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Distopía: al borde del estallido social Artículo

Según los medios, las Fuerzas de Seguridad se están preparando para contener y sofocar estallidos sociales. De momento se mencionan supuestos tales como asaltos a supermercados, concentraciones no autorizadas de personas y aumento de la delincuencia, un poco a imagen como ya está sucediendo en Italia y en algunos otros países; pero es previsible que consideren sin mencionarlo la barbarie que conlleva la desesperación del encierro obligatorio.

No todos los ciudadanos pueden soportarlo. Unos, por carencia de recursos; otros, por necesidades médicas; otros más, por cuestiones psicológicas producidas por el encierro y la impotencia; algunos, debido a la presión de sus vicios o dependencias; y, muchos, es posible que porque no comprenden por qué se les impide tener acceso a generar recursos para su propio sostenimiento.

España es un país de apariencias. Como un sepulcro blanqueado muestra una apariencia hermosa, pero esconde tras su fachada montañas de inmundicias. En realidad, todo es tan precario que a la menor presión le saltan todas las costuras. Los distintos gobiernos y partidos se han encargado de esto: han ido a su propio interés y enriquecimiento.

Unos datos de partida:

  • Pobreza: 26,1% en riesgo de exclusión social. El 44,3% en algunas comunidades autonómicas.
  • Densidad familiar: el 43% de los hogares se componen de 4 o más miembros.
  • Aunque la superficie media de la vivienda en España es de 144,3 m2, el 47% de las viviendas son inferiores a 90 m2.

Si en condiciones de «normalidad» un gran porcentaje de la población carece de recursos, no llega a fin de mes o tiene enormes problemas para hacerlo, ¿cómo pueden soportar un parón económico de un mes (por el momento)? Son familias que tienen buscarse el pan de cada día con enormes esfuerzos, y ellos carecen de cualquier tipo de ayuda, ERTE, subvención o auxilio. ¿Qué comerán? No hay racionamiento suficiente para el hambre, y esta está llegando a numerosos hogares.

Quienes han sido despedidos, estaban tramitando sus desempleos o sus jubilaciones han visto detenidos en un limbo sus procesos, lo mismo que los autónomos a los que han cerrado sus negocios y tienen que seguir pagando impuestos, alquileres y demás gastos ahora improductivos, o esos otros que estaban haciendo trámites para ponerlos en marcha y que han visto cómo al detenerse la Administración han quedado sus asuntos en otro limbo sine die. ¿Cómo sobrevivirán?

La sanidad ha colapsado con la pandemia, pero quienes no sufren la pandemia siguen enfermando o teniendo problemas de salud (a veces graves) que no están siendo atendidos. Todo ha quedado suspendido sin fecha, las citas médicas han sido anuladas y todo hace pensar que el colapso médico tras la pandemia tendrá unas dimensiones colosales. La cuestión es que existen multitud de emergencias clínicas u hospitalarias que no son atendidas, y los ciudadanos se ven atrapados en una situación kafkiana, con riesgo severo para su salud o la de los suyos, y un abandono total a su suerte por parte del Estado.

La misma presión psicológica que produce el encierro en habitáculos tan pequeños y con interferencias constantes en el espacio vital de cada individuo, añadido a los problemas que genera la misma supervivencia y carencia de medios, multiplica los roces y las posibilidades de enfrentamiento entre los miembros de la unidad familiar. Y este riesgo se incrementa de forma exponencial por cada día que pasa. Cuando termine esto, los casos de violencia doméstica se habrán disparado de una manera alarmante, y el número de divorcios y separaciones será astronómico. Todas las políticas diseñadas para reducir estos casos de violencia familiar se habrán derrumbado bajo el insoportable peso del encierro obligatorio.

Es lógico que las Fuerzas de Seguridad del Estado se teman que de un momento a otro van a comenzar a producirse estallidos sociales. Ni el ser humano ha sido creado para vivir encerrado ni se puede mantener un encierro de la población invocando equívocamente bienes mayores que no están demostrados en absoluto. Si la distancia de seguridad suficiente para evitar el contagio fuera de un metro, como indican las autoridades sanitarias, bastaría con que las personas mantuvieran esas distancias y no fuera necesario el encierro. Sin embargo, eso no está demostrado que sea ninguna garantía, habida cuenta del número de contagios que se produce entre el personal sanitario o entre las mismas Fuerzas de Seguridad.

Ignoro si manteniendo a la población encerrada contranatural se eliminará el problema del contagio o se contendrá la pandemia. Lo que sí sé seguro es que esta situación derivará más pronto que tarde en un enorme caos nacional que hará que el remedio sea infinitamente peor que la enfermedad.

No solo habrá quebrado la economía, sino que se habrá multiplicado de una forma insostenible el número de desempleados y habrá crecido la pobreza. Se estima que por el momento el número de desempleados crecerá en unos 2,5 a 3,5 millones de personas, que añadidos a los que ya figuran en el INEM hará inviable poder cubrir sus gastos. Pero en la misma medida caerán las recaudaciones, lo que forzará a incrementar un endeudamiento al que, hoy por hoy, ya no puede hacer frente el Estado.

Y si el Estado no podrá hacer frente a esta situación el día después, queda meridianamente claro que quienes no pueden enfrentar la situación ya es casi la mitad de los españoles. El caos, en consecuencia, está a punto de estallar.

Las medidas del gobierno no han podido ser nunca más desacertadas.

Pensando tanto en la enfermedad, se han olvidado de que quienes las padecen son los hombres, y que estos tienen necesidades que no pueden cubrir si están encerrados.

Un error de cálculo.

¿O tal vez no? ¿Se buscaba eso, en realidad?

 

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