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Distopía: un cambio de paradigma. El miedo. Artículo

En realidad, lo ignoramos todo de la pandemia COVID-19. Incluso los supuestos expertos. Se ha llegado a decir una cosa y la contraria simultáneamente en voz de distintos científicos y en distintos canales. Por ejemplo, mientras el jueves 24 de marzo uno afirmaba en Antena-3 que «el virus ha mutado», en la Secta, la cadena del Régimen, otro afirmaba que «el virus no había mutado». Es decir, desinformación para todos los gustos o ignorancia extrema. Lo real es que nadie sabe nada con certeza, y, mucho menos, tiene soluciones reales para el problema o siquiera sea para saber de qué modo actuar que sea eficaz.

La voluntariedad, desde luego, no es una solución. Y, como no lo es, por las redes circulan miles de videos de «todólogos superinformados» que apuntan a conspiraciones de Gobierno Mundiales en la sombra, guerras comerciales, genocidios de ancianos, castigos divinos y mil disparates más, a cuál más distópico y absurdo. Pero se sostienen porque nadie sabe qué o dónde se ha originado la pandemia, de qué forma se propaga, cómo actúa y, de ninguna manera, sabemos qué la combate, más allá de la ferviente e inútil voluntariedad, la estúpida credulidad en una cohorte científica que está completamente desorientada o en la necia confianza de que, pase lo que pase, no nos afectará a nosotros ni a los nuestros, que, al fin y al cabo, es lo único que importa.

Ni siquiera saben las autoridades, de otra forma que la estadística, si el confinamiento de las poblaciones sirve de algo. Mantener a países enteros en arresto domiciliario no garantiza que el virus no se extienda, sobre todo cuando hay personas que tienen que salir, sea a trabajar, comprar o son sanitarios o policías que, por su propia labor, ni siquiera pueden mantenerse a menos de un metro. Aunque tampoco sabemos si un metro es suficiente distancia o es otro placebo inútil para darnos una confianza que ni siquiera los que lo recomiendan tienen.

Y, permítanme, llegado a este punto, afirmar que las mascarillas de papel no sirven absolutamente para nada. La porosidad de las mismas tiene poros de tal magnitud que por cada uno de ellos puede entrar no un virus, sino millones de ellos sin rozar siquiera el papel.

Pero la distopía está aquí. Y ha llegado para quedarse. Es posible que esta pandemia quede en una especie de cortina de humo y que en dos semanas o tres tengamos la impresión de que hemos vivido una pesadilla, pero nuestra forma de vivir ya nunca será la misma. Queriéndolo o sin quererlo, nuestros hábitos de vida, nuestras rutinas, costumbres y modos de enfrentar la vida habrán cambiado para siempre. Dicho en otras palabras: amaneceremos a una nueva sociedad en la que todos habremos aprendido a comportarnos de otra manera. El miedo será un compañero habitual de viaje en la nueva andadura: nosotros mismos le haremos que nos acompañe permanentemente.

El mundo habrá cambiado, y las actividades y grupos sociales habrán aprendido, entre otras cosas, lo siguiente:

Los gobiernos: que el pánico puede controlarse con los medios, sea para disminuirlo o para propagarlo. En consecuencia, pueden utilizarlo para cualquier fin espurio, llegado el caso. Lo usarán lo mismo para que las poblaciones acudan en masa en plena crisis a manifestaciones de su interés como a recluir en sus casas a toda la población. El control de la población, de hecho, será su mejor lección: es posible hacerlo de manera incruenta hasta límites hasta ahora impensables incluso en las dictaduras más severas de la historia. Todo un ensayo a nivel global. Y podrán hacerlo con total impunidad: bastará con la alarma creada por sus medios. No solo eso habrán aprendido los gobiernos, sino que además, a pesar de su tropelía e ineptitud, ya saben cómo sacarle a situaciones catastróficas como la que vivimos réditos políticos y quedar como héroes, tal vez porque han «salvado» a la población de su propia incompetencia.

