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Tiempo Artículo

Tanto le suplicó a Dios que prolongara su vida unos minutos más, que, conmovido, Dios se mostró ante él, y le dijo: ¿Y para qué quieres unos minutos más de vida cuando has derrochado inútilmente millones de ellos?…

Hay pocas cosas más tristes que escucharle a alguien decir «se me pasó el tiempo sin darme cuenta». Entretenimiento, se nombra a todo aquello que nos hace vivir sin tener consciencia siquiera de que lo estamos haciendo, ignorando, tal vez, que la única pertenencia con la que venimos a la vida y con la que la podemos dar un sentido trascendente —lo más valioso de cuantas propiedades podamos adquirir— es precisamente el tiempo. Un bien que nos permitirá, según lo usemos, ser sabios o estúpidos. Todo lo demás que podamos llegar a ser o tener, no tiene valor alguno. Llegada la hora, ni todo el oro o la fama del mundo juntos podrán dilatar un mísero segundo más nuestras vidas. La existencia, es tiempo de descuento que hay que saberlo aprovechar.

La unidad de tiempo no es el segundo, sino el conocimiento, la consciencia. El tiempo, en realidad, es información, y en nuestra mano está aprovecharlo o no. Por ello, cualquier cosa que nos aleje del aprovechamiento de la información, de ese conocimiento y esa consciencia, es, por su naturaleza, perversa. La sociedad —quienes la manejan para su interés—, se han empeñado en hacer creer a las masas que han nacido para disfrutar, para ser felices, para reír o gozar con experiencias lúdicas; pero nada está más lejos de la verdad. Nada hay de bueno en mantenerse en un estado de animación suspendida, poco importa si viendo cine, riendo como estúpidos las gracietas de un cómico, viendo absurda televisión o exultándonos con sustancias psicotrópicas: todo ello es tiempo negativo, o, lo que es lo mismo, muerte. Suplicar, cuando nos alcance la hora final, por unos minutos más de vida, es algo tan absurdo como estúpida ha sido nuestra existencia.

A quienes controlan la sociedad, les interesan seres estúpidos que se dejen abrevar como ganado, dóciles e irracionales como animales a los que apacentar. Por eso ofrecen paraísos falaces en dosis de absurdidad y adocenamiento, promueven e inventan entretenimientos y juegan con los instintos más elementales de los hombres para reducirlos a sus propios escombros, a la vez que se sirven de ellos. Lo caro, es lo raro; lo sublime, es lo poco frecuente; lo excelso, es lo excepcional. Nada es gratis en la vida, y darla sentido tiene un precio que hay que abonar: el esfuerzo. A mucho esfuerzo, mucha sabiduría; a poco o ningún esfuerzo, mucha o muchísima estupidez.

No se trata nunca de qué pueden hacer los demás o la sociedad por uno, sino qué puede hacer uno por sí mismo, cuánto precio en esfuerzo se desea pagar para adquirir sabiduría y darle sentido al tiempo que nos ha sido concedido. No se deben arrojar perlas a los cerdos, y la sabiduría no es un bien que se regale: hay que esforzarse por ella. El conocimiento se paga con esfuerzo individual, porque la vida es una aventura individual que se celebra en un ámbito colectivo. Nadie es corresponsable de nuestros actos o nuestras omisiones ni podemos eludir nuestras responsabilidades amparándonos en mayorías, y un día tendremos que responder sobre qué hicimos con la herencia que nos concedieron: nuestro tiempo.

La sabiduría no es repetir las consignas difundidas por los medios, ni siquiera corear las sentencias arañadas a un prohombre y leídas en una Red Social: es trabajo, acción y consecuencia personales, y la puesta en práctica de lo que aprendemos, asumiéndolo como propio. Repetir lo de otro no nos iguala a ellos, ni siquiera es moderno, sino un estúpido acto de repetición en poco o nada distinto de la conducta imitativa de un simio. Nadie puede pensar como otro o como otros, porque nuestros tiempos son distintos y diferentes nuestras experiencias. No sirve ni se pude justificar equivocarse por los demás, ni nos protegerá la pertenencia a un grupo que nos ha insertado sus creencias o sus principios. La cuestión, lo importante, es aprender por nosotros mismos, aprovechar tanta información como nos sea posible. Todos venimos al mundo —digo en una de mis novelas—, al menos con una virtud que desarrollar y un defecto al que combatir. Vivir, en fin, depende no del tiempo que se vive, sino de cómo aprovecha ese tiempo.

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