BLOG  /  Artículo   /  La segunda oleada

La segunda oleada Artículo

¿Qué requerimientos son necesarios para ser político? Ninguno. No es obligatorio que tenga una adecuada formación académica, ni es preciso que sea culto, ni es una condición necesaria que sea equilibrado, ni es imprescindible que sepa hablar con coherencia, ni se impone que domine idiomas, ni es obligatorio que sea honrado o que carezca de antecedentes penales.

Ni siquiera es imprescindible que sepa vestirse de una forma adecuada y respetuosa, conforme al cargo que ocupa.

Ni aun el que sea aseado.

O cortés.

Y mucho menos que sea respetuoso con los criterios distintos de los suyos.

Incluso se prima el que sea friki, hortera y estúpidamente combativo.

Y si en la jura de la toma de posesión dice que acata y respeta las leyes por imposición legal pero que se las pasa a todas y cada una por el arco del triunfo (reciamente desaseado), pues mucho mejor.

Para cualquier otro puesto en las Administraciones —desde ser barrendero o administrativo en un pueblo hasta ser funcionario del Estado— es condición imprescindible que los optantes tengan formaciones académicas acordes a los puestos a los que aspiran y superar pruebas que, al menos en teoría, los certifican como los más cualificados para desempeñar las funciones para las que son contratados.

En política no.

Vale cualquiera.

Y así tenemos lo que tenemos.

Hay partidos que han gobernado muchos años, pero que desde llegaron al poder se han comportado y se comportan al modo y manera de los cárteles de la delincuencia organizada. Eran la primera revolución, la primera oleada, y aquí valía todo: la ley la eran ellos. Los jueces, también. Y así ha sido así durante mucho tiempo. 41 años. Algunos de ellos llevaron las coderas a La Moncloa —ellos mismos dixit—, pero enseguida pusieron en marcha sus «apisonadoras» (sinónimo de mayorías absolutas) y descubrieron con inenarrable gozo los placeres de la buena vida.

Los trajes a la medida de Armani.

El comer caviar Beluga con cuchara sopera.

El darse pote con el avión privado oficial.

O con el helicóptero.

Y el vivir como un rey, aunque al verdadero rey se le criticara como inútil y se conspirara para derrocarle e instaurar la III República.

Dineros espurios aparte.

Muchos dineros: en cuentas cifradas de Suiza, las Caimán, Uruguay y en sociedades intermediadas por testaferros.

Como dijo la señora Carmen Calvo «el dinero público no es de nadie», y, claro, disfrutaron de él a todo tren. Gastando en lo personal. Derrochando. Contratando amiguetes como asesores que no asesoraban. Llenando los ministerios de sus criaturas con exámenes trucados. Y promoviendo la corrupción a destajo en todos los ámbitos de la política hasta llegar a ser necesario ya un ministerio de la Corrupción.

41 años, ya digo.

De robo.

De corrupción.

De saqueo.

De abuso.

Hasta de puticlubs y barra libre de drogas.

Eran los príncipes, los reyes, los dueños de las «apisonadoras», y podían hacer lo que querían. Eran la ley: su ley, la del cártel.

Por las bravas.

Y sin devolver un duro de lo robado.

Y sin rendir cuentas siquiera.

Algo insoportable para todos, claro, que no podía seguir así por más tiempo. Y, entonces, llegaron los puristas —no se sabe llevados al poder por quién, o mejor se prefiere ignorar llevados al poder por sí sabe quién—, y dijeron que iban a revertir eso.

Parecían chicos sencillos, miembros hasta entonces anónimos de ese eufemismo llamado «pueblo», que decían querer acabar con las «castas». Encarnaban, en fin, la segunda revolución, la segunda oleada. La de los buenos, como «buenos» fueron sus predecesores cuando se vendieron como la opción justa y honrada a la pérfida dictadura que recién se había extinguido. Y la segunda revolución sustituye ya, y hasta controla, a las viejas glorias de la primera revolución, la de las coderas aquellas que llegaron a La Moncloa.

Ellos no tienen coderas, sino camisetas de mercadillo con leyendas que berrean soflamas trasnochadas o peregrinas.

Ellos no tienen medias melenas pijas, sino rastas o coletas, o aun violentos y radicales rapados en plan mara-13 de barrio arrabalero salvadoreño.

Tampoco saben hablar, y mucho menos con coherencia.

Tienen aún menos formación.

Carecen de modales.

No son limpios ni corteses.

Y, desde luego, no son honrados.

Pero molan: son los frikis del poder, los horteras de la política. La segunda ola.

Pocos, aun en los barrios más marginales de Occidente, son y visten como ellos. Tal vez algunos yonquis, quizá algunos pandilleros violentos, acaso algunos miembros de las maras o tal vez algunos delincuentes de los cárteles de la droga y eso.

Trasnochados y anacrónicos, así son, así se presentan, así invaden estos nuevos bárbaros las Instituciones y así tenemos que soportarlos, porque las matemáticas parlamentarias dimanadas de eso otro llamado democracia —en la que lo mismo vale el voto de un sabio que el de un estúpido o un delincuente— dicen que puede y tiene que ser así.

