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Distopía: el fin de la libertad Artículo

Cautivo y desarmado el pueblo español, para él la libertad ha muerto. Lo que era una anotación marginal, propio del pensamiento antisistema, se ha convertido en realidad: «los pueblos son un rebaño para sus gobernantes.» Y se ha materializado en el supuestamente más liberal de los escenarios: la democracia.

Nada hay más sagrado que la libertad. En todos sus aspectos: individual, colectiva, de pensamiento, de creencias… Sin embargo, ha bastado una alarma no demasiado justificada para que haya sido la primera víctima de la pandemia. En algunos países poco o nada respetuosos con la libertad, claro. No en todos. En otros, aún con mayores poblaciones (Corea del Sur, Japón, etcétera), no solo se han respetado la libertad y los derechos humanos, sino que los ha bastado con algunas recomendaciones a sus ciudadanos para que puedan seguir sin riesgo y con naturalidad con sus vidas, y todo ello con un muy notable menor número de víctimas. Esto demuestra no solo la inutilidad de haber condenado a la prisión doméstica a países enteros, sino también el colosal desprecio por la libertad y los derechos humanos de ciertos gobernantes que se decían defensores de estos, cuando se han desvelado como sus mayores y más viscerales enemigos.

Thomas Jefferson decía que «Si el gobierno tiene miedo a su pueblo, hay democracia; pero si el pueblo es el que tiene miedo a su gobierno, hay dictadura.» En España, obviamente, tenemos una enorme, cruel y colosal dictadura enmascarada de buenismo democrático que ha robado a 48 millones de personas su bien más sagrado, que es la libertad de moverse, de ir y venir o hacer y deshacer, y ahora, amparándose en conveniencias tan particulares como espurias poco o nada justificadas sobre la libertad de pensamiento, creencias y acciones, también limita la libertad de expresión, si es que es contraria a «sus» postulados oficiales. Una dictadura de facto, impiadosa y cruenta, que ni siquiera usa ningún tipo de guantes o mascarillas: lo es a cara descubierta y con nombre y apellidos.

El bien más preciado del ser humano es su libertad. Libertad de ir o venir, de pensar, de opinar y expresarse, de creer y practicar su fe, de desempeñar su labor y de obtener sus recursos. El gobierno de España se ha mostrado particularmente hostil y cruel con la libertad de su pueblo y sus derechos inalienables, ciscándose en ellos, y, contra todo pronóstico, el pueblo español, mansos como ese rebaño al que antes me refería, parece ser que ha aceptado que estos mayorales le roben por decreto su libertad, sus derechos, su salud y sus posibilidades de supervivencia.

El ser humano no ha sido creado para el cautiverio. Necesita el sol, necesita el ejercicio, necesita los espacios abiertos, necesita la confrontación de pareceres, necesita aire fresco, necesita interrelacionarse con sus semejantes, necesita ganarse su vida, necesita alimentarse con su esfuerzo, necesita practicar su credo o su fe, y el gobierno de España le ha prohibido por ley todo esto, de forma que es legal. Pero leyes tuvieron Nerón y Hitler, leyes tuvieron las Juntas de Argentina y Franco, leyes tuvo la Inquisición y Mussolini, y no por ello eran leyes justas. De modo que legalidad y justicia se convierten, cuando son invocadas o implantadas por los dictadores, en injustas, y, por lo tanto, en reprobables y contrarias al derecho humano, que, insisto, el primero de todos ellos es la libertad.

A nadie le beneficia la pérdida de su libertad, por más que se aplauda a quienes cumplen con su deber del mismo modo que quisieran hacerlo todos los que, habiendo sido injustamente condenados a la pérdida de su libertad, quisieran cumplir con los suyos.

Nada soluciona esta barbarie legal que vivimos: todo lo complica. Sabemos que en otros países más respetuosos con sus pueblos (Corea del Sur, Japón, entre otros), el no-encarcelamiento de la sociedad no ha supuesto mayor número de víctimas, sino que, por el contrario, son infinitamente menores que en España. De hecho, España es el país del mundo con mayor número de víctimas por millón de habitantes, a pesar del injusto y más severo y cruel confinamiento de su población. Pero este desorbitado número de víctimas producido por la pandemia y la eónica incompetencia de sus gobernantes, se verá incrementado por un incontable número de suicidios, casos de maltrato, depresiones, divorcios, quiebras y penalidades personales que nos pasarán desapercibidas o cuyo número nos ocultarán.

