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Distopía: un nuevo mundo Artículo

Las grandes transformaciones sociales, lo mismo que le sucede al hombre en su evolución, siempre son traumáticas. El dolor transforma. Siempre ha sucedido así y siempre sucederá: es una ley de la naturaleza. Aunque, en ocasiones, esta ley sea empujada artificialmente por los mismos hombres, tal y como ha sucedido con las revoluciones. Tanto en la vida individual como en la de las sociedades, sin sangre y sin dolor no pueden producirse cambios significativos.

Estamos cambiando. De hecho, el mundo que encontraremos cuando salgamos del arresto domiciliario forzoso que, debido aparentemente a la crisis pandémica por el COVID-19, estamos padeciendo, de ninguna manera será el mismo. Todo habrá cambiado y tendremos que adaptarnos a nuevas reglas en todos los aspectos de la vida. De hecho, más allá de que esta paralización mundial nos haya catapultado en quince días a 11 años atrás, según datos económicos oficiales del FMI, el pánico insuflado en todas las mentes de los ciudadanos comunes a golpe de medios, habrá producido daños irreversibles.

Queda por determinar de una manera incontestable si esta pandemia ha sido espontánea o ha sido «diseñada» en algún laboratorio y con qué intenciones. Desde luego, razones coherentes las hay de sobra para creer lo uno y otro. Así queda de manifiesto en los miles de informaciones que circulan por los márgenes de Internet, por más que uno, en su limitación, no pueda ni contrastar los datos que ofrecen esos informadores ni comprobar las fuentes que citan esos informes, de modo que, como en todo cuando afecta al conocimiento, el ciudadano solo puede especular: o se cree una cosa o se cree otra, pero nunca puede formarse un juicio claro y definitivo, por no tener acceso ni al conocimiento completo de la situación ni a las fuentes en que se apoya ese conocimiento.

Si analizamos esta pandemia y sus consecuencias sociales como producida por sucesos espontáneos naturales, habría que concluir que, a pesar de los miles de personas que están sufriendo y muriendo, las medidas de contención aplicadas por los Estados son no exageradas, sino completamente disparatadas. Salvo que «por nuestro bien» nos estén ocultando información crítica, es obvio que condenar a un arresto domiciliario a miles de millones de personas por unas decenas de miles de víctimas, no tiene justificación posible. Más allá de que enfermedades comunes como la gripe se lleva en el mundo cada año a más de 640000 personas o el hambre a casi 10 millones de personas (vidas también, al fin y al cabo) y los gobiernos lo asumen como hechos naturales, resulta extraño toda esta parafernalia por unas decenas de miles de víctimas, precisamente en unos momentos en que los políticos de las más altas instituciones llevan tiempo hablando de superpoblación, envejecimiento masivo a combatir, inteligencia artificial a ser aplicada y necesidad de reducir la población en general, incluso con discursos o sentencias que caen de lleno y sin excusas en la apología del genocidio.

Cuando falla lo razonable es preciso recurrir a lo irracional por ser la única opción disponible, y es aquí donde entra en juego la mirada hacia lo aparentemente desquiciado: que sea un suceso creado artificialmente. Un hecho que, quizá, pueda parecer propio de mentes paranoicas para los ciudadanos comunes sin información, pero que no lo sería tanto para quienes tienen criterios totalitarios de control de masas. Personas de gran poder en las más altas esferas de la política, la economía global y hasta de la planificación sociológica que, con o sin buenas intenciones, han decidido intervenir en este mundo superpoblado y supercontaminado para variar el orden de los acontecimientos y reconducir, según su criterio, la situación global. Personas, por otra parte, que no tienen por qué ser personajes públicos conocidos, tales como jefes de Estado o mandamases del Fondos Monetarios, Bancos Mundiales, Organizaciones Supranacionales u Organizaciones Mundiales de la Salud, sino que les bastaría con controlar a esos otros dirigentes públicos.