La cosa es que cuando hay pleno de sus señorías en el Congreso da la impresión de que una peña está organizando un botellón. O una fiestuki. Solo falta que alguien se eche al coleto un «tripi» o que se fume un «peta». Se supone que los tiritos se los dan en los servicios (por ahora) o que es ahí donde se meten el chute que les desinhibirá para decir las gilipolleces que se les ocurran en la tribuna.

No son la solución a los problemas de España, desde luego; pero tampoco lo parecen.

No se esfuerzan ni un poco en fingirlo.

El mundo ha cambiado. Estos vivales (como los otros) han entendido que vivimos tiempos de acabamiento, y tienen muchas ocurrencias para repartir y quieren forrarse poniéndolas en plana. No programas: ocurrencias. «Los gallos violan a las gallinas» o «todos los maltratadores son castellanoparlantes», por ejemplo. Y muchas más como esa. La tira. Van a solucionar el problema de España rompiendo España. La mejor solución, la idónea. Así, al desaparecer España se esfuma también el problema. De cajón.

Lo que priva ahora con la segunda oleada es lo radical. Al gobierno los de las camisetas de mercadillo, los de las rastas y coletas y hedor a humanidad, los de las independencias imaginarias, los que anteayer empuñaron las pistolas y dieron tiros en la nuca, y los que quieren convertir a España en Venezuela o Irán o Ecuador o Bolivia (sin faltar) y proclamar la III República (en lo que quede de España, si es que queda algo). Todo un programa de futuro, de mañana.

Mientras se enriquecerán como ya lo hacen.

Han cambiado pisitos en Vallecas por chalés despampanantes.

Comen Beluga con cuchara sopera.

Tienen escoltas.

Tarjetas oficiales para gastos suntuarios.

Jubilaciones sibaríticas por cuatro años de pertenencia a la «casta» que iban a desmontar antes de ser «casta».

Y más de 8000 euros en cada una de las 16 pagas que cobran al año.

También los independentistas, porque la España que quieren destruir los financia a su capricho.

Otros negocios aparte, porque aquí el dinero público, ya se sabe, «no es de nadie», de modo que lo pueden disfrutar, gozar, quedárselo, repartírselo según les quepa en sus abultadas cuentas libres de impuestos.

Somos así de espléndidos. Aquí hay gratis para todos: paga el contribuyente.

Pero tienen que mantener su pinta de perroflautas porque es lo que les ha llevado al poder —no se quiere saber públicamente por qué siniestras manos—. Y si hay que desenterrar muertos o resucitar odios para mantenerse ahí chupando de la teta de la patria que odian, se los desentierra en macabras «Sínodus horrendas» y se reavivan las ascuas que tantas veces y con tanto horror nos quemaron a todos en el pasado. Además de que deben ir, por coherencia, con rastas o con coletas o con camisetas que blandan leyendas violentas como patéticas amenazas.

Y pronto tendrán el poder.

Todo el poder.

Y controlarán a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado.

Y al Ejército.

Y al CNI.

Y a Hacienda.

Lo tendrán todo y podrán hacer lo que quieran. Tendrán su «apisonadora» particular.

La segunda revolución ha estallado: ha llegado la segunda oleada.

Tal vez para otros 41 años.

Pero es lo queríamos, porque eso es lo que según se ve han votado los españoles. Parece que el 0,53% de los votantes así lo ha decidió (ver mi artículo anterior para revisar las cifras), y da la impresión de que con eso ya es bastante.

Y a pesar de que todo lo buenos que son, según dicen todo estos Celipines —el personaje de Manianela de Galdós que decía «me voy a ir a dormir, aunque no sé si me dejará el talento este que tengo»—, ¿por qué seremos tantos los que tenemos la sensación que estamos sentados sobre un barril de pólvora con la mecha encendida?…

Sin embargo, con sus votos los ciudadanos han sembrado vientos, de modo que cosecharemos… Eso ya lo vamos a ver todos muy pronto.

Estamos todos como unas pascuas.

Publica un comentario

PROTECCIÓN DE DATOS: De conformidad con lo dispuesto en las normativas vigentes en protección de datos personales, el Reglamento (UE) 2016/679 de 27 de abril de 2016 (GDPR) y la Ley Orgánica (ES) 15/1999 de 13 de diciembre (LOPD), le informamos que los datos personales y dirección de correo electrónico, recabados del propio interesado o de fuentes públicas, serán tratados bajo la responsabilidad de ÁNGEL RUIZ CEDIEL para el envío de comunicaciones sobre nuestros productos, y se conservarán mientras exista un interés mutuo para ello. Los datos no serán comunicados a terceros, salvo obligación legal. Le informamos que puede ejercer los derechos de acceso, rectificación, portabilidad y supresión de sus datos y los de limitación y oposición a su tratamiento enviando un mensaje al correo electrónico a la dirección: arc@angelruizcediel.es