sí mismos.

 

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