Las poblaciones: habrán aprendido que todo, incluido la vida, está en el aire. La existencia ya no dependerá de cada uno, de que se practique o no un deporte o de que se tenga o no una alimentación más sana. Cualquier nuevo brote de cualquier virus desconocido puede terminar con cada persona o los suyos. De aquí en más se vivirá en el miedo. Se tendrá pánico a las relaciones sociales, a la proximidad con los semejantes y, lo que es peor, a cualquier enfermedad, siquiera sea la gripe común. Por otra parte, ya somos conscientes de que estadísticamente, las pandemias han ido apareciendo en los últimos tiempos en unos ciclos mucho más cortos que las mismas cíclicas crisis económicas. ¿Cuál será la siguiente y dónde o cómo aparecerá?…

El trabajo: será inevitable que los trabajadores, por más que precisen imperiosamente de su labor para obtener recursos, empujarán a las empresas y aceptarán ellos mismos de buen grado que el trabajo sea virtual o a distancia, desde el propio domicilio, de modo que vivirán en un régimen de condena o confinamiento prolongado, si no permanente.

El comercio: desde hace ya muchos años ha venido incrementándose el comercio electrónico, y este será lo habitual en el futuro, tanto para la compra como para la venta: preferiremos comprar por Internet y que nos lo traigan a casa que ir a la compra, y los empresarios preferirán vender por Internet que jugarse el tipo yendo por el mundo para ofrecer sus productos. Ya no habrá más viajes a otros países para abrir nuevos mercados, a la vez que los medios de transporte se convertirán en «medios de riesgo mortal». Por supuesto, el turismo internacional se limitará y el interior, como en siglos anteriores, se restringirá como mucho a ir al pueblo, si es que no quedarse a descansar en ese mismo hogar que, de una u otra forma, se habrá convertido en la celda permanente de cada ciudadano. Es obvio que desaparecerán los hoteles, los cruceros, las discotecas, los conciertos, las concentraciones de personas, la masificación de turistas en destinos populares y relaciones interpersonales de cualquier tipo. Lo que no se pueda hacer a través de Internet, no se hará o se hará poco. La vida está en juego. Pero muchos países que viven del turismo, lo mismo que quienes tienen negocios físicos de cara al público, van a tener que reinventarse. El mundo y la sociedad pos-pandemia, de ninguna manera será el mismo.

En definitiva, lo que surgirá de esta crisis pandémica será una sociedad temerosa, asustada y con pánico a cualquier cosa que no sea su propia soledad. No importa si se encuentra o no una vacuna para el COVID-19, porque hay miles de millones de virus más que no conocemos o que los mismos que sí conocemos pueden mutar en un virus completamente distinto que nuevamente nos ponga contra las cuerdas. Es más, es seguro que lo harán. No hay salida.

La razón por la que unos miles de muertos han sembrado el pánico que está latente en las sociedades es por causa, sobre todo, de la mala conciencia de los pueblos. Me remito a mis artículos de los últimos días para que el lector obtenga por sí mismos los datos. Las sociedades que dilapidan fortunas en lujos tontos, narcisismo, hedonismo y lo llamado «entretenimiento» sabían consciente o inconscientemente que tendrían que pagar un alto precio por ignorar a los que sufren: a los pobres, los desempleados, los hambrientos. Y, se vea como se vea, eran conocedores de que han ignorado el sufrimiento del mundo, cuando el esfuerzo de destinar solo una parte de los gastos de «entretenimiento» o «Defensa» habría salvado no miles, sino millones de vida. Tener, dura lección, es, además de una suerte, una responsabilidad. Ignoraron a los que sufrían y ahora hay que pagar la factura.