De todo el que ha tenido interés suficiente y lo ha investigado, es sabido que algunas potencias disponen de comités de sabios que cíclicamente se reúnen para pensar en cuáles serán los retos del futuro y cómo enfrentarlos. De estos sucesivos cónclaves secretos han resultado informes terribles como Proyecto 2000, el Tratado de Iron Mountain o Alternativa-3. Estos, claro, entre los conocidos, porque debemos suponer que hay muchísimos más no tan populares. Informes en los que se ha propuesto reducir la población a 2000 millones de habitantes (Proyecto 2000, 1976), justamente cuando se desató la pandemia del Sida; que han propuesto poner al frente de los gobiernos a «estúpidos manejables» que hicieran cualquier clase de idioteces y fueran profundamente corruptos (Tratado de Iron Mountain); o simplemente han apuntado a que lo conveniente era buscar alternativas de supervivencia para ciertos grupos selectos de individuo y dejar morir al resto de la población, porque no había solución posible a los problemas de superpoblación y supercontaminación (Alternativa-3) y ya estaba lista la secuenciación del genoma, se había dominado la técnica de los trasplantes, se ha logrado alargar la vida indefinidamente porque se conoce la técnica de mantenimiento de la telomerasa y ya se cuenta con una inteligencia artificial y robótica que puede sustituir a los humanos.

Un despropósito distópico propio de la ciencia-ficción. Pero si por un momento asumimos para analizarla esta posibilidad como un hecho verídico, ¿no estaríamos con esta pandemia ante la clave exacta para lograr todos sus fines de transformación social y cambio de sistema?…

El virus que nos afecta, según parece, tiene algo de Sida, algo de gripe aviar, algo de hantavirus y hasta algo de novedoso, y ello es su capacidad de mutación. De modo que una vacuna no será fácilmente viable, y tanto más si quienes deben descubrirla y producirla pertenecen a los laboratorios de quienes diseñaron el virus. O será parcial, según sus intereses. De momento, algunos expertos aparentemente independientes hablan ya de una segunda ola pandémica, y veremos en el futuro próximo de qué más que todavía ignoramos porque nos movemos en tierra inexplorada.

Veamos qué conseguirían si todo esto fuera cierto (a modo de ejercicio especulativo):

  • Pánico: El pánico bloquea las capacidades cognitivas, y tanto más en el caso de que la vida propia se considere en peligro. Ante esta incertidumbre y temor, el individuo tiende a aceptar cualquier cosa que se le diga o pida que haga sin procesarla siquiera, solamente por el hecho del «agradecimiento» hacia quien se lo dice o pide, si este en su discurso añade que le están salvando la vida. Quien vende pánico compra esclavos, una cita muy antigua que, sin embargo, sigue funcionando a pleno rendimiento en nuestros días.
  • Reclusión: Los poderosos no precisan más dinero porque ya no tienen todo y las máquinas para hacer más papelitos de esos sin otro valor que fiducidiario. No les importa el empobrecimiento de la población (o no habría muertos por necesidad en el mundo y son millones de seres humanos cada año), y esa necesidad podrán usarla, llegado su momento, para controlar más y mejor a la población. Sabrán quiénes son «buenos chicos», obedientes y disciplinados, y quiénes no merecerán vivir porque son inítiles o revoltosos. Pero el mismo aburrimiento al que someten a la población en pleno con el confinamiento, en realidad lo usan para realizar un lavado de cerebro masivo dirigido y orquestado por los medios, los cuales entran en cada hogar para aventar el pánico y sembrar nuevos mensajes de cómo debe ser y actuar el verdadero patriota y buen ciudadano, incluso convirtiéndole en chivato y espía de sus vecinos. Estalinismo aplicado. Programaciones mediáticas tendenciosas y manipuladas serán las que irán ensamblando en los ciudadanos modelos de conducta y pensamiento no solo a través de debates trucados por «todólogos» a sueldo y cadenas de su propiedad, sino también a través de los diarios y telediarios, de exultaciones del heroísmo ridículas y programas de «variedades» en las que se ensalzará al buen y obediente ciudadano sobre el malo y desobediente, a la vez que se insufla cada día una nueva dosis intracerebral de veneno. Lavados de cerebro en toda regla. Lavados de cerebro que incluyen la ruptura de las prácticas de fe o religiosas, haciendo ver que Dios, o no existe, o es el enemigo. Y, si Dios es el enemigo, el ciudadano entregará de buen grado su alma y su voluntad a quienes sí están haciendo algo por él, que son los nuevos amos, los mismos que han diseñado el escenario. Todo vale por sobrevivir.
  • Medioambiente: La naturaleza tiene con la pandemia un respiro, un imprescindible balón de oxígeno. Como hemos visto, los canales de Venecia ya tienen agua transparente y hasta peces, los ríos ya no hieden a causa de los vertidos y el aire de las ciudades se descontamina. Incluso el cambio climático parece detenerse. Todo un logro para la naturaleza que usarán en su momento para certificar que el virus real que afecta severamente al planeta somos los humanos y, por lo tanto, que se debe reducir imperiosamente su número, comenzando con los ancianos (el virus es inocuo en los niños pero son muy transmisores, especialmente a los mayores), los enfermos crónicos y los inútiles no-contrinutivos, dejando solo a salvo a quienes puedan servir al nuevo sistema que amanecerá tras el confinamiento. Las Piedras de Georgia, ese monumento megalítico ubicado en ese mismo Estado norteamericano, tiene grabado en su decálogo como punto número 1 reducir la población a un máximo de 500 millones de habitantes.
  • Resultados: Ante la eficacia de los tres puntos anteriores, quienes salgan de sus encierros ya no pensarán igual. Habrán sido sometidos a un intensivo lavado de cerebro forzoso. Se exigirá en la nueva sociedad pospandemia, para evitar pandemias futuras, un mayor control de la población, y para ello es probable que se etiquete a cada ciudadano según su valor y su patriotismo, tal vez con el tan afamado «chip», el cual servirá además para recibir ayudas a quienes hayan quebrado (casi todos), se eliminará el dinero físico y es probable que sin ese chip no se pueda acceder ni a la compra ni a la venta ni al voto. Es decir, el control de la población por el Estado será absoluto y permanente. Todas las crisis sociales han terminado siempre con un mayor control de la población, como si este fuera el objetivo final del daño aparente. Después de todo, quienes producen las crisis piensan al revés, como los escritores, definiendo primero el objetivo para determinar después los medios o caminos para alcanzarlo. La sociedad naciente, en consecuencia, tendrá horizontes completamente distintos.

