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Un justo Artículo

¿No quedará un solo hombre justo que salve a Sodoma de que caiga fuego del cielo?

Sánchez tiene dos votos de más para convertirse en el primer presidente de la antiEspaña.

Un solo justo que cambiara su voto podría evitar que se materializara la felonía y el desastre. ¿Quedará un solo justo en las filas socialistas o en Teruel Existe que nos salve del fuego?

No se puede esperar eso de los independentistas. Ellos están felices de por fin haya un presidente de la antiEspaña. Nunca lo tuvieron más fácil ni al alcance de su mano: un hombre egocéntrico y nihilista que, por alcanzar el poder y ser investido presidente, está dispuesto a que su propia nación arda bajo el fuego divino.

Tampoco de la ultraizquierda podemita organizada por el mago de los colores, financiada desde las luchas intestinas de México a través de Venezuela y de la exBolivia de Evo, y que ha nacido para consumar la destrucción de España. Ellos, más que nadie, son quienes traen el fuego que lloverá sobre todos y arrasará lo que hemos sido y aún somos, reduciéndonos a cenizas.

Lot ha suplicado a lo alto para salvar a Sodoma de la quema.

Rogó que se le concediera salvarla si hallaba cien justos. Pero el PSOE cayó en manos de un narcisista y fue secuestrado, y se rodeó de estómagos agradecidos dispuestos al holocausto a cambio de las prebendas.

No halló cien justos.

Y Lot suplicó por salvar a Sodoma si hallaba solamente a cincuenta justos. Pero los barones del PSOE que juraron de cara a la galería que no aceptarían la traición de Sánchez, queriéndose hacer pasar por justos, llegada la hora de la verdad se eligieron a sí mismos y callaron aferrados a sus poltronas.

No halló cincuenta justos.

Lot volvió a implorar por salvar a Sodoma de la quema, ahora a cambio de hallar únicamente a diez justos. Husmeó, rebuscó, indagó, y nadie había dispuesto a evitar que cayera fuego del cielo: todos querían su placer y todos habían vendido su alma a cambio de él. Se sentían importantes, eran diputados, eran los padres de la patria que ansiaban destruir.

Y tampoco halló diez justos.

Y Lot, desesperanzado a causa de la perversidad humana pero sabiendo que si no imploraba de nuevo y lograba una concesión más del destino muchos inocentes perecerían, suplicó una vez más por detener que cayera fuego del cielo a cambio de un solo justo: solamente un justo.

Lo busca, y no lo encuentra.

Solamente halla hombres y mujeres que han vendido su alma al placer. Hombres y mujeres que se aman más que a su país, más que a los inocentes, más que a lo que han construido sus mayores durante milenios, y que prefieren morir abrasados en su error antes que ser justos consigo mismos y con los que morirán cuando llueva fuego del cielo.

El tiempo se acaba y Lot llora desesperado.

«Los inocentes, no», dice.

«Preséntame un justo que justifique que se salven», le replica el destino.

Y Lot llora porque no lo encuentra.

El nihilismo ha enterrado en su cápsula a casi todos los diputados, los ha vuelto locos, no entienden, no comprenden lo que están haciendo, y, cuando lo hagan, ya será tarde porque habrá comenzado a llover fuego del cielo.

Entonces ya todo será inútil. De nada valdrán los lamentos por el sufrimiento y los propósitos de enmienda.

El castigo ya no podrá detenerse cuando comience a llover fuego del cielo.

Los mismos hombres comprenderán que ellos mismos han abierto las puertas de su infierno.

Todos los culpables estarán sellados, con sus nombres y apellidos. Todos y cada uno habrán pronunciado la sentencia en voz alta al aceptar que llueva fuego del cielo. El juicio venidero será implacable con ellos, pero todos los habitantes de Sodoma, sin excepción, habrán sido inmolados, incinerados por el fuego.

La historia se repite.

El narcisista presidente de la antiEspaña será abrasado en La Moncloa, y sus votantes en las callles.

Todo será consumido por el fuego del destino. Y habrán sido los hombres los que habrán sellado su sentencia, porque expulsaron de su ciudad a todos los hombres justos.

Nadie habrá que los salve de la quema.

Solamente quedarán cenizas, piedras candentes que se fundirán cubriendo incluso las ruinas. Ni siquiera los hombres del porvenir podrían imaginar que en este lugar se alzó en un tiempo una nación próspera que pudo aspirar a lo mejor del destino.

Pero aún no llueve fuego del cielo. Queda poco tiempo. Apenas horas.

Y Lot sigue buscando un justo. Es preciso apurar hasta el último segundo. Mantener viva la esperanza hasta el final.

Pero no lo encuentra. Y el ángel ya ha descendido para ordenarle a Lot y a los suyos que huyan de la ciudad y que no vuelvan la vista atrás.

El cielo se cubre de nubes siniestras. Se encandecen amenazadoras.

Y Lot cae de rodillas y alza sus manos al cielo: «No consientas que por unos estúpidos se destruya está nación antigua.»

Pero el destino no quiere escucharle.

«Ellos han elegido su sentencia», le dice. «No existe ni un solo justo entre ellos que quiera evitar que llueva fuego sobre Sodoma.»

«Locos, locos», dice Lot entre lágrimas, «ni siquiera sois lo bastante inteligentes como para saber lo que estáis haciendo.» «Vosotros, estúpidos, habéis dictado vuestro propio fatal destino eliminando a todos los justos.»

Comentarios
  • 11 de enero de 2020

    Eyes

    responder

    Preciosa analogía de lo que ya llegó; no quedan justos y los que estaban han sido sofocados. Pero el fuego tiene la virtud de regenerar, es por ello que es necesario. Luego,ya sobre las cenizas ,vendrá lo nuevo, la nueva savia de la Vida, y tal vez (casi seguro diría), los nuevos hombres y mujeres que en silencio esperan, hablarán actuando desde la nueva conciencia nacida de las cenizas.
    Gracias por tu escrito..

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