En el pasado las pandemias eran sólida e implacablemente crueles, acabando con un tercio o la mitad de las poblaciones afectadas. Se las consideraba «castigos divinos», y los hombres elevaban a lo alto sus rezos, porque se sabían incapaces de luchar contra ellas por ningún medio: quien se afectaba o no, era elegido por el cielo.

Nosotros no creemos ya en eso. Creemos en la ciencia, creemos que somos especiales y que la muerte es cosa de los otros, de los demás. Ahora podremos constatar que contra estas pestes —estos enemigos de esta guerra silenciosa, como les gusta nombrarla a nuestros gobiernos—, en absoluto son combatibles con cañones, fusiles o bombas atómicas. Pero, lo que es peor todavía, tampoco con la ciencia. Tarda demasiado, es excesivamente lenta en hallar soluciones antes de que se hallan producido miles o millones de víctimas y eso será siempre así ante lo nuevo.

¿Qué nos queda? Primero, poner en orden en nuestra conciencia y comprender que la vida no es placer, sino que tiene un sentido trascendente. No hemos venido al mundo a reír o a ostentar, sino que vivir representa un compromiso doble: con nosotros mismos y nuestra evolución personal, y con los demás, construyendo sociedades realmente humanas en las que todos, sin excepción, debemos caminar al mismo paso porque todos los seres están tan vivos como nosotros y son igual de importantes. Tal vez, en vez de tanto progreso, debamos esperar a los que van retrasados, y en vez de abrir brechas insalvables que están dividiendo al género, debamos cerrarlas creando una sola sociedad. No se trata, en fin, del «sálvese quien pueda» que tantas connotaciones hedonistas tiene, sino de un «o todos o ninguno».

No nos viene mal como especie experimentar situaciones como las que vivimos, si es que aprendemos algo de ellas. Nuestro aislamiento, producido por el camino equivocado que ha tomado nuestra sociedad y nuestras creencias falaces y soberbias, nos brindan, sin embargo, una oportunidad de análisis y reflexión sin precedentes. Nos concede tiempo para aprender, para ilustrarnos y meter en nuestras almas algo más que estupidez y tinieblas.

Quien tiene su conciencia en paz, después de todo, no le teme a la muerte. El temor nace de la probabilidad de poder sufrir unas consecuencias mucho peores que la situación en que nos encontramos. Y, no cabe duda, hay vida más allá de esta farsa de la existencia, además que ningún estado de felicidad en este mundo es para siempre. Nadie está a salvo de la desgracia.

Soy escritor. Visita mi web: www.angelruizcediel.es y échale un vistazo a mi obra. Nunca escribí para entretener solamente, sino que he procurado siempre hacerlo sobre la naturaleza humana para aproximarme a su misterio. Las tramas que tejo en mis obras pueden parecer entretenidas o interesantes, pero no son otra cosa que parábolas sobre la condición humana, para diseccionarla y comprenderla.

Tal vez sea el momento de que te acerques a ellas y, ahora que tienes tiempo y el aburrimiento puede ser que te haga sentir como un reo en su celda, tengas la ocasión de sacarle algún partido a tu propia existencia y reflexionar sobre ella y sus porqués.

Ojalá que te sirva de algo. Convierte tu problema en una ventaja y descúbrete a ti mismo. Después de todo, como decía aquel texto que figuraba en el frontispicio del templo de Delfos: «conócete a ti mismo y conocerás el universo.» Tan cerca, tan lejos.

 

Comentarios
  • 22 de marzo de 2020

    Gerardo Aguilar Aguilar

    responder

    Tenía tiempo sin visitar la página de Angel Ruiz Cediel. Veo que se mantiene firme en su criterio. por un momento pensé que en un gobierno socialista, sería diferente. Pero no. Yo tambien, soy mexicano y, en consecuencia, preocupado por que la derecha opositora hará. Si el Presidente no es más firme y se le siguen subiendo a las barbas, tendríamos un final muy triste para la 4ta Transformación. Cuídese Angel.

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