Nunca he sido demócrata. Esto no quiere decir, ni mucho menos, que sea partidario de las dictaduras. De hecho, la democracia siempre me pareció un truco muy tonto y muy infantil de engaño de masas: poner al alcance de los ciudadanos a distintos grupos políticos aparentemente contrarios que, en realidad, sirven a los mismos fines, para que los votantes elijan de entre ellos quién quiere que los gobierne. La Sanidad, por ejemplo, la liquidaron en España los partidos que estuvieron en el poder, y estos han sido todos. El votante, claro, si no le gusta cómo ha gobernado un partido cambia de opción, pero solo puede elegir de entre los que hay, y estos, todos, surgen de las mismas logias y sus dirigentes tienen las mismas conexiones y son apadrinados por los mismos poderosos. Así, no importa qué gobierno se cambie todo sigue igual, pero el votante no puede quejarse porque a su gobierno lo ha elegido él. He aquí el truco: cambiar algo (el gobierno) para que todo siga exactamente igual.

Pero esto solo es posible si la población está fragmentada y enfrentada entre sí: es necesario, pues, dividirla antes de la operación de cambio social. No interesan grupos fuertes: todo tiene que ser reducido a pequeños grupos manejables. La política de división social comenzó justo después de la Segunda Guerra Mundial. Las modas, el lujo, el descreimiento, la comprensión del mundo y la existencia sin la necesidad de Dios, el aborto (pacto de sangre), la eugenesia, la eutanasia, el lenguaje políticamente correcto, el feminismo radical… Todo ello impulsado desde los medios y los gobiernos como si fueran reclamaciones existenciales sociales, cuando, en realidad, todas ellas eran necesidades creadas artificialmente.

Y ahora le ha llegado la hora a los ancianos. La fiebre última, además de la ruptura de la unidad familiar, son los ancianos. Es precisa su eliminación: eutanasia, píldora suicida, virus que atacan preferentemente a los acianos…

Sé que todo esto que aporto en este artículo es una barbaridad propia del novelista que soy, pero, ¡joder!, qué enorme parecido tiene con lo que está sucediendo, ¿no?

Y hasta podría ser que tenga algo más que simple parecido.

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