Ni es lo mismo el aislamiento de tres o cuatro personas en un chalé de 2000 m2 con jardín y piscina y gimnasio privado que el de seis u ocho en 60 m2 sin jardín ni terraza. No es lo mismo un confinamiento temporal a quien tiene la vida y la economía resuelta que el de quienes deben buscarse la vida cada día. En un país donde el hambre ronda al 40% de los hogares, el confinamiento tiene un enorme parecido con Mauthausen. Un campo de concentración de exterminio. Exterminio de los débiles que precisan de los espacios abiertos y el ejercicio, y exterminio económico, porque las supuestas «ayudas» del gobierno, ni llegan a todos ni pueden hacerlo porque la Administración está cerrada a cal y canto, además de que esas «ayudas» requieren tantos requisitos que ni el 10% de ese 40% puede alcanzarlas. Así, más del 30% de la población española YA está pasando hambre o no comiendo lo suficiente. Muchos morirán por esta causa.

EL atropello que ha perpetrado el gobierno de España, con la abyecta ayuda y respaldo del resto del espectro político, es sencillamente intolerable e injusto, además de contrario a los derechos humanos. No solo ha coartado los derechos fundamentales del todos los ciudadanos, sino que va a destruir su salud física y mental y la economía de presente y de futuro. Y lo ha hecho por la fuerza de la ley espuria, o bien empujados por intereses siniestros, o bien por una ignorancia descalificante para que ocupen el puesto que ocupan. Algo que los ciudadanos no deberemos jamás de olvidar, y, en su momento, perseguir y condenar.

Cuando las fuerzas de represión al servicio de estos gobiernos espurios y sus corifeos nos levanten esta condena injusta y podamos salir a la calle y sentir el sol en nuestros rostros y la brisa en nuestras pieles, ya no seremos los mismos. Nuestra salud se habrá resentido de una forma notable, sea apreciable o no, como consecuencia de la falta de ejercicio, nuestros sistemas inmunitarios estarán resentidos a causa de un encierro mucho más severo incluso que el de los criminales que cumplen sus penas en las cárceles, y tendremos que reinventarnos porque la economía estará completamente destruida.

Malos tiempos serán los que siguen a los que vivimos. Tal vez peores, mucho peores. El día después se presenta con tarjeta negra.

Hay, a día de hoy, algo más de setenta mil víctimas de la pandemia en todo el mundo sobre una población de 7625 millones de personas. Un porcentaje ridículo. En España, son ya algo más de 13000 víctimas sobre una población de 48 millones. Algo no cuadra en todo esto entre el daño sufrido y las medidas paliativas que se han tomado. No hay motivo lógico ni razonable para justificar esta masiva destrucción de empleos, países y economías por algo tan pequeño, a no ser que no nos estén contando toda la verdad. Y esto es lo más probable.

La situación que vivimos tiene mucho más que ver con la estrategia que con una respuesta a una agresión. Cuando en técnica militar se quiere saber la capacidad de respuesta y la potencia de fuego del enemigo se hacen incursiones o provocaciones de tanteo. Esa respuesta da la medida de la fuerza del adversario. Y esta pandemia tiene todas los condicionantes de ser una incursión o provocación de tanteo. Saber cuál es la respuesta de la población a un encierro injusto, aunque también saber la capacidad de respuesta de los distintos escalafones sociales en estado de emergencia y su nivel de preparación.

Respecto de lo segundo, ¡albricias!, esto sigue siendo España. Es decir, un país de incapaces dirigido por ignorantes, en el que todo es improvisación sobre improvisación, incompetencia y desatino.

Respecto de lo primero, la respuesta de la población ante el robo de todas sus libertades y derechos, la respuesta es desoladora: España aplaude.

Para desesperarse, vaya.

España es realmente diferente.

El gobierno de España sabe ya que, ante cualquier desmán que cometa, los ciudadanos no solo seguirán votando, sino que lo harán felices y contentos, aplaudiendo desde sus balcones.

Y, además, con una legión de chivatos del visillo vigilando para denunciar a quienes osen ser libres.

Repugnante.

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