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Ocurrencias Artículo

Primero fueron las citas. Allá por los primeros años de la democracia, los oradores de los partidos recurrían siempre a citas de algún personaje famoso para reforzar su discurso, que, dicho sea de paso, ni siempre eran correctas ni solían venir demasiado a cuento. Pero los libros de citas célebres se convirtieron en los más vendidos.

Luego fueron los memes en Internet. Y quienes frecuentaban las redes —aún hoy ocurre—, se lanzaron en masa a embellecer con una imagen o simplemente a poner en los chats sus memes, que igualmente son citas de personajes famosos. Aquí, sin embargo, como la media era algo más baja que la de los avispados políticos, las patadas a la cultura han sido y son mayúsculas. Colosales.

Por primera vez en la historia las masas, y sin ningún requerimiento previo, podían publicar lo que quisieran, como quisieran y llegar hasta donde pudieran. Lejos de servir esto para comunicarse entre las personas —que también—, las redes han sido púlpitos desde los que pregonar pareceres, estados de ánimo e incluso tendencias o aspiraciones, no siempre del todo convenientes. El derribo de las barreras de acceso a la difusión, el dar voz a la gente de la calle sin ninguna clase de filtro, hizo el resto. Ya todo el mundo podía publicar su ocurrencia, por estúpida que fuera, y tenía la misma tipografía y parecida extensión que cualquier otra sensata, racional y con exacta semántica. Al menos en el aspecto parecían equivalentes.

Se había unificado con eso al genio con el asno.

De hecho, el asno tenía más seguidores porque, como lo que más abundan en la Red son los asnos, los asnos se entienden mucho mejor entre sí.

Nadie quería aprender nada.

Querían decir.

Y, como mucho, repetir.

Los asnos siempre repiten.

Son felices repitiendo.

Y, claro, nació el pensamiento único. Si alguien era lo bastante avispado como para aplicar las políticas de Göebbels y hacer discursos dirigiéndose al más estúpido con frases sencillas y simples, elementales, primarias, se convertía en el líder.

Y nació el orden de la ocurrencia. Así como en los experimentos sociológicos de la televisión se había demostrado, a las masas les iba mantenerse en animación suspendida viendo cómo un grupo de personas tan vulgares como ellos encerradas en un cuarto se interrelacionaban, o cómo se despellejaban entre sí los famosos blandiendo sus intimidades o sus patéticas aventura sexuales. Lo estúpido, lo sinsentido, les iba a las masas: las ponía cachondas.

Y los listos pensaron.

Y llegaron a la conclusión de lo que a las masas les complacía más eran las ocurrencias.

Y lo friki pasó de ser algo estrafalario a la norma.

Y lo estúpido, el pensamiento común.

Y la ocurrencia, la maravilla, la genialidad.

Y vivimos en un orden de ocurrencias.

Si alguien destroza una pintura del siglo XII, se la convierte en la genia del momento, en la crack. En la noticia de telediario durante meses.

Si alguien, en el maremagno feminista talibán que nos concierne dice que los gallos violan a las gallinas, se convierte en estrella de moda, en noticia de telediario y monográfico, en filósofa de la modernidad. Y hasta prefieren mantener relaciones sexuales con animalitos para que se jodan los hombres.

Y en eso estamos.

Los ocurrentes han escalado posiciones sociales y ya se sientan no solo en el congreso, sino que se les entrega carteras ministeriales y se les eleva a las vicepresidencias. Lo friki es ya la normalidad. Qué digo la normalidad: la genialidad.

Después de todo, nadie quiere pensar por sí mismo.

La inteligencia se hunde en lo asnal.

Y lo vulgar nos abruma.

Un chaval dándole patadas a una pelota o una friki que exhiba el desgreño de su vida sexual en televisión, cobran en un día más que un científico doctorado dedicado a solucionar los problemas de la salud o la humanidad en un año o en cinco.

Lo absurdo, lo ridículo, ha conquistado la sociedad. Y lo ha hecho para siempre.

Ya no interesa lo erudito. No es rentable.

Hay que hacer o decir una burrada mayor que los demás ocurrentes. Cuestión de ego.

Hay que llegar más alto, más lejos que el estúpido de al lado. Cuestión de ego.

Hay que destacar con ocurrencias. Aunque sean suicidas.

Y a ello se entregan los políticos y los ciudadanos en cuerpo y alma. Los políticos, por serlo y por poder, tienen todo un gabinete de ocurrentes estrujándose el cerebro, si es que lo tienen operativo, o buscando por las redes algo ridículo que incorporar a su programa electoral.

Pero cualquiera que sepa un poco de historia ha aprendido al menos que en la historia no existen los pasos atrás. De las muchas sendas que ha podido tomar la humanidad, ha elegido la de la estupidez, la de la ocurrencia. Una senda que ya no podrá abandonar. Y esa senda conduce al abismo porque quien dirige a las masas, ya con un pensamiento único, es el mayor de todos los estúpidos. El estúpido alfa.

Y los estúpidos y los ocurrentes, cuando se sienten respaldados por las masas, multiplican su rendimiento. De modo que no tardarán en ocurrírseles algo que llenen las calles de sangre o que nos pongan contra las cuerdas de la supervivencia.

Nada bueno puede suceder cuando a un mono se le da una pistola cargada.

Pero es lo que hemos hecho.

La ocurrencia al poder.

¡Quién iba a pensarlo!

Vivimos tiempos de acabamiento.

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