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Sin futuro Artículo

Si nos lo venden, compremos mucho a plazos, adquirámoslo todo: ya no queda tiempo para pagarlo.

Tal vez se nos haga cómodo el mundo, quizás sea estupendo que podamos consumir en exceso, a lo mejor nos jactamos de que vivimos mejor que ninguna otra generación precedente y hasta es posible que consideremos que todo está a nuestro alcance si nos lo proponemos; pero nos equivocamos. Y no es un error cualquiera, sino el que nos va a costar el futuro. En realidad, no disfrutamos de lo que tenemos, sino que estamos agotando lo que no nos pertenece, porque se lo estamos robando a las futuras generaciones.

La frivolidad de la prepotencia nos ha instalado en un orden de excesos. A menudo, consideramos que solo existe aquello que vemos; pero no es así. La botella de agua que consumimos, la bolsa de plástico del supermercado o el encendedor desechable que agotamos, cuando lo tiramos en cualquier lugar, incluso a la basura, estará generando elementos tóxicos durante decenios, tal vez siglos. Lo que no vemos, sigue existiendo a nuestro pesar, y hoy podemos constatar que esos plásticos, símbolo de esta orgiástica de consumo, lo están envenenando todo: el aire que respiramos, el agua que bebemos, el alimento que nos sustenta y la vida que nos rodea. Una pila alcalina, envenena 167000 litros de agua; la batería de un teléfono móvil, 23 kilómetros cúbicos. Estamos matando todo y a todos; y, lo que es peor, nos estamos matando a nosotros mismos. Somos, en fin, las bacterias inteligentes que han inventado los bactericidas.

No es algo nuevo. Sucedió antes con el DDT y con otros mil productos supuestamente nacidos y desarrollados para acabar con pestes agrícolas, pero nos mataron a nosotros y todavía están por ahí produciendo enormes daños. Prohibimos fumar porque produce cáncer, pero consumimos ciegamente conservantes, emulgentes, estabilizantes, saborizantes y colorantes que son entre cien mil y un millón de veces más cancerígenos que el tabaco. La sociedad del absurdo que hemos desarrollado es tan profundamente absurda, que nosotros mismos somos absurdos: hacemos dietas por salud tomando productos transgénicos que ni siquiera sabemos qué efectos tienen a largo plazo.

Los ríos se saben dónde están por el hedor que levantan, los mares son colosales piscinas de basura, los peces tienen niveles de plásticos y desechos radioactivos insanos, las especies se extinguen a un ritmo de entre dos y veinte diarias, la polución se ha convertido en un problema de primer orden en todas las sociedades, el clima cambia por el efecto humano con consecuencias catastróficas, y los hombres nos preocupamos de qué friki nos va a gobernar con un dictador los próximos cuatro años o si nuestro equipo se llevará el título de la liga. Ignoro si habrá vida inteligente en otros rincones del universo, pero es claro que en la Tierra no hay nada parecido.

No podemos huir a ninguna parte, porque ya no quedan paraísos. Desde Nueva Zelanda o las Fiyi a los polos, todo tiene niveles de contaminación química o plástica prácticamente incompatibles con la vida, y empeora por días. Se pueden tomar medidas para paliar algunos daños, pero no se puede ya detener el reloj que marca la hora de la tragedia. Poner cubos bajo las goteras nunca arreglará el tejado que hemos destruido a pico y pala, y hay demasiadas vías de agua en la techumbre de esta civilización que colapsa sobre sí misma. El problema, desarrollado por la ambición de unos pocos, fue la Revolución Industrial, ese invento inglés que primaba a las máquinas sobre el hombre. Esa misma que todos los ambiciosos saludaron felices como un gran desarrollo de la inteligencia y que será la que propicie que solamente puedan continuar existiendo esas mismas máquinas sobre los campos abonados con nuestros cadáveres. El progreso, nos está matando. Sin embargo, volveremos a las sociedades agrícolas que supieron convivir son el medio que las sostenía, o sí o sí. Y lo haremos por las buenas, cambiando nuestras propias creencias y hábitos de vida antes de que sea demasiado tarde, o por las malas, porque en unos años más, los escasos supervivientes de esta civilización en vías de extinción que nos sobrevivan, tendrán que comenzar de nuevo.

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