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Los otros cárteles Artículo

Todo el mundo lo sabe. Es el gran secreto a voces: los partidos políticos son negocios. Cárteles que no trafican con drogas, sino con ilusiones, esperanzas, futuro, ideologías… «El dinero público no es de nadie», fue la declaración más sincera del modus operandi político, invocado por Carmen Calvo, del PSOE. Y como no es de nadie, es de ellos, de los que mandan por imperativo de las elecciones, de los que con o sin trampas se han alzado con el poder. Cárteles que se organizan para el enjundioso y privativo fin de enriquecerse a sí mismos y a los suyos con ese dinero público que no es de nadie. Es decir, que es de ellos, de los que mandan. Y si no tienen bastante, suben los impuestos y tienen más. Y se lo gastan en cosas o en lujos o en putas o en drogas. En lo que sea. O ahorran en algún paraíso fiscal.

La política murió hace mucho tiempo. Casi a la par que lo hicieron los estadistas. Nadie puede hacer un proyecto de Estado con un horizonte de cuatro años. Nadie. Entonces, si no se puede ser estadista y se quiere conservar el poder, hay que hacerlo en caliente a través de las noticias, las redes sociales, del populismo. Parecer que se hace con una mano, como los magos, y con la otra quitarle la cartera a los ciudadanos. Incluso a los parados, como ha sucedido con los ERE. 680 millones de desvergüenza, que ni siquiera tendrán que devolver, con lo que la operación de saqueo les ha salido redonda: los han blanqueado. Lejos y en la paz de lo absurdo quedan subvenciones dudosas como las concedidas por el entonces presidente de Andalucía, Cháves (de tan siniestras connotaciones fonéticas) a la empresa de su hija. Pelillos a la mar.

La política de Estado murió, y nacieron los cárteles de la política. Llegar a ocupar el poder no es difícil si se cuenta con la organización adecuada y se sabe tocar la fibra o las vísceras de los ingenuos votantes. Si se dice lo que quieren oír, los votan. Lo demás, lo hace la publicidad. Y si ese cártel político está tocado o entredicho por causa de algunos de sus delincuentes, se pone al frente a otro que parezca limpio, y listo: pueden seguir robando porque el español no aprende nunca y es incapaz de relacionar a las personas con sus siglas de partido o de cártel. En España se vota por tradición, se vota por vísceras y casi siempre se vota contra alguien, de modo que si el cártel se traviste de gobernante y de oposición, puede saquear al Estado a tiempo completo y década tras década sin levantar sospechas. El español no aprende nunca. Es muy predecible. Es muy tonto. Y el tonto, cuando sigue una vereda, sigue aunque la vereda se acabe.

La política dejó de ser política hace mucho tiempo. Desde hace años ya no hay que cumplir con los compromisos electorales, con las leyes que firmaron los antecesores o con los acuerdos internacionales. Todo eso es ya papel mojado. Nada vale nada. Y no son los 680 millones que ya sabemos que ha robado el cártel del PSOE con la sentencia de los ERE, ni siquiera los 30 que robó el PP con la sentencia de la GÜRTEL: son más de 4,4 billones de euros los que ha robado el conjunto de los cárteles en 44 años de democracia. Y no han devuelto nada: ni un céntimo. Todo está blanqueado y en bolsillos o paraísos fiscales bien seguros. España, según la UE, es el país más corrupto de Europa. Y se quedan cortos.

El cártel de Sinaloa no gana tanto, ni los Zetas, ni el Cártel de Jalisco Nueva Generación, ni el cártel del Golfo. Ellos no lo han descubierto todavía: lo que da dinero en grande es la política. Y, además, las Fuerzas de Seguridad del Estado tienen el deber de proteger a los delincuentes. Se hace una ley, y saquea un país. O sin necesidad de eso. Así funciona España. El eje de la delincuencia, de los cárteles, se ha trasladado a la política. Todo cuatros: 4,4 billones robados en 44 años y no se ha devuelto ni un céntimo. Eso sí que es un negocio: y gratis. El PSOE llegó a tener a un ministro de Interior, al director general de Seguridad, al director del Banco de España y al director de la Guardia Civil en la cárcel al mismo tiempo. A algunos los suicidaron. También murieron muchos extrañamente durante el proceso de la Gürtel. Los sicarios hicieron su trabajo y eliminaron testimonios incómodos o socios débiles.

No estaría mal si todo esto sirviera para algo. Pero no lo hará. El votante seguirá siendo estúpido, que es decir popular o socialista o podemita o separatista. Nadie va a moverlo de ahí. Ni siquiera las evidencias. Preferirán pensar que han sido linchamientos de los enemigos, pero que los suyos son puros. O pensarán que han sido «aquellos» que estaban, pero no «estos» que están. Ignorarán a propia intención que en los genes de la política está el ADN de los cárteles. Y como entonces, hace ya milenios, no habrá un solo justo que le evite a Sodoma (España) que llueva fuego del cielo.

Hoy ha sido el PSOE, ayer lo fue el PP: 4,4 billones sin retorno que han salido de los bolsillos del contribuyente. Los demás cárteles, esperan su turno de poder para hacer exactamente lo mismo. Son los cárteles emergentes: las nuevas generaciones. No importa lo que digan con la boca sus dirigentes, en sus corazones ya acarician las bonanzas del poder y el dinero.

Al independentismo lo han financiado los cárteles: lo han creado ellos. En la confusión se roba mejor y pasa más inadvertido el saqueo. Además, necesitaban su respaldo para tener el poder y continuar con la esquilmación del país. Pero también los cárteles han creado a los puristas de UP (Unidas Podemos), quienes ahora tapan las vergüenzas del PSOE porque van a entrar en la partida y apesta a dinero fácil, a millones, a protagonismos, a chalés, a poder. Si hay que despertar odios o desenterrar muertos, se hace. Todo por la pasta. Todo por el poder.

Nunca hay un cártel dominante. Hay muchos. Y todos se reparten España como los centuriones hicieron con las vestiduras de Cristo. La política son cárteles, y estos son como sepulcros blanqueados: dentro de ellos solamente hay corrupción y gusanos. Es decir, políticos.

España nunca aprende de sus horrores. Nunca.

 

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