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La revolución de los idiotas Artículo

¿Qué le sucede a nuestra sociedad para que los idiotas estén tomando el control? No es necesario buscar demasiado en los más altos puestos de responsabilidad para encontrarse con casos que son simplemente incomprensibles. Ellos no tienen culpa alguna de que ser como son, pero la cuestión es: ¿quién los ha puesto ahí? Por sus limitadas capacidades resulta impensable que hayan podido alcanzar por sí mismos los puestos que ocupan, de modo que la respuesta hay que buscarla en otro lugar.

Hasta el siglo XX, diferentes estudios constataron que la inteligencia humana estaba creciendo. Hasta el siglo XX, porque en el XXI los distintos estudios que se han llevado a cabo en diferentes países y con distintas muestras de individuos, revelan que la inteligencia está en caída libre. Desde el 7% de disminución, que resulta de los análisis llevados a cabo con la población sueca, a los 5% o 10%, e incluso 12% que delatan otros estudios realizados en distintos países de Europa. Y, lo más preocupante, es que parece que la tendencia es a seguir cayendo de una forma acelerada. Es decir, la estupidez humana crece a un ritmo tal que en unos pocos años más tendremos problemas para resolver tareas sencillas.

Basta con mirar alrededor para darse cuenta de esto.

No son necesarios análisis sesudos.

La realidad habla por sí misma.

Si reparamos en la política, la cuestión es terrible. Los más estúpidos son los que dirigen los países. En algunos casos son puestos al frente de potencias nucleares o económicas; en otros, en países de medio pelo como España. Pero es algo que se está generalizando. Narcisitas, ególatras, sociópatas, psicópatas, necios, delincuentes y un largo etcétera radicalmente alejado de los valores morales, intelectuales y/o de formación que debieran suponérseles a un estadista, conforman el elenco de los dirigentes políticos actuales.

Lo mismo sucede con la economía.

Y con el periodismo.

Y con la literatura.

Y con todo lo demás.

Y va a peor.

El mundo evoluciona cada vez más deprisa. Hace apenas una década, a estos comportamientos se les nombraba con el anglicismo de friki (monstruoso, ridículo), pero el tiempo ha pasado y lo friki es ya lo normal, lo socialmente aceptable. De hecho, no serlo supone en todos esas áreas que mencionaba la exclusión. No solamente exclusión de partidos políticos o del grupo de los eruditos, sino desprecio hasta para los mismos electores y ciudadanos de a pie. Los valores, dicho de una manera muy rápida, han involucionado de una forma alarmante: somos más básicos, más elementales, más necios. Y avanza aprisa la enfermedad como si se hubiera producido una metástasis.

Naturalmente, no se le puede pedir responsabilidades a un idiota porque no tiene capacidad para comprender qué es eso. El idiota piensa que su estupidez es una genialidad. Y la sociedad lo refrenda. Un caso curioso es el de esa persona que, en la vorágine de la locura actual, sentenció que «los gallos violan a las gallinas.» Una estupidez pronunciada por alguien con pocas luces; pero la repercusión social que le dieron los medios (sometidos al mismo grado de degeneración estúpida que el resto de la sociedad) la convirtieron en una estrella de la genialidad. Misma cosa que sucede con los políticos, cuyo asunto es tanto más grave porque si el conductor del país es un idiota y además tiene iniciativas, solamente puede conducir a sus ciudadanos al desastre y al caos.

Es el caso de España. Tenemos al frente de ella a una persona cuya personalidad sería digna de ser estudiada por competentes psiquiatras, ya que da la impresión de que padece un narcisismo tan atroz que linda con la megalomanía. Y no solamente eso, sino que además pertenece a un partido que, como ha quedado sentenciado en el caso de los ERE de Andalucía, se ha dedicado más al robo y dilapidación de los dineros públicos que a gobernar. Cosa natural es que, por otra parte, esos delincuentes del PSOE dilapidaron buena parte del fruto de esos robos al consumo de estupefacientes, a la prostitución y a sus bolsillos. Es decir: la idiotez llevada al extremo. Sin un atisbo de la inteligencia más elemental. Sin embargo, los partidos (o bandas) de la oposición, han encajado esto con indiferencia, sin producirse siquiera el digno movimiento de presentar al gobierno de ese cártel (o banda) una moción de censura. Algo estúpido igualmente que choca con el hecho de que cuando esa misma oposición fue desalojada del poder por un caso parecido, aunque en aquella ocasión debido a un hurto veinte veces menor.

¿Puede entenderse este proceder? La respuesta es un categórico no.

¿Es debido este proceder estúpido a la pérdida continua de inteligencia que afecta a la especie humana? La respuesta es un tal vez sí.

Pero no es solo la política. La sociedad degenera. Lo absurdo, lo estúpido, se ha convertido en lo normal. Lo avanzado, lo capaz, ha derivado en algo reprobable, si es que no execrable. Todo se ha ido haciendo más y más ridículo o estúpido: las leyes, el trabajo, la cultura… Todo (lo que es friki) sirve. Lo que no lo es, no. De ahí, tal vez, que un idiota pueda ser presidente del país y que para ser funcionario deba tener impresionantes titulaciones, que un chaval en pantalón corto dándole patadas a un balón cobre más al año que cinco mil trabajadores a sueldo base durante toda su vida laboral o que una cajera de supermercado doble el sueldo de un investigador.

El temible mundo de los idiotas ha llegado para quedarse. Y nos dirigen. Quienes los eligen también son estúpidos y, como es natural, eligen a lo que entienden.

Es el juego de la llamada democracia. Si la mayor parte de la sociedad es estúpida, ganarán siempre los estúpidos. De cajón.

Por eso en la patria original de la democracia los grandes pensadores griegos, como Sócrates, Plantón y Aristóteles (entre otros muchos), consideraban a la democracia como algo contrario la razón y como la forma más coherente de alcanzar gobiernos corruptos e ineficientes.

La realidad que vivimos, vaya: la revolución de los idiotas.

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