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Una sociedad de risa Artículo

El hedonismo es la matrícula de las sociedades contemporáneas.

Y no es un invento social, sino una forma de control de los poderes de siempre, que, enmascarados en esta versión «discreta» de su credo, la han establecido a golpe de consumo y publicidad para que las poblaciones ni siquiera entiendan que están siendo apacentados.

Son las nuevas cadenas para los esclavos de siempre.

La democratización de la política, la vulgarización de la cultura, la trivialización de conocimiento y la risa, son los vehículos que utilizan los poderosos para conducir a las masas a sus intereses, cambiando eso para todo siga igual.

Lo exquisito, lo erudito, lo profundo o lo trascendente no tiene espacio social y es marginado o restringido, por más que cualquier individuo de escaso talento, y sin ninguna base, los etiquete de esa manera.

Lo vulgar ha conquistado el espacio social, así en lo político como en la cultura o el conocimiento.

Las nuevas generaciones ya no pretenden conseguir altas metas, sino solamente pasárselo bien.

Con eso les basta.

No ansían el conocimiento o la formación, sino la fama.

No pretenden esforzarse o luchar por establecer sueños, sino que les caiga dinero del cielo.

Y no desean ser felices, sino reír.

A falta de otros horizontes, la puerilidad, lo zafio, lo mezquino, lo insulso y carente de contenido trascendente es lo que manda y ordena. Si el divo, el famoso, el héroe, es un tipo con dos dedos de frente, sin formación ni aspiraciones y ha podido llegar adonde está, el individuo mediocre se siente identificado y se anima a seguir en su senda de ignorancia.

Sonará la flauta, tal vez, como en El Burro Flautista.

Es la exultación de la barbarie.

Es más considerado un jugador de fútbol que un investigador que trata de curar el cáncer, y gana cientos de miles de veces más, aunque sea el investigador el que remediará el sufrimiento de los mismos que le denostan y desprecian, haciéndole trabajar sin medios y por poco más o menos el salario base.

El que da patadas a la pelota no hará jamás nada por nadie. Es inútil.

Pero habitamos la sociedad de lo absurdo.

De lo estúpido.

De lo aberrante.

Y así sucede con todo.

Las nuevas tecnologías lo han facultado. Hoy, cualquiera puede editar un libro por unos pocos euros. Después de todo, doscientas páginas muy eruditas y elaboradas ocupan lo mismo e incluso pueden tener la misma tipografía que una animalada.

Hemos tardado millones de años en alcanzar las cumbres musicales de Debussy o de Albinoni para despeñarnos por el rap o tecno.

Hemos construido una civilización con infinitas sangres, y ahora la regalamos a cambio de ser extranjeros sin derechos en nuestra propia tierra porque es lo que mola, lo humanitario, lo estúpidamente aceptado por la pueril conciencia contemporánea.

«Los gallos violan a las gallinas», ya se sabe.

Lo estúpido al poder.

¡Viva la sociedad de los imbéciles!

Y además está la risa.

Quien más se ríe es más feliz, según el erróneo pensar contemporáneo.

Vivimos de facto ya en un Estado fallido, pero interesa más las estulticias del Gran Wyoming, el Club de la Comedia o el chiste absurdo.

Importa más reír, ser gracioso, el payaso (en su peor afección), que ser culto, inteligente, sensato o feliz.

Importa más la pertenencia al grupo vulgar que tener ideas propias debidamente elaboradas.

Importa más la fama de la formación.

Importa más el dinero que honra.

Importa más el libertinaje que la libertad de ser y pensar.

Importa más la risa que la felicidad.

Pero la risa es perversa por su propia naturaleza: siempre va contra alguien.

Algo que ya es irrelevante porque el hedonismo consiste precisamente en hacer lo que a cada quien le place sin importarle los demás. O tal vez sirviéndose de los demás.

Y nos reímos claro.

Nos reímos de Dios.

Nos reímos de la vida.

Nos reímos de nosotros.

Nos reímos de los demás.

Nos reímos de la cultura.

Nos reímos de todo.

Cualquier cosa vale una carcajada, una risotada por grosera que sea.

Tenemos toda una industria de la risa.

Y, entretanto, estamos gobernados por incompetentes, narcisistas o locos que han destruido nuestro país en su propio beneficio y de no se sabe quién más.

O sí, pero lo callamos.

Regalamos nuestra nación y nuestra sociedad a quienes no se han esforzado por construir la suya o a quienes desean aprovecharse del trabajo de milenios.

Las civilizaciones se construyen en eras y se destruyen en horas, decía Séneca.

Y nosotros estamos destruyendo la nuestra.

Los imbéciles siempre han sido mayoría.

Y ellos son los que eligen a los que nos gobiernan y son los que nos gobiernan.

De hecho ninguna sociedad salvo la nuestra es tan imbécil como para cavar su propia fosa entre carcajadas.

Y eso es justo lo que estamos haciendo.